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Ignacio Sánchez Mejías, torero y muchas
cosas más
Nacido en la sevillana calle de la Palma el 6 de
junio de 1891. Se crió en el seno de una acomodada familia donde gozó de una
feliz infancia gracias a la profesión de su padre, doctor en medicina. Con
frecuencia hacía novillos en su colegio de los Escolapios para junto a su íntimo
amigo Joselito, cuatro años más joven que él, pronto empezar a jugar al
toro sin otro motivo que una particular atracción. Estos primeros escarceos con
la profesión también los tuvo en la Huerta “El Lavadero” de propiedad familiar.
Ni tan siquiera llegó a terminar el Bachiller, ni mucho menos la carrera de
Medicina a pesar de ser el deseo paterno. A la edad de 17 años se embarca en
Cádiz, junto a su tío Enrique Ortega “el Cuco”, con destino a Nueva York.
Descubierto en el transito y retenido a la llegada fue su hermano mayor Aurelio
quien lo sacara del país para acogerlo en su casa de México. Trabajó para
sobrevivir, hasta que en 1910 en la plaza de toros de Corelía, de aquel país, se
viste por primera vez de luces como banderillero. En la temporada del 11 y 12
compartió su profesión, en la cuadrilla del matador cordobés Fermín Muñoz “Corchaito”,
con la de novillero tanto en América como en España. El año 13 intervino en
ambos escalafones pero sólo en nuestro territorio, debutó como novillero en
Madrid y perteneció a las cuadrillas de Cocherito de Bilbao y de
Machaquito
quien se retiraba aquel mismo año. En la siguiente su estreno en Sevilla,
donde recibe una fuerte cornada que le destroza la femoral, llegándose incluso a
temer por su vida lo que le hace replantear su carrera. Vuelve a coger lo palos
en cuadrillas como la de Belmonte y la de los hermanos Rafael y José, ambos
“el Gallo”. En esta época conoce a la hermana de estos, Lola Gómez
Ortega, con quien contrae matrimonio en 1915. Tras tres años, siendo
primera figura de los hombres de plata tanto en la brega como con las
banderillas y gozando de gran popularidad entre la afición, reaparece como
novillero el 18 de agosto del 18 en Sevilla con gran éxito. Un año después, en
Barcelona el 16 de marzo, fuertemente apoyado por el menor de los Gallo,
por parentesco y por gozar de una gran amistad personal, le concede la
alternativa en el mejor cartel del momento con Belmonte de testigo frente al
toro Buñolero de los Herederos de Vicente Martínez, saliendo a hombros.
Confirma en la Corrida de la Beneficencia al año siguiente, el 5 de abril, de
nuevo con su cuñado de padrino. En la temporada del 20, marcada por el dolor de
la muerte de Joselito, actuó en más de noventa carteles continuando
temporada en americana. Una de sus contadas actuaciones en Madrid que tuvo lugar
en el año 21, en corrida benéfica por los heridos en la campaña de Marruecos, se
salda con oreja y de nuevo a México donde era masivamente seguido y respetado. A
finales de la temporada del 22 anuncia que la siguiente sería de descanso. En la
del 24 lleva a cabo una cruzada en solitario contra los empresarios que imponen
un tope salarial a los matadores de 7.000 pesetas. Apartado por tal motivo de la
Feria de Abril del 25, en uno de sus festejos, vestido con traje de calle y con
permiso del lidiador, coloca tres excepcionales pares de banderillas a un toro
de Santa Coloma. Por ese tiempo publicaba en el periódico La Unión de
Sevilla la crónica de los festejos que tenían lugar en aquella plaza, incluidos
aquellos en los que tomaba parte, siendo muy criticado por compañeros de ambos
gremios, matadores y periodistas, sin que le afectara lo más mínimo. Castigado
por los toros, por la crítica y por las empresas anunció su retirada en la
temporada del 27, siendo posteriormente transitoria, para cultivar su otra
pasión, la literatura y el teatro. Ya por entonces mantenía amistad con los
poetas y escritores de la Generación 27, a la que podemos decir pertenecería. En
el año 34, el 15 de julio, reaparece en Cádiz tras una gran preparación, y aún
así falto de facultades. El 11 de agosto sustituía a Domingo Ortega que había
sufrido un accidente de coche en Manzanares, junto al rejoneador portugués Simáo
da Veiga, el mexicano Armillita y Corrochano. Era una corrida grande y
astifina a la que acudía incluso sin cuadrilla. Su propia mano sacaría la
papeleta donde se inscribía el número del toro Granadino de Ayala que
marcaría su fatal desenlace. Su inició de faena fue como en él era común,
sentado en el estribo ejecutando pases por alto, al dar el segundo el toro le
prendió por la ingle introduciéndole el pitón y manteniéndose colgando hasta
llegar al centro del ruedo. La escasez de medios quirúrgicos en la plaza llevó
al propio matador a decidir su traslado a la capital para ser operado. Dos días
después, en la mañana del 13, con la gangrena extendida por todo su cuerpo y
altas fiebres fallecía. Escasas horas transcurrieron desde su muerte hasta que
Federico García Lorca llevase todo su sentimiento al papel y lo inmortalizara en
su elegía “Llanto”, formando desde entonces parte de la literatura
universal.
D. Ventura, crítico de la época, dijo de él que se
inventaba el peligro. Arrogante y altivo como persona, fue un torero que no gozó
ni de la simpatía ni del fervor popular que tenía que ganarse tarde a tarde a
base de espectacularidad, un riesgo sin límite y una valentía fuera de lo común
que rozaba el heroísmo. El arte visto desde otro punto de vista que adquiriera
tal vez por su dilatado aprendizaje en ambos escalafones además de compartir
multitud de tardes junto a los dos mejores toreros de todos los tiempos,
Joselito y Belmonte.
Significativa y expresiva es la instantánea en la
que se muestra a Sánchez Mejías frente al rostro de José, ya de cuerpo presente,
donde con una mano sostiene y tapa su cara mientras con la otra acariciaba la de
su amigo de la infancia. Compartieron cartel aquella nefasta tarde en la que
Bailaor acabara con la vida de Gallito, teniendo él posteriormente
que acabar con la del toro. Posteriormente vendría su desliz “oficial” con la
bailarina Encarnación López “la Argentinita”, la que fue novia de
Joselito y que le llevaría a la separación sentimental de su esposa, que no
física ya que largas temporadas compartían techo en la Finca “Pino Montado”
donde guardaban las apariencias frente a su hijos y amigos. La folklórica
le llevaría a conocer y hacer amistad con Federico García Lorca y de éste a toda
la Generación del 27, Gillén, Salinas, Alberti, Alonso, Gerardo Diego, Bergamín,
etc. La que dicen reunió bajo su patrocinio en Sevilla, aunque otros afirman
sólo fomentó y fuera el Ateneo local quien corriera con los gastos de tan
sublime Asamblea en homenaje al tricentenario de Góngora.
Durante
su retiro de los ruedos estreno obras como el drama Sinrazón,
representada por María Guerrero, la autobiográfica Zaya, la farsa Ni
más ni menos o el musical, a su gran amor, Las Calles de Cádiz, entre
otras. Cultivó muchas aficiones y profesiones al margen de las ya
conocidas, también fue piloto de coches, actor de cine, jugó al polo,
conferenciante taurino que llegaría a impartir su doctrina en la mismísima
Universidad de Columbia en Nueva York, Presidente de la Cruz Roja y del Real
Betis Balompié en la temporada del 31 siendo equipo de Segunda. Antes de su
vuelta a los ruedos mantuvo un romance con la escritora chileno-francesa
Marcelle Auclair que llegado a oídos de la Argentinita apunto estuvo de
acabar en tragedia. Durante muchos años fue hermano y llevó la Cruz de Guía de
la Esperanza Macarena de Sevilla. Su hijo José Ignacio Sánchez-Mejías se doctoró
en tauromaquia, para pronto pasarse al apoderamiento, como su sobrino nieto
Marcos Sánchez-Mejías.
A su vez, una biografía digna de ser conocida por
todos los amante de la tauromaquia, así como por cualquier persona seguidora de
vidas intensas y con historia de mérito suficiente para ser llevada a la gran
pantalla o estudiada en mayor profundidad. Su muerte, triste fuente de
inspiración para Federico García Lorca, eternizaría y engrandecería su vida en
la elegía “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”:
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde………….
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