|
Me ha llegado un correo de un muy
buen amigo mío con imágenes de este magnifico pintor, que, en toda su vida solo
vendió un cuadro y que fue precisamente a otro pintor, el grande entre los
grandes, Toulouse-Lautrec.
Ambos fueron personas atormentadas,
dejadas, como marionetas, en manos de un destino cruel y burlón, que parecía no
compadecerse de los sentimientos, ni las emociones, y, en cambio, jactarse de
los desengaños, del dolor y la humillación de aquellos, a los que tenía presos.
Vincent perdió las alas de la
cordura en pos de la fuerza de las ondas de su pincel, de la plasticidad de sus
colores o el ansia de trabajar y ser reconocido por ello, Lautrec, así mismo,
abandonó la racionalidad de su condado, de la aristocracia a la que pertenecía
por cuna, para verla fugada en los pliegues de la falda de una de las coristas,
que poblaban la noche de los cabaret de París, que tanto amaba.
Los dos pagaron el precio,
infinitamente alto, de ansiar subirse a la ola de la creación, que está
reservada a los dioses, pues se negaron, obstinadamente, a ser, simplemente,
humanos y el billete de entrada en el Olimpo, fue demasiado alto para
disfrutarlo en vida.
Al igual que las estrellas del
firmamento, Vincent y lautrec, se conocieron en paridad de estudios de pintores
y cubiles de prostitutas, mezclando tiempo vital, movimiento pictórico, estudios
iniciáticos, locales, lugares y gente.
Los dos tuvieron un ancla humana
cuando arrecieron las tormentas y los desajustes en sus vidas, Vincent, su
hermano Theo y Lautrec, su madre, apoyo incondicional hasta la última hora.
Ni el amor, ni los amigos, ni las
conquistas, ni el aprecio del público, fueron para ninguno el plato fuerte de
una existencia que parecía darse por satisfecha con haberles regalado la
genialidad de un arte, que parece serlo más y mejor tomado cuando nace al amparo
de desavenencias y con la fuerza y el arraigo de las desazones y la decadencia
física y mental.
Ambos, en el trasiego de su vida y
su arte, que, para colmo, es lo mismo, visitaron burdeles y sanatorios,
dejándose la piel y la cordura en manos de quien no sabia entender el alma de un
artista y el corazón de aquel elegido, que ve como vuelan los cuervos en la
profundidad de la noche.
Y teniendo tanto en común y pudiendo
ser tan amigos, por ser afines, nunca lo fueron como si el amarillo y el gualda
nunca pudieran darse en el mismo lienzo más que a costa de matarse el uno al
otro.
Tenían tanto en común que podrían
haber sido hasta hermanos en fortunas y pesares, pero nunca lo fueron ,pues si
existe una amistad la hay solo entre Theo y Lautrec, por mediación de quien se
produce la venta de ese cuadro que hoy valdrá una fortuna.
Y es que la fortuna es veleidosa y
estúpida ,niña eternamente infantilizada y fea ,que cree que los mortales
pagaríamos cualquier precio por ella, pues parece ir ligada a la fama, a la
eternidad y el amor y la felicidad, para darnos cuenta, tal vez demasiado tarde,
entre vapores de óleo, nacido al amparo de la noche y chupitos regados de
alcohol, que la luna no es mas redonda ni fértil, porque se encadene a la noche
y, lo más doloroso, que seguirá allí inalterable y fría cuando nosotros ya no
estemos.
Esa misma fortuna que no quiso dar
gloria a Vincent, ni a Lautrec, ni regalarle amores, ni prestigios, sino tras la
muerte, condenándolos a doblarse sobre sus obras, a dejar su vida en cada uno de
sus lienzos, retando a los malos hados con el trabajo y el esfuerzo, buscando
amor con hache y fama con denuedo, pintando el mundo, que les quedaba por vivir
y la locura hecha trazos y sentimiento. DIARIO Bahía de
Cádiz
ARTÍCULOS ANTERIORES
|