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Cuando un filósofo francés dictaminó
que la religión la habían creado los hombres, ideando dioses al alcance de sus
vicios, más que de sus virtudes, pensaba, seguramente, en los que imponen su
voluntad por encima de la de todos.
Una vez, alguien dijo, que la
religión, se creó en pequeños núcleos semíticos de asentamientos sedentarios,
que veían su rutina aplastada por vejaciones, horror y muerte, cada vez que una
tribu o clan rival ponía los ojos en ellos, en sus pocas riquezas, o en la
belleza de sus mujeres.
También en un tiempo muy lejano,
alguien creyó, que, en justicia, no podía existir un solo mundo, como éste, en
el que los tiranos, los asesinos, los que ofendían de forma, tan cruel y
miserable, a sus semejantes, vivieran hasta la ancianidad rodeado de lujos y el
amor de los suyos, mientras que aquel que se desvivía por todos, que brillaba
por su inteligencia y bondad, moría de muerte vil, perseguido y humillado.
Tales circunstancias sólo podían
tener una explicación… que existía otra vida donde los hombres eran premiados
por lo bueno que hicieran o castigados por el mal infringido en esta vida.
Esa debe ser, sin duda, la
explicación para que dictadores que han sembrado su país y a los que han tenido
la desgracia de padecerlos, de muerte, humillación, agonías, persecuciones y
torturas, vivan hasta la ancianidad, no ya queridos por los suyos, sino
venerados por todos aquellos que les temen a tan gran escala, que los consideran
casi dioses de la antigua Grecia, demasiado poderosos para conjeturarles nada,
demasiado vengativos para intentar hacerles entrar en razón, o demasiado
asesinos para reconocer jamás, ni aún en el lecho de muerte, lo que han hecho.
Sea pues buena esa teoría, la del
otro mundo, la de ese universo paralelo donde las deudas serán cobradas y las
bondades retribuidas, y que les caigan a ellos plegarias de muerte y desolación,
dolor y angustia, muerte y llanto, como los que produjeron en vida.
Bueno sea que no haya consuelo para
sus podridas almas y que cada uno de los que condujeron a la muerte les de la
bienvenida al mundo de los errantes, donde los pies son de plomo y los corazones
arden.
Sean ellos las victimas, por primera
y justiciera vez, y se conviertan en los verdugos y los tiranos, los que
debieron sufrir las iras de su sed de poder, del miedo a perder lo que no se ha
ganado en las urnas, sino en los despachos y con las armas.
Sea buena esta hora en la que vean
sus ojos resecos los juicios de los que se libraron en vida, por la parsimonia
de la justicia ,por la corrupción y el envilecimiento de un régimen que les
debía la vida, sean sus abogados corruptos y comprados como los muchos que
hicieron nacer ellos al amparo de la ilegalidad, de la necedad, o de la
permisión de unos pocos y el dolor de muchos, véanse maniatados y presos por los
mismos policías maniacos y culpables de los que se servían para maltratar y
torturar a sus victimas, a todos aquellos que morían con los labios sembrados
por la libertad, véanse, finalmente, en las víctimas y siéntanse ellos,
saeteados por la crueldad de carceleros y de verdugos, monstruos sin piedad ni
apego a nada… Y, clamando al cielo, hágase justicia de una vez, que no está este
mundo para esperar tanto y que se nos escapen los dictadores a golpe de
plegaria, tergiversando la justicia para sus fines, muriendo en la cama de un
lujoso hospital, cubiertos los riñones por lo que robaron a los que se les
opusieron, sin lagrimas de contrición, ni de arrepentimiento, porque para ellos
nada malo hicieron.
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