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Cuando se cumplen 75 años del
levantamiento del gueto de Varsovia, un nombre vuelve a relucir entre el olvido,
el de Irena Sendler, la mujer, hoy anciana, que salvó de la muerte a más de
2.500 niños, sacándolos de mil maneras diferentes del gueto, creando una red,
con la inestimable ayuda del Zegota, la organización polaca contra los nazis,
para distribuir a los niños entre familias que los protegieran y ayudarán, hasta
que pasase la locura nazi.
No fue nunca Irena una mujer débil,
ni de ideas variables, porque siempre luchó por lo que creía, sirviéndose de su
fe, que le exigía no quedarse indiferente, ni quieta, ante la barbarie que se
extendía a su lado.
Fue una mujer valiente, que supo
jugar sus cartas con arrojo y coraje, que sintiéndose socialista y creyendo en
los derechos de todos, fuera cual fuera su religión o ideas, luchó, desde su
puesto de asistenta social, por darle medicinas, comida y ropas, a familias
judías perseguidas y estigmatizadas.
Más tarde, al establecerse el gueto
de Varsovia y viendo lo que se avecinaba y sabiendo por su trabajo, que morirían
unas 5.000 personas cada mes, por el hacinamiento, la desnutrición y las
enfermedades, se valió de sus contactos y del miedo de los nazi a la expansión,
entre sus tropas, de enfermedades infecciosas como el tifus, para conseguir un
pase de enfermera al gueto.
Usándolo y portando la estrella de
David como un amuleto de solidaridad, intentó acercarse a las familias judías
para que les confiaran sus hijos, siendo una batalla mil veces perdidas, porque
es normal que se quisieran aferrar a lo que mas querían, dándose el caso en
muchas ocasiones de que cuando Irena conseguía regresar, ya toda la familia,
niños incluidos, habían sido deportados a los campos de exterminio.
Hubo algunos que confiaron en ella,
depositando la esperanza en el futuro de sus hijos, lejos de allí, una de
aquellas familias fueron los padres de una niña muy pequeña a la que sacaron en
una minúsculo ataúd, durmiéndola con medicinas para que los vigilantes no
desconfiaran, y entregándola tras a aquello Irena, a una íntima amiga suya que
la cuidó hasta que tuvo menester de ello, dándose la circunstancia de que la
niña, ya mujer, la llama su otra madre.
Fueron muchos los métodos que Irena
uso para sacar a los niños… en sacos de comida, de ropa, en cestas, en carros,
hasta por la puerta trasera de una iglesia que se comunicaba con el gueto y que
transformaba a los niños, sacándolos por la puerta principal, fingiéndose
católicos y siendo llevados a casas de acogidas, a conventos, a orfanatos, o a
cualquiera de los lugares donde colaboradores de Irena les suministraban papeles
y oportunidad de seguir viviendo.
Fue una gran labor, por la que fue
perseguida y sentenciada a muerte, torturada hasta la extenuación y salvada en
el último momento, cuando uno de los soldados que la guardaban la ayudó a huir,
perdiendo la vida por ello.
Esta anciana, modesta y sencilla, no
quiere homenajes, ni honores, pues le basta con la tranquilidad por el deber
cumplido, por haber salvado a tantos niños del horror y la muerte, como aquella
diminuta criatura que siempre recordó a su madre, muerta en los campos de
exterminio, que para que no la olvidara puso junto a sus ropas, una cuchara de
plata,único de valor, junto a su preciosa hijita , que aún le quedaba de su
pasada vida.
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