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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

Plegarias al dictador

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista)

 

ANA ISABEL ESPINOSA

Cuando un filósofo francés dictaminó que la religión la habían creado los hombres, ideando dioses al alcance de sus vicios, más que de sus virtudes, pensaba, seguramente, en los que imponen su voluntad por encima de la de todos.

 

Una vez, alguien dijo, que la religión, se creó en pequeños núcleos semíticos de asentamientos sedentarios, que veían su rutina aplastada por vejaciones, horror y muerte, cada vez que una tribu o clan rival ponía los ojos en ellos, en sus pocas riquezas, o en la belleza de sus mujeres.

 

También en un tiempo muy lejano, alguien creyó, que, en justicia, no podía existir un solo mundo, como éste, en el que los tiranos, los asesinos, los que ofendían de forma, tan cruel y miserable, a sus semejantes, vivieran hasta la ancianidad rodeado de lujos y el amor de los suyos, mientras que aquel que se desvivía por todos, que brillaba por su inteligencia y bondad, moría de muerte vil, perseguido y humillado.

 

Tales circunstancias sólo podían tener una explicación… que existía otra vida donde los hombres eran premiados por lo bueno que hicieran o castigados por el mal infringido en esta vida.

 

Esa debe ser, sin duda, la explicación para que dictadores que han sembrado su país y a los que han tenido la desgracia de padecerlos, de muerte, humillación, agonías, persecuciones y torturas, vivan hasta la ancianidad, no ya queridos por los suyos, sino venerados por todos aquellos que les temen a tan gran escala, que los consideran casi dioses de la antigua Grecia, demasiado poderosos para conjeturarles nada, demasiado vengativos para intentar hacerles entrar en razón, o demasiado asesinos para reconocer jamás, ni aún en el lecho de muerte, lo que han hecho.

 

Sea pues buena esa teoría, la del otro mundo, la de ese universo paralelo donde las deudas serán cobradas y las bondades retribuidas, y que les caigan a ellos plegarias de muerte y desolación, dolor y angustia, muerte y llanto, como los que produjeron en vida.

 

Bueno sea que no haya consuelo para sus podridas almas y que cada uno de los que condujeron a la muerte les de la bienvenida al mundo de los errantes, donde los pies son de plomo y los corazones arden.

 

Sean ellos las victimas, por primera y justiciera vez, y se conviertan en los verdugos y los tiranos, los que debieron sufrir las iras de su sed de poder, del miedo a perder lo que no se ha ganado en las urnas, sino en los despachos y con las armas.

 

Sea buena esta hora en la que vean sus ojos resecos los juicios de los que se libraron en vida, por la parsimonia de la justicia ,por la corrupción y el envilecimiento de un régimen que les debía la vida, sean sus abogados corruptos y comprados como los muchos que hicieron nacer ellos al amparo de la ilegalidad, de la necedad, o de la permisión de unos pocos y el dolor de muchos, véanse maniatados y presos por los mismos policías maniacos y culpables de los que se servían para maltratar y torturar a sus victimas, a todos aquellos que morían con los labios sembrados por la libertad, véanse, finalmente, en las víctimas  y siéntanse ellos, saeteados por la crueldad de  carceleros y de verdugos, monstruos sin piedad ni apego a nada… Y, clamando al cielo, hágase justicia de una vez, que no está este mundo para esperar tanto y que se nos escapen los dictadores a golpe de plegaria, tergiversando la justicia para sus fines, muriendo en la cama de un lujoso hospital, cubiertos los riñones por lo que robaron a los que se les opusieron, sin lagrimas de contrición, ni de arrepentimiento, porque para ellos nada malo hicieron.


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