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 EL SECRETO DE COPÉRNICO

Casa de muñecas

 ANA ISABEL ESPINOSA

 (Abogada, escritora y columnista)

 

ANA ISABEL ESPINOSA

Se está terminando de rehabilitar la Casa de las Viudas y las improvisadas Noras vuelven al hogar, no paterno, ni sumiso, sino al habitáculo que siempre fue decidido y amado, refugio en horas de soledad compartida.

 

Es esa casa de muñecas, un baluarte de voluntades e historias ,tan gratas y cercanas, al menos para mi, que no puedo por menos que recordar rostros y voces amigas, de mujeres que se me acercaron, con dulzura y calidez, porque “viudas”, no todas lo son, porque hay algunas que dedicaron su vida a cuidar a una madre enferma o una tía, viendo pasar los años, desde una balcón o al lado de una brazo que cada vez se hacía mas arrugado y delgado. Nunca fueron lo que nos parece a nosotros la normalidad o la banalidad de una carrera, unos hijos, una vida llena de etapas y barricadas que asaltar, porque hay otra vida, otras vidas, que se pliegan a voluntades, que imponen, no desde el mando, ni el rigor, sino ante el cariño, el respeto, el deber propiamente impuesto, y hay mujeres que no han disfrutado de la vida mas que en respiros, que son suspiros, confusos y a media boca, viéndola pasar, como en una baile de máscaras, disfrazado de otras caras, siempre teniendo que conformarse, no con bailar con el más feo, sino incluso con no bailar.

 

No eran mujeres amargadas, sino bien tratadas, las que habitaban en la Casa de las Viudas, y sentían la vida que se plegaba a su pasos y que les pertenecía, por primera vez en muchos años, porque ellas decidían qué hacer con cada cosa y en cada momento.

 

-Dejo un piso enorme- me confesaban, con risa cómplice, de mujer valiente -¿para qué lo quiero yo?-.

 

Algunas que se habían quedado recientemente sin pareja, con una pequeña habitación llena de luz, ya les bastaba, lo que no querían era estar sola, porque hay muchos a los que la soledad les pesa, más que la misma muerte.

 

Nunca vi una sonrisa apagada, ni tristeza por encubrir, porque quien estaba allí era porque quería y hasta lista de espera había,  dada la ideal situación.

 

Hay mucha gente que piensa que cuando te haces mayor, ya nada te queda, pero no es cierto, porque José Luís Sanpedro, o Ayala o el mismo Umbral, eran o son, mayores y prestigiosos, independientes y activos, y esa puede que sea la diferencia en la calidad de vida, no solo cerebral, que es fundamental, sino espiritual y anímica.

 

No nos debemos dejar a batir, pero aún menos cuando las canas tomen territorio propio en nuestra cabeza y las arrugas sean algo más que profusión de esfuerzos, en una cara muy expresiva.

 

He conocido muchas mujeres en mi vida, mujeres duras, tan fuertes que ni el mismo granito las podía tocar y mujeres frágiles como la tiza, que parecían poder caer, al menor pulso de la fatalidad, pero llegado el momento, todas tomaban una decisión y eso es la fortaleza real, el verdadero poder de una persona, el saber decidir lo que quiere de su vida… y las viudas lo hacían, ¡oh, sí!, puede que en toda su vida hasta la muerte de su marido, no hubieran hecho otra cosa que callar o escuchar, porque aunque les parezca difícil o incluso imposible, dado los tiempos que nos marcan, hay casos así, pero llegado el momento ,como les digo, decidían y lo hacían por ellas mismas, no querían seguir solas y sobre todo no querían depender de nadie y marchaban a la casa de muñecas, de Noras- mujeres plenas, que saben a dónde quieren ir.

 

Hacen falta muchos centros de mayores, muchos lugares donde puedan integrarse, donde puedan hacer cosas y donde, si ellos quieren, puedan recogerse, al hacerse la noche de su edad. Porque amanece cada día y todos los días queremos empezarlos con gloria, que no por ser mayores, nos hacemos tontos, ni pusilánimes, ni dejamos de tener necesidades vitales, como que nos respeten, que nos quieran y que podamos elegir, en un mundo en el que no sobramos y al que hemos contribuido a hacer crecer.


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