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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

Van Gogh

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista  - http://anaisabelespinosa.blogcindario.com -) opinionanaespinosa@hotmail.com

 

ANA ISABEL ESPINOSA

Me ha llegado un correo de un muy buen amigo mío con imágenes de este magnifico pintor, que, en toda su vida solo vendió un cuadro y que fue precisamente a otro pintor, el grande entre los grandes, Toulouse-Lautrec.

 

Ambos fueron personas atormentadas, dejadas, como marionetas, en manos de un destino cruel y burlón, que parecía no compadecerse de los sentimientos, ni las emociones, y, en cambio, jactarse de los desengaños, del dolor y la humillación de aquellos, a los que tenía presos.

 

Vincent perdió las alas de la cordura en pos de la fuerza de las ondas de su pincel, de la plasticidad de sus colores o el ansia de trabajar y ser reconocido por ello, Lautrec, así mismo, abandonó la racionalidad de su condado, de la aristocracia a la que pertenecía por cuna, para verla fugada en los pliegues de la falda de una de las coristas, que poblaban la noche de los cabaret de París, que tanto amaba.

 

Los dos pagaron el precio, infinitamente alto, de ansiar subirse a la ola de la creación, que está reservada a los dioses, pues se negaron, obstinadamente, a ser, simplemente,  humanos y el billete de entrada en el Olimpo, fue demasiado alto para disfrutarlo en vida.

 

Al igual que las estrellas del firmamento, Vincent y lautrec, se conocieron en paridad de estudios de pintores y cubiles de prostitutas, mezclando tiempo vital, movimiento pictórico, estudios iniciáticos, locales, lugares y gente.

 

Los dos tuvieron un ancla humana cuando arrecieron las tormentas y los desajustes en sus vidas, Vincent, su hermano Theo y Lautrec, su madre, apoyo incondicional hasta la última hora.

 

Ni el amor, ni los amigos, ni las conquistas, ni el aprecio del público, fueron para ninguno el plato fuerte de una existencia que parecía darse por satisfecha con haberles regalado la genialidad de un arte, que parece serlo más y mejor tomado cuando nace al amparo de desavenencias y con la fuerza y el arraigo de las desazones y la decadencia física y mental.

 

Ambos, en el trasiego de su vida y su arte, que, para colmo, es lo mismo, visitaron burdeles y sanatorios, dejándose la piel y la cordura en manos de quien no sabia entender el alma de un artista y el corazón de aquel elegido, que ve como vuelan los cuervos en la profundidad de la noche.

 

Y teniendo tanto en común y pudiendo ser tan amigos, por ser afines, nunca lo fueron como si el amarillo y el gualda nunca pudieran darse en el mismo lienzo más que a costa de matarse el uno al otro.

 

Tenían tanto en común que podrían haber sido hasta hermanos en fortunas y pesares, pero nunca lo fueron ,pues si existe una amistad la hay solo entre Theo y Lautrec, por mediación de quien se produce la venta de ese cuadro que hoy valdrá una fortuna.

 

Y es que la fortuna es veleidosa y estúpida ,niña eternamente infantilizada y fea ,que cree que los mortales pagaríamos cualquier precio por ella, pues parece ir ligada a la fama, a la eternidad y el amor y la felicidad, para darnos cuenta, tal vez demasiado tarde, entre vapores de óleo, nacido al amparo de la noche y chupitos regados de alcohol, que la luna no es mas redonda ni fértil, porque se encadene a la noche y, lo más doloroso, que seguirá allí inalterable y fría cuando nosotros ya no estemos.

 

Esa misma fortuna que no quiso dar gloria a Vincent, ni a Lautrec, ni regalarle amores, ni prestigios, sino tras la muerte, condenándolos a doblarse sobre sus obras, a dejar su vida en cada uno de sus lienzos, retando a los malos hados con el trabajo y el esfuerzo, buscando amor con hache y fama con denuedo, pintando el mundo, que les quedaba por vivir y la locura hecha trazos y sentimiento. DIARIO Bahía de Cádiz


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