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La playa es una maravillosa
invitación al descanso, al pensamiento y a la relajación, pero llegado agosto y
con lo mal que andan los bolsillos, suerte tenemos, si encontramos sitio, cerca
del agua salada.
Por eso, los que sabemos, nos vamos
tempraneando el día, con nuestros bultos a cuestas, haciendo sonrojar al sol y
siendo voyeuristas de todos los que llegan.
El otro día, andaba yo en esos
menesteres, cuando vi llegar a un grupo de jóvenes, acompañados de balones y
ganas sobradas.
-Bueno, ya empezamos –me dije,
observándolos desempacar camisetas y zapatones, pensando en que era demasiado
pronto, para que ya incordiaran, con la pelotita de las narices.
Pero mira que no, que los chicos,
eran de los juveniles de fútbol y lo que hacían era desgreñar los pelos rubios,
por el sol, de la antigua arena.
-¡Mas fuerte, con ganas!-les jaleaba
su entrenador- ¡que ojala tuviera yo vuestros dieciséis años!
Y ellos pateaban la playa de costa a
costa, decididos y sudorosos, gemidones y reñidos, porque ya sabemos que a los
jóvenes de ahora les cuesta entender que los premios, que los oros, son
difíciles de ganar y que la facilidad con que ellos lo ven todo, no es más que
un producto, bien pensado, de nuestra sociedad de consumo.
-Vamos…¡dejad de quejaros y
machacar!-les decía una y otra vez su entrenador, ignorando las olas que se
batían tranquilas ,sin viento , que las forzara en su destino final.
Y ellos, se esforzaban, unos más que
otros, unos grandes y demasiado robustos para ser buenos futbolistas, otros
fibrosos y chiquitos, con mirada concentrada, sufriendo el castigo, porque como
decía la profesora de “fama”, ahí, es donde hay que empezar a ganarse, lo que
vendrá después.
Yo tenía que cerrarme la boca con
las manos, porque me daban ganas de gritarles, a duelo de espadas fónicas, con
su entrenador, jaleándoles o increpándoles, qué más da, sobre las bondades que
disfrutaban los mejores fichajes del fútbol internacional, de coches enormes,
grande mansiones, hijos en colegios privados y mujeres de vértigo.
También se me vinieron a la cabeza,
cosas de la playa y de la tranquilidad de no tener que hacer nada, más que mirar
y pensar, que otros lo tenían más difícil, los olímpicos, ahora tan observados y
admirados, pero que durante cuatro años se comen el turrón del esfuerzo a base
de becas, para luego, en segundos, saber, si todo ese tiempo y trabajo, había
servido para algo, o no.
A mi, se lo tengo que confesar a
ustedes, de todos los deportistas, los que me pierden, son los ciclistas, no
porque sean guapos, ni físicamente unos portentos, sino por su espíritu, porque
le echan riñones al asunto, y pedaleando, batiéndose en duelo a muerte con el
asfalto y la gloria de llegar el primero, no hay quien les gane en la
competición, en la que apuesta duro la vida. Por eso, no me podía dar más
alegría, que fuese un ciclista el primero en lograr un oro para España.
Pero quieren saber otra cosa, a los
que admiro, hasta hacerme saltar las lágrimas de emoción, cuando les veo
competir en lo que sea, sintiéndome madre, hermana, novia, profesora o amiga, es
a los atletas paraolímpicos, reyes y señores, para mi, de todo lo que tenga que
ver con el esfuerzo, con la integración, con que los sueños, cumplan su cometido
de llevarte por la senda del buen dormir, porque ellos, hacen realidad las
ilusiones de muchos, ellos, nos dan perspectiva de futuro, de humanidad latente
y esperanzada, en que el mañana estará ahí para todos, para el que todos
deberemos combatir, no hay nada más cierto, desde el esfuerzo de hoy, pero que
seguro será, más justo y bueno. DIARIO Bahía de Cádiz
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