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O…¡líbrame de este infierno, de
estar consumiendo mis días entre iguales a mi, apilados, enmohecidos, olvidados
por el no uso, vejados por no poder repartir, tanto, de lo que llevamos dentro!
Es el proyecto anglosajón del
reparto indiscriminado de libros, por calles y plazas, por rincones transitados
o desconocidos, por paradas de taxis y autobuses, por cualquier lado de nuestra
ciudad o pueblo, que pretende una idea universal y progresista, distribuir los
conocimientos entre todos, con total gratuidad y sin limitación de acceso
alguno.
A mi me encanta, qué quieren que les
diga, claro que yo soy una fanática de las bibliotecas, que me parecen lugares
santos del conocimiento, y más fanática aún de los libros, que hasta les veo
dotados de vida propia, así que no se me asustarán, ni les cogerá de sorpresa,
si les digo que esa idea de la liberación de los libros, de nuestras bibliotecas
privadas para repartirlos con los demás, para hacer su lectura como algo
universal y compartido, me parece algo maravilloso y perfecto, en un mundo lleno
de imperfecciones y desencantos.
Es, llevarlo a cabo, tan fácil como
tomar un libro o varios, de los que olvidamos en las estanterías de nuestra
casa y ponerlos en circulación, o sea, darlos con total entrega, para que lo
disfrute quien quiera leerlo, y después, a su vez, lo vuelva a liberar,
repitiéndose este rito de magnanimidad, una y otra vez.
No me digan que esa no es una idea
esperanzadora y hermosa, porque qué acto de amor no necesita de la entrega
incondicional y tiene en él asumida la perdida y el abandono de si mismo para
darse al otro, y así como antaño dábamos los libros en un préstamo eterno a
nuestros amigos, que a su vez daban nuestro libro a otro y a otro, no
volviéndole a ver nunca las tapas y no reclamándolo, en pos de una amistad que
valía mas que lo que queríamos a ese ejemplar, ahora la idea se hace más general
y más grande, más total y con más matices, porque amigos somos todos y se quiere
contagiar con ella, no a los de nuestra misma población, o nuestra misma calle,
o portal de vecinos, sino a toda la humanidad, pues no se pone fronteras, ni a
Estados, en este proyecto, que, con colaboraciones oficialistas, puede ser
seguido con una dirección electrónica en Internet.
Pero yo voy un pasito más allá y
haré mi propia playa, con minúsculos granos de arena, y para adorara al dios de
los libros, que me ha dado tantos momentos de satisfacción, tanta entrega y
pedido tan poco, devolveré la libertad a libros muy queridos.
Festejaré a Jorge, no el cazador de
dragones, sino al que bebió de su aliento y consumió su sabiduría milenaria,
haciéndose más fuerte mentalmente y mejor persona, al poder conocer las muchas
caras de la vida.
Liberaré a algunos y lloraré por
ellos, por no conocer su suerte y pensaré, que, quizás acaben en el fondo de una
papelera, o rotos y molidos de cuerpo y alma por los muchos vándalos que
nuestras tierras pueblan, sufriré por su ausencia y sabré que nunca podré
sustituirlos, porque los amigos idos jamás pueden ser repuestos, ni
reemplazados, pero, al mismo tiempo, mi animo albergará la esperanza de que
algún día, en algún rincón perdido, alguien me mandé un mensaje a mi correo
electrónico, alguien que no me conozca y, que solo sepa de mi esa dirección
pegada en mi libro, y que una vez, de cierto día lo liberé, sintiéndome a mi vez
libre y eterna, me contará que él, a su vez, también lo liberó, después de
haberlo leído y haberlo disfrutado, como el amigo que siempre fue para mi y que
también se convirtió para él. Me reiré frente a la pantalla del ordenador y
pensaré en los muchos libros que aún esperan ser liberados en mis estanterías y
en las vuestras, en las muchas mentes que los esperan, para poder soñar y ver a
través de ellos, en las muchas personas que los podrán disfrutar porque la
cultura, el desarrollo, la esencia de los libros está tan unida a nuestra alma,
como el ansia de respirar.
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