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Ser diferente entre iguales nunca ha
sido fácil, pero si tienes trece o quince años, aún se te hace más cuesta
arriba.
Hoy día, los padres son permisivos y
complacientes, dejan libertad al antojo del que aún no está formado, creyendo
que así le dan a sus hijos las posibilidades que ellos no tuvieron y lo único
que se encuentran a cambio es el fracaso escolar, las peleas y malas compañías y
la falta de interés de los chicos, por todo aquello que no sea salir a
divertirse con los amigos.
La vida va demasiado aprisa,
totalmente acelerada, las niñas quieren ser mujeres, usar sostenes que nada
sujetan y maquillar ojos que nacieron solo para ver el azul de mar. Los chicos
aprenden a fumar, sin tener aún los pulmones hechos a la aventura incierta del
humo negro y el cáncer gratis, se deshacen en risas amargas al saltar la tapia
de la que se fugan, encarcelándose en el futuro paro o la mala calificación
profesional.
Un instituto es un micromundo donde
todos los géneros sociales están representados, no sólo entre los alumnos, sino
también entre los profesores.
Es casi imposible meterle en la
cabeza a un joven que los profesores son algo más que eso que ven, un enseñante
o un impartidor de clases, que en realidad es alguien que se va a casa y juega
con sus hijos o que tiene los mismos, idénticos problemas que él, traducidos en
el lenguaje del paso del tiempo.
Puede que ese chico raro del
instituto, ese al que no le gusta el fútbol y prefiere encerrarse en la
biblioteca, sea el profesor del mañana, ese que se preocupa porque ningún alumno
quede desplazado o que se burlen del gordito, de la pija o del enclenque.
Puede que ese profesor cansado de
luchar contra el mundo, que reparte partes como si fueran golosinas, en otra
época fuera joven y soñador y deseara tanto cambiar el mundo que sus pies casi
no rozaban las aceras, el primer día que dio clases en su instituto.
Aquella otra profesora, de la que
todos los alumnos cuchichean sobre “lo buena que está” y que las chicas,
critican envidiosas, mirándole la esplendidez de sus veinticuatro años, suspira
de amor por el novio perdido en las oposiciones aprobadas, esas que ganó ella y
perdió él, yéndose al traste una relación que venía desde el instituto, donde
ella siempre dio más que él en estudios y en amores, tal y como ahora mismo
sucede entre el “fleki” y la Susana, lista ella y gamberro él, condenados a
pasar unos meses de risas y cantos y no mirarse la cara el curso que viene.
Los raros de los institutos pueblan
las clases y las aulas, los listos y los torpes, los gordos y los bajos, los
zancudos y los feos, los niños guapos y las niñas peleonas, las que pegan y los
que insultan, la que es una fiera y el que un modernísimo don Juan...
Mientras, los profesores intentan
encauzar las arenas del tiempo, moldear voluntades que no tienen moldes a los
que ajustar un pedal de freno, ni marchas que cambiar, y el tiempo, ese que
nació sin reloj de pulsera, ni marcas en el calendario, va pasando cadencioso o
rápido, tremendamente ambicioso y voraz, porque ve la luz del día con
determinación de muerte, de caducidad temprana y con vicio latente de morir y
cambiar de cara.
Los raros del instituto son todos y
no se dan ni cuenta, enfrentados unos a otros en un afán destructivo e inútil
que no los lleva a nada, porque todos son diferentes, gloriosamente diferentes,
porque en ellos está la esencia del ser humano, la diferenciación que nos hace
iguales a los dioses, perfectamente capaces para tomar decisiones que sólo a
nosotros nos competen y afectan, y de las que solo nosotros nos alegramos o
arrepentimos de haber tomado, en un determinado momento existencial.
DIARIO Bahía de Cádiz
Todos hemos estado allí y todos
dejamos nuestra esencia, porque todos somos raros en el instituto de la vida,
todos aprendemos con nuestras vivencias, nuestros recuerdos forjados en nuestra
piel y nuestras lagrimas, abrochadas a los raigones el alma.
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