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Dicen que es un mal genético y que
de él no nos libra ni la Caridá, pero yo no estoy tan segura, y me da más el
pálpito de que esto es emocional, porque llegada esta época y con los primeros
días nublados ya se me encoge el corazón, pensando en lo que se me viene encima…
y no me digan que a ustedes no les pasa igual… ¿a qué sí?
Y es que de la “depresión post
vacacional” habría mucho que hablar, porque, qué me dicen ustedes de los que no
pueden tomarse vacaciones y de los que no se las han tomado nunca, ¿es que ellos
no cogen nunca la dichosa depre, de después de las vacaciones?
Ya les conté en un artículo lo que
pensaba de “las vacaciones de las amas de casa” (
anaisabelespinosa.blogspot.com ) y eso mismo les ocurre, por desgracia, no
sólo a madres de familia, más o menos numerosa, sino también abuelas y abuelos,
que en estos días de verano deben soportar, que, como los hijos trabajan, para
buscarse un jornal que nunca vienen sobrado, se conviertan en los guardadores de
sus nietos, dando gracias a todos los santos, cuando andan bien de salud y
pueden llevar el ritmo de niños muy pequeños, que necesitan de todos los
cuidados posibles.
También, en esta categoría, de
“improvisados sufridores”, están los padres divorciados que esperan
impacientemente las vacaciones para pasar unos días con sus hijos, o los maridos
de madres trabajadoras, que, en verano, excelencias del mundo laboral, se turnan
en vacaciones, quedándose ellos en casa con los peques, transmutándose
funciones y asumiendo todo lo asumible, como que los críos no paran, ni debajo
de agua.
Además, les diré, que hay
determinadas profesiones donde el descanso te lo dan con cuentagotas,
argumentando lo habido y por haber, con lo cual, entre fines de semana y semanas
partidas, se te pasan las vacaciones que es un gusto y no te ha dado tiempo ni a
enterarte de que las habías cogido.
Si a todo esto le sumamos las
subidas de las hipotecas, con el euribor de las narices, que todo el mundo, la
Baronesa Thissen no cuenta, estamos con los euros justos en el bolsillo, pues no
está la cosa para tirar cohetes, en lo que se refiere a vacaciones, que tras
ellas ya asoma el lobo de los libros y los uniformes, los gastos de material
escolar y la ropa de invierno para los niños, que como crecen que es una
maravilla de lo bien que los alimentamos, pues la del año pasado no les sirve
para nada…
Y así nos llevamos todo el día,
dándole al tarro de las ideas, pensando y dejando de pensar… y luego dicen que
es la depresión… ¡y una porra!, les digo yo a estos, que lo que pasa es
que se nos encoge el pellejo de la espalda, que nos llega la sangre al río y que
necesitamos volver a esos años del colegio, de vacaciones infantiles e
infinitas, sin tener nada en que pensar, más que en irte a la playa con tu
familia y tus amigos, en salir a pasear, a ver los patos del estanque, marcharte
a pescar, a buscar tortugas (que, afortunadamente, para ellas, nunca se
encontraban), a mariscar, a tirarte de los más alto del mundo y aterrizar en al
nave de los sueños, de esas tardes festivas e inacabables, en que daba igual lo
que dieran en la tele en blanco y negro, porque la vida era única y maravillosa,
porque eras niño y todo te estaba permitido, en un mundo que era sólo para ti.
Y aún así, echándole narices a la
cosa, nos iremos al consultorio, medio hundidos, y el médico de la seguridá
social nos dirá, dentro de nada, que tenemos un tufo a depresión que da pena,
con la misma cara compungida de cuando llegó el calor de golpe y dijo que la
afonía era del aire acondicionado de todos lados, que lo ponen muy alto, y no de
chillarle a los niños para que no nos revienten el oído con sus gritos y sus
consolas, puestas a todo volumen y de decirles a voz en grito que no se peleen
con los hermanos y sobre todo de mirar al cielo y balbucear entre dientes
“¡pero qué ganitas tengo de que llegue ya el colegio!”.
DIARIO Bahía de Cádiz
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