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Y es que las criaturas no tienen
remedio y por eso se les llama como a los bárbaros invasores, por similitud,
pero para mi que no ,que estos de andar por casa, los que tenemos la desgracia
de saber que han nacido aquí, justo en la casa de al lado, son peores, porque a
los otros, a los que andaban de peregrinaje cultural y conquistador, por la
antigüedad y que iban de la mano con suevos y alanos, se les veía el plumero,
pero estos que van de “delante de mi mamá no rompo un plato”, ya les vale,
cuando están solos con los amigos.
Y es que cafres hay muchos, qué les
voy a contar, que todos tenemos que convivir con papeleras rotas, cáscaras y
bolsas tiradas en los suelos, pipas masticadas, pintadas, chicles huérfanos de
bocas, decorando asquerosamente el mobiliario urbano, que todos pagamos y que
todos deberíamos disfrutar.
No hay día que un parque no sea
vejado, que un columpio, que un tobogán, que un banco o una fachada no sea
burlado o herido, diciendo bien poco de todos nosotros como sociedad, porque si
nuestros mas jóvenes se afanan en destrozar en vez de crear, para qué hemos
quedado, qué papel hemos ejercido como enseñantes de valores… pues creo que
ninguno.
Lo que para mi ha colmado la gota de
los muchos vasos de paciencia que llevo llenados, respecto a este tema, fue una
noticia sobre los patos de Parque Genovés, que es ese parque que hay en Cádiz,
que gusta tanto a los niños y que cuando a Quiñones le hicieron doctor honoris
causa por la UCA se paró, ante de su concesión en dar de comer pan a los
hambrientos patos, que tenían allí hospedados, porque era mucho Quiñones, mucho
señor y mucho arte…
Pero por lo visto los que tuvieron
la gran suerte de compartir espacio, que no talento, con él, poco aprendieron de
su sensibilidad y buen hacer, de su tolerancia y respeto a todo y todos, por qué
no a los patos, que sólo chapotean en un agua artificial y mansa, buscando no sé
bien qué, pero si gustando a jóvenes y mayores, a niños sobre todo, que pierden
sus risas en cuanto los ven.
Pues pasados días atrás, se recogía
en la prensa la noticia de que algunos infelices, en numero de tres, de aquellos
pobres patos, que tanto veneraba Quiñones, habían sido destrozados, y no les
hablo por hablar que a uno hasta lo empalaron, por lo que se había pensado con
llegar a hacerlos “migrar” a otro sitio, donde su destino estuviera más en
consonancia con la merecida libertad y paz que todos ansiamos.
Y ahora me pregunto yo… ¿qué
beneficios reporta el destruir? ¿qué buenos momentos el hundir tu pie en una
papelera o en afanarte para verla desplazarse sin sentido vaciando su estomago,
ensuciando en su caída el suelo que todos debemos recorrer? ¿qué les lleva a ser
lo que son y qué les impulsa?
Hace mucho tiempo conocí a un chico
que se enorgullecía de ser el más bestia entre los bestias, hasta que en una de
aquellas lo expulsaron de su colegio. Para nuestro mal general, las cosas no han
cambiado demasiado, en estos años transcurridos, parece que aún en los
institutos el más bestia y el que más cocea, no es el que mas apartado vive,
sino el más admirado y temido, que para colmo, es lo mismo. “Mira lo que ha
hecho”, dirán admirativamente las ovejas, que lo siguen al matadero de la
exclusión social y de la ignorancia, al verlo insultar a un profesor, emborronar
una pared o saltar las tapias del colegio, en día de fiesta.
Este mundo está completamente loco,
pero lo que es peor es que ya ni los animales están a salvo cuando los de dos
patas hablan por boca de necios y les escuchan los demás.
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