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Yo no quiero ser como mi abuela, ni
quiero que mi hija sufra, para llegar, lo que tenemos que pasar muchas, para
conseguir lo mismo que ellos.
El zapato de tacón, la falda de
tubo, el pelo suelto o el rimen sin correr, o la boca perfectamente dibujada,
por un carmín rojo sangre, solo son elucubraciones de fetichistas estúpidos a
los que el tiempo ha pasado por encima, sin absorber nada de él.
Las mujeres no somos mascotas, ni
nenas, ni las fotos en blanco y negro del álbum familiar, desvaído y roto,
porque ya mi abuela, que era de ese tiempo, tenia dos pares de ovarios y se crió
en el campo y trabajo como entonces se decía “como un tío”, de jornalera, con
los pantalones triples de mi abuelo, puestos unos encima de otros, desgastados y
achicados, bajo la falda amplia, para parar el frío, que helaba hasta los huesos
en la amanecida de la recolección de aceitunas... Y cosía, y remendaba, y criaba
a su hija y cuidaba de los animales y de su marido y jamás le levantó la voz, ni
disintió en nada que él dijera, aunque pensaba, razonaba y gestionaba el
poquísimo patrimonio familiar, mil veces mejor que él.
Pero lo mismo es que mi abuela
siempre fue una mujer de las de ahora y por eso yo soy así, mujer sin tacones,
ni pinzas en la boca, ni la mitad, de la mitad, de la mitad, de lo valiente que
era ella, pero con su espíritu impregnando lo que digo, lo que hago, o lo que
escribo, rebelándome cuando machotes de pelo en el pecho y llagas en el
pensamiento, dicen barbaridades que necios nos quieren hacer pagar, que bárbaros
quieren seguir y que a ellos les debería dar vergüenza solo pensar, con la
educación de la que presumen y el mucho de progresismo y liberalidad de los que
se cuelgan en vano.
A las mujeres nos duelen tanto los
ovarios de tragarnos tantas cosas cada día, que un día nos estallarán
convirtiéndose en mutantes a cuatro patas que campen por ahí queriendo espulgar
al mundo de tanto machista indecoroso y estúpido, escondido tras la indolencia,
la soberbia y la petulancia más bestial.
Las mujeres hace mucho que dejamos
de ser actrices que lloraban a solas cuando la cámara no gritaba acción, porque
el de la voz cascada en el cine, cascaba a la de la triste mirada, cuando nadie
miraba, y sólo Dios sabe como ella suspiro cuando el murió, por mucho que ahora
vaya de su viuda y diciendo que aún se acuerda de él.
Porque los mitómanos, los que miran
para otros cuando los demás solo miramos para ellos, para mirarlos bien y
respetar lo que hacen y lo que dicen ,deberían callarse la boca, como todos
aquellos que sólo la abren para bocanar tonterías, porque a mi no, pero a otras
mentes mas incipientes, que no estén familiarizadas con la bobez de los machos
pitopausicos, puede que les dé por seguir sus consignas y ponerse a imitar a la
Mari Viki y adelgazarse hasta la extremaunción y a emperifollarse con tacones,
hasta para ir al retrete.
Las mujeres somos ahora lo que nos
da la gana y al que no le guste que le vaya bien, que coja un hatillo y eche a
andar sus pasos buscando el dorado de las medias de costura, las fajas enlatadas
y las faldas de tubo, que ponían a andar a paso de oriental molida a palos y
estrecha, de cuerpo y de miras. DIARIO Bahía de Cádiz
Qué lastima que no se fijen, por
hablar de algo, de los hombres de ahora, esos que nos acompañan a ser lo que
queremos ser, que nos empujan para que ascendamos en nuestro camino ,que coronan
nuestros sueños con sus mejores deseos y empeños, que se pierden por nuestros
huesos y nuestras carnes, que chillan mas que nosotras para pedir nuestros
derechos y que son padres de nuestros hijos y cuando hace falta, madres también,
porque por cada uno de los vuestros, sin educación, ni respeto, bárbaros de la
machada más recalcitrante, haremos nacer nosotras a cientos de cientos de
hombres nuevos, con nuestras ideas y consignas, de libertad, de entrega, de
paridad e igualdad, cómo podría ser de otra forma si los engendramos en nuestros
cuerpos, si los parimos y no damos otra cosa que la leche de nuestros pechos, de
nuestro corazón y de nuestro pensamiento, para alimentarlos con ellos.
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