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Entre mares quietos y arena bruñida
por el sol, de tantos veranos pasados; entre gaviotas que revuelan, buscando
peces, más que frescos; entre resacosos tardíos o bañistas prematuros, se
encuentra la Puntilla, lozana y vestida, sin ropas de fiestas de guardar, ni
banderas victoriosas, solo playa y mar, sin viento, sin cremas, sin cuerpos
espectrales, ni bañadores ajustados, sólo playa y mar, arena y brisa festiva.
No hay olas que el viento se lleve,
ni temporales, ni mares bravíos. No hay piratas, lo más, descuideros y bien
pocos, que aquí nos conocemos todos, y los que no, hacemos lo posible para
conocernos.
Bañamos carnes y conciencias, mitad
a medias con la marea, cuidando de no pisar algas que estrujaron mareas pasadas
y que arribaron a la placidez quieta, con aromas a brumas lejanas y paraísos
perdidos.
Hemos perdido mil vidas en esta
playa, mil historia por contar, mil ideas traviesas, escondidas temerosas bajo
hongos multicolores, sobre sillitas estampadas y bañadores meibas.
Hemos conversado con las gaviotas y
hemos tocado la arena, hemos gemido al mismo viento de levante, por arrastrar
sueños no cumplidos y deseos olvidados, hemos pisado la arena y hemos besado el
mar de aguas quietas.
Hace tanto que soñábamos con que el
verano llegase, que era octubre y aún no soltábamos la sombrilla, y llegó mayo,
casi el 15 de abril, y allí estábamos de nuevo, todo cuerpo, todas las carnes
fuera, aviesos por dentro, traviesos por fuera.
Mientras, disfrazábamos las ganas,
paseando a los chiquillos por la orilla, los fines de semana, mentíamos,
sabiendo llegado el invierno y peluseando el frío, con el perro imitando nuestro
pasos, con la gorrilla y el bastón, con las amigas, o con la pareja, siempre a
pie de playa, más cerca de las dunas que de la arena y aun así, deseando y
viendo las olas quietas.
Ya tenemos aquí el rugiente calor,
pues mejor parece que se ha abierto el vientre del infierno, pero aunque vamos y
nos bañamos y somos los primeros en llegar y los últimos en marcharnos, sabemos
que nuestro momento no ha llegado, que las bodas de Canaa de la playa están aun
por llegar cuando se marchen los turistas, cuando sólo quedemos los de aquí de
siempre, de toda la vida, caras de sobra conocidas, amadas, odiadas o
indiferentes, que plegaran nuestros pasos e imitaran nuestras ideas, mar y playa
por siempre nuestra, sin sombrilla, ni sillita, sólo baño y paseo, sólo amigos
que disfrutan o parejas que se toman de la mano, sin edad ni tiempo, sólo un
paso y otro paso, ausentes las brazadas.
Y llegará septiembre y continuará el
calor y las gaviotas sabrán que llegó el momento de emigrar a los patios de los
colegios, donde a media mañana regalan bocadillos y pasteles, y los peces
quedarán tranquilos y quietos, emergiendo de las aguas quietas y los bañistas
seguirán allí, inalterables al tiempo y a las temporadas, porque les pasó la
vida por las espaldas, pero no a cuestas, sino a empujones, como las mareas.
Y llegará octubre y noviembre y los
paseos y los perros y las amigas que se van a quemar grasa y a contar chismes, y
los mirones y los guiris que no temen al frío y que adoran el exiguo calor, que
a nosotros no nos compone el alma, porque esperamos la bocanada del infierno que
nos abrase.
Se nos hará largo el invierno,
porque nacimos para la bondad del buen tiempo, porque nacimos prendida el alma
en un sol y una arena que nos envolviesen por entero.
Por
eso esperaremos con impaciencia que llegue el 15 de abril, que se abran las
primeras tímidas sombrillas, que se acorten las mangas y abrazaremos el agua,
como nueva vida y nuevo ciclo de esperanza en la tierra, fundiéndonos con ella.
DIARIO Bahía de Cádiz
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