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Fueron madres, siendo casi niñas y
la vida les fue dura y difícil, pero nunca se quejaron, porque voluntades como
las suyas forjaron imperios de amor y dadivas de cariño, a su alrededor.
Cargaron con sus hijos a cuestas y
dejaron para mañana o más bien para nunca, eternos sueños de hacer esto o
aquello, ahora aparcados, una vez más, en pos de los de siempre, de los demás,
que mamaban de sus blandos pechos, la leche de las muchas horas, que se dejaron
en sus cuidados.
Son abuelas, porque han tenido hijos
que les han dado nietos, pero sobre todo son abuelas porque engendraron hijos
que amaron, que educaron, de los que siempre se sintieron orgullosas y a los que
siempre protegieron y cuidaron incondicionalmente, igual que hacen ahora con los
nietos.
Están por doquier con sus manos
blancas acarreando niños, que arrastran en cochecitos de paseo, de la mano,
contándoles cuentos o incluso enfadadas con ellos, porque estas madres eternas
de la humanidad siempre andarán por ahí, haciéndonos la vida más fácil a todos.
Puede parecernos que no tienen edad,
podríamos creer incluso, en nuestra mucha sandez, que ya nacieron ancianas y que
el tiempo pasa sobre ellas lentamente, respetando su vejez, inalterando su
esencia, como encaje de bolillo viviente, que no debiera perderse en el juego de
la memoria olvidadiza, por lo mucho de valioso que hay en él.
Andan con pasos callados, porque
llevan la vida en ellos, en la enseñanza, en los valores que inculcaron, no con
la regla, ni con la espada, sino con la voz calida y las buenas prendas.
Y ahí siguen y seguirán pasos
seguros, buena letra, mientras el mundo sea mundo y exista una madre que se
preocupe de sus hijos, mientras exista una mujer, nueva o anciana, que no se
someta a los severos dictámenes del tiempo, ni de la ancianidad, ni del
aburguesamiento, alguien, que con cada suspiro, con cada nuevo trayecto, reviva
los recuerdos de los ojos marrones de su madre sembrados en la cara de su nieto
más pequeño, con los cabellos rizados de su abuelo, o en lo esencial de la vida,
que son los abrazos, los besos, el cariño que no conoce de sangres, ni de
linajes, sino de personas y de sentimientos.
Las madres de mayo que buscaban a
los hijos que la dictadura les robó, fueron premiadas con el encuentro de los
nietos, esperanzas nacidas de la espera y la ilusión de un retorno que se tornó
imposible por los matadores de palomas y libertades, por los fusiles y las balas
sin rostro ni cuerpo, madres, revenidas en abuelas, nacidas del esfuerzo por
seguir creyendo cuando la vida se te acaba y te muestra su lado más cruento.
Abuelas que cuentan el cuento a sus
nietos, de los hijos que les robó la dictadura y la intransigencia, lagrimas que
vacían de dolor corazones, con la sonrisa de los niños nuevos, hijos de aquellos
hijos que sin su voluntad se fueron. DIARIO Bahía de Cádiz
Todas ellas son la columna vertebral
de nuestras casas ,nuestra sangre, nuestros versos, nuestros relatos más
sentidos, las historias que nos nacen en mitad de la noche cuando no se ancla el
sueño, las que suplen todas las horas libres de los trabajos, las que siempre
están ahí cuando llamas, la eterna vigilante, la mejor guardadora, la veladora
sin cansancio del sueño placido de los hijos de sus hijos, la que vuelve en
cuentos y en historias, la que regresa en tus propios nietos, en sus risas, en
sus empujones y en sus llantos, la que te hace ser lo que eres y luchar por lo
que crees… es y será siempre la abuela de nuestros nietos.
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