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El otro día me reencontré con uno de esos chicos a
los que yo tengo en mi lista de... ¡¡¡¡interesantes!!!!... Sí, la lista tiene
apenas cinco nombres porque interesantes, lo que se dice interesantes, ¿para que
engañarnos? no hay muchos.
Algunos apuntarían al destino y, otros, a la casualidad. Vuelvo a repetir, ¿para
que engañarnos?. El caso es que había un porcentaje muy alto de posibilidades de
poder encontrármelo de nuevo. Yo simplemente era que no lo ubicaba en ese lugar
tan pronto y me descolocó. El caso es que el chico no es de mi provincia aunque
supongo que tiene familia aquí. Lo conocí el año pasado durante la feria de
verano. Ese finde yo estaba muy ilusionada pues hacia algún tiempo que no salía
en el pueblo y la idea de ir una juerga pues me apetecía, la verdad. Así que
cuando lo vi en la mesa, con intención de saludarme, inconscientemente bajé la
cabeza y me puse a hablar con una de mis compañeras de juerga. En un principio
no supe por qué reaccioné así. Incluso pensé: ¿Pero que gilipollas eres? ¿Cómo
se puede ser tan absolutamente sosa? Algo que por otra parte, no es del todo
falso pero bueno sosa pero cumplida, qué diría mi madre, siempre omnipresente.
La cosa que nos fuimos para otro pueblo que estaba
en fiesta y después del tercer cubata recordé por qué me había dado vergüenza
saludar al susodicho. El año pasado, por la feria, cuando lo conocí, me cayó
bien. Es mi tipo de hombre. Ni alto ni bajo, más bien feo que guapo, poco
cachas, humilde, algo simple (por lo menos aparentemente), con manos de albañil,
cabizbajo, introvertido.... ¡todo un gigoló, como podéis comprobar! Y es que
hasta el sentido del gusto lo perdí cuando mi madre me parió. ¡Qué le vamos a
hacer! Aunque pensándolo bien, menos mal que me gustan los feos, que mira tú si
encima me gustasen los guapos y visto como esta el panorama actual, en los que
se aparean entre ellos, (y me parece estupendo, que nadie me vaya a entender
mal) no quiero ni pensarlo. Total, que el año pasado cuando lo conocí, me cayó
bien, como ya comenté anteriormente, así que me dispuse a hablar con él. Ya
conocéis todos mi facilidad para el don de gentes, mi simpatía innata, mi
facilidad de palabra, mis siempre largas conversaciones, mi simpatía, mi
carácter extrovertido y la necesidad que siempre tengo con entablar
conversaciones con la gente a la que no conozco absolutamente de nada. Es más,
la gente muchas veces me tiene que pedir que me calle porque por lo visto
levanto incluso dolor de cabeza. Bueno los que me conocéis ya sabéis que estoy
diciendo toda la verdad. En fin que después de una irreverenta e intrascendental
conversación con el muchacho, vi como mi grupo de compañeras de juerga se
disponían a ir a uno de esos servicios que se instalan en las fiestas y
principales eventos deportivos para que la gente pueda hacer cómodamente sus
necesidades.
Sí, me refiero a esos urinarios que se encuentran al aire libre,
en lugares oscuros, preferiblemente entre dos vehículos de gran tamaño, donde
predomina una decoración natural con la luna y las estrellas como fondo (si hay
suerte con la noche, claro), que carece de papel higiénico, de muebles donde
poder lavarte las manos una vez realizada tu función biológica y donde no puede
ni siquiera ocurrirse la idea de evacuar otra clase de líquidos (o sólidos).
Sin dispensador de preservativos, con un agradable aroma y donde confluyen
fluidos de cientos de elegantes señoritas (y señoritos) que aprovechan al mismo
tiempo la ocasión que le brinda este moderno y tecnológico urinario para, de
paso, refrescarse los pies en las noches del caluroso verano. Seguro que todos y
todas habéis utilizado uno de estos excusados donde las paredes y la puerta
utilizan materiales que parecen invisibles. Yo que no quería perderme la
oportunidad de visitar tan exquisito lugar, me dirigí comedidamente a mi
compañero de charla y con la suave, clara, elegante, aterciopelada, entonada y
dulce voz que me caracteriza le dije con la educación y seriedad que se precisa
en esos momentos: ¡No te muevas de aquí, que voy a mear y ahora mismo mismo!.
Nada mas acabar la frase me dirigí a mi compañera de juergas para dedicarle el
siguiente poema: ¡Espérame bonita, que me estoy meando vivita! mientras me
acercaba a ella apoyando mis dos delicadas manos donde se evacua.
¡Cómo no me iba a darme vergüenza encontrarme con él! Si fueron las últimas
palabras (y casi las primeras) que crucé con él. Desde entonces, le llamo 'el
chico del excusado'. |