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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

Mujeres como las de ahora

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista)

 

ANA ISABEL ESPINOSA

Yo no quiero ser como mi abuela, ni quiero que mi hija sufra, para llegar, lo que tenemos que pasar muchas, para conseguir lo mismo que ellos.

 

El zapato de tacón, la falda de tubo, el pelo suelto o el rimen sin correr, o la boca perfectamente dibujada, por un carmín rojo sangre, solo son elucubraciones de fetichistas estúpidos a los que el tiempo ha pasado por encima, sin absorber nada de él.

 

Las mujeres no somos mascotas, ni nenas, ni las fotos en blanco y negro del álbum familiar, desvaído y roto, porque ya mi abuela, que era de ese tiempo, tenia dos pares de ovarios y se crió en el campo y trabajo como entonces se decía “como un tío”, de jornalera, con los pantalones triples de mi abuelo, puestos unos encima de otros, desgastados y achicados, bajo la falda amplia, para parar el frío, que helaba hasta los huesos en la amanecida de la recolección de aceitunas... Y cosía, y remendaba, y criaba a su hija y cuidaba de los animales y de su marido y jamás le levantó la voz, ni disintió en nada que él dijera, aunque pensaba, razonaba y gestionaba el poquísimo patrimonio familiar, mil veces mejor que él.

 

Pero lo mismo es que mi abuela siempre fue una mujer de las de ahora y por eso yo soy así, mujer sin tacones, ni pinzas en la boca, ni la mitad, de la mitad, de la mitad, de lo valiente que era ella, pero con su espíritu impregnando lo que digo, lo que hago, o lo que escribo, rebelándome cuando machotes de pelo en el pecho y llagas en el pensamiento, dicen barbaridades que necios nos quieren hacer pagar, que bárbaros quieren seguir y que a ellos les debería dar vergüenza solo pensar, con la educación de la que presumen y el mucho de progresismo y liberalidad de los que se cuelgan en vano.

 

A las mujeres nos duelen tanto los ovarios de tragarnos tantas cosas cada día, que un día nos estallarán convirtiéndose en mutantes a cuatro patas que campen por ahí queriendo espulgar al mundo de tanto machista indecoroso y estúpido, escondido tras la indolencia, la soberbia y la petulancia más bestial.

 

Las mujeres hace mucho que dejamos de ser actrices que lloraban a solas cuando la cámara no gritaba acción, porque el de la voz cascada en el cine, cascaba a la de la triste mirada, cuando nadie miraba, y sólo Dios sabe como ella suspiro cuando el murió, por mucho que ahora vaya de su viuda y diciendo que aún se acuerda de él.

 

Porque los mitómanos, los que miran para otros cuando los demás solo miramos para ellos, para mirarlos bien y respetar lo que hacen y lo que dicen ,deberían callarse la boca, como todos aquellos que sólo la abren para bocanar tonterías, porque a mi no, pero a otras mentes mas incipientes, que no estén familiarizadas con la bobez de los machos pitopausicos, puede que les dé por seguir sus consignas y ponerse a imitar a la Mari Viki y adelgazarse hasta la extremaunción  y a emperifollarse con tacones, hasta para ir al retrete.

 

Las mujeres somos ahora lo que nos da la gana y al que no le guste que le vaya bien, que coja un hatillo y eche a andar sus pasos buscando el dorado de las medias de costura, las fajas enlatadas y las faldas de tubo, que ponían a andar a paso de oriental molida a palos y estrecha, de cuerpo y de miras. DIARIO Bahía de Cádiz

 

Qué lastima que no se fijen, por hablar de algo, de los hombres de ahora, esos que nos acompañan a ser lo que queremos ser, que nos empujan para que ascendamos en nuestro camino ,que coronan nuestros sueños con sus mejores deseos y empeños, que se pierden por nuestros huesos y nuestras carnes, que chillan mas que nosotras para pedir nuestros derechos y que son padres de nuestros hijos y cuando hace falta, madres también, porque por cada uno de los vuestros, sin educación, ni respeto, bárbaros de la machada más recalcitrante, haremos nacer nosotras a cientos de cientos de hombres nuevos, con nuestras ideas y consignas, de libertad, de entrega, de paridad e igualdad, cómo podría ser de otra forma si los engendramos en nuestros cuerpos, si los parimos y no damos otra cosa que la leche de nuestros pechos, de nuestro corazón y de nuestro pensamiento, para alimentarlos con ellos.


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