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No sé si sabéis que anda el cotarro
revolucionado por lo de la ministra Aido y sus “miembras”, tanto, que cada dos
por tres sale un artículo de opinión a la palestra con esta u otra postura, de
las que si queréis podéis poneros al día en mi blog
anaisaespinosa.blogcindario.com, donde creo que las he descargado casi
todas.
Yo, que me posiciono, más con el
corazón que con la cabeza, en esto no he entrado a opinar todavía, porque soy de
lo más medio la mitad, ni feminista radical, ni virtuosista del lenguaje y si
bien es cierto que entiendo que hay palabras que poniéndoles el traje del género
no significan igual (para muestra el botón de hombre público, frente a mujer
pública) y eso ni los de la Real Academia de la Lengua lo pueden negar, tampoco
soy de aquellos que dicen que ya es hora de cambiar nuestro lenguaje,
desempolvándolo de malas maneras y transformándolo a patadas.
Nuestro lenguaje es tan variado y
tan complejo, que ni una vida entera bastaría para domeñarlo por entero, tan
difícil de estudiar y comprender, que no me parece extraño que haya personas que
se aferren a que no debe ser cambiado, más que con los pasos oportunos.
El español nació del vulgo y del
trasiego, de los pasos cansados de los caminantes que lo hablaban, de los curas,
sencillos y predicantes, que lo portaban entre sus hábitos cuando querían
acercarse a los campesinos, de los maestros, de las amas de casa, de los
jóvenes, de las mujeres y de todos aquellos que conforman lo que a mi mas me
gusta, el pueblo soberano y capaz, ese, que se hace de su capa un sayo y, que,
cuando toma cuerpo común y voluntad única, es capaz de darle la vuelta a mundo y
emocionar hasta a las estatuas.
Creo que en el lenguaje debe ser
igual, porque todos nosotros como pueblo, desde el más alto hasta el más bajo,
desde los niños hasta los ancianos, todos los que conformamos la sociedad, como
pensadores y trabajadores de la palabra, consumidores de frases y hacedores de
ideas, habladas y escritas, somos los que debemos cambiarlas para hacerlas mas
dispensables al día cotidiano, e igual que no usamos el español que habló
Cervantes por muy hermoso que sea, ni el de nuestros abuelos, debemos hacer una
lengua común para todos, una lengua respetuosa para que nadie se sienta
disgregado ni discriminado, por eso los términos vejatorios, humillantes y
perniciosos, no solo para las mujeres, sino para cualquier ser, deberían ser
excluidos, sin ningún género de duda.
Ya respecto a las aes y al formar el
femenino con la a añadida al masculino, me da igual, no porque suene feo o
extraño como pretextan algunos, con veladas dosis de machismo, sino porque para
mi la importancia de las cosas está en el pensamiento de la sociedad, no en lo
que se diga, sino en lo que se haga, pues he visto viejos verdes llamando
señoritas a hermosas mujeres a las que mordían con los ojos, en un stand de
propaganda y el término en su boca olía a sucio y a necedad, y no les tengo que
recordar a muchos de ustedes, gente que como yo ha nacido hace más de cuarenta
años, como se trataba a las mujeres antes de llegar la democracia, mucho respeto
por delante y mucha superioridad de macho conquistador y prepotente por detrás,
tampoco les tendré que recordar a los jurista que era más importante proteger a
las mujeres con leyes que las minusvaloraban, que respetarlas como lo que es un
igual.
No es lo que te digo, muchas veces
el problema, sino como te lo digo, porque ofende no la palabra, sino la maldad
con la que va dicha. DIARIO Bahía de Cádiz
Por eso a mi lo de la ministra me
parece una cosa sin importancia, ni para criticarla tan apasionadamente, ni para
jalarse los pelos del moño virtual por las críticas, porque no son los
políticos, por mucho poder que tengan, los que cambian lo que los demás
hablamos, ni decimos, ni hacen moda, ni crean estilos, porque eso se queda para
nosotros, para el pueblo llano, para los que vamos aguantados a la barra del
autobús o en el metro, medio dormidos por la mañana, a los que nos duelen los
pies por la noche después de un largo día de trabajo o los que estamos hasta las
narices de los niños, a la hora de irnos a dormir, porque, sin más, nuestra ha
sido y será siempre la palabra, para usarla, para cambiarla y hacerla aún más
nuestra.
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