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Los Reyes y la Fiesta (1ª parte)
Aprovechando los tiempos
políticos en los que vivimos, donde nuestros gobernantes quieren reparar, al
parecer, “la deuda” histórica que los españoles tenemos con la fiesta de los
toros, como con las religiones, con la guerra civil, con los inmigrantes, con el
tráfico, con la violencia de género, con los matrimonios, etc., en la sección
¿sabías que…? publicamos la primera parte de un artículo donde se cuenta la
relación, que desde siempre, los distintos gobiernos de nuestro país han
mantenido con la fiesta, intentando en algunos casos acabar con ella, lo que
nunca se consiguió. Ni ahora tampoco
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Los Reyes y la Fiesta (1ª parte)
Gerión, rey de Tartessos, fue
pastor y ganadero de una gran manada de bueyes o toros que pastaban a lo largo
del valle del Guadalquivir hasta que les fueron robados por Hércules en uno de
los Doce Trabajos que le impuso el Oráculo de Delfos.
A lo largo de la historia de
nuestra tierra, el toro y el toreo han mantenido el total apoyo de las distintas
culturas que la
habitaron,
griegos, fenicios, celtas, cartagineses, romanos, visigodos, moros y cristianos,
y por supuesto de sus respectivos regidores, como
medio para contentar al pueblo y de esta forma ganarse su complacencia.
En el siglo IX los nobles ya se adiestraban
alanceando toros. El Cid Campeador, en el XI, fue uno de los participantes en la
corrida real que se celebró con motivo de la boda de Sancho II “el Fuerte”, Rey
de Castilla y León. También se corrieron toros en la boda de su hijo
Alfonso VII con Dª.
Berenguela, en 1124, y en la boda de la hija de Alfonso VIII, Dª. Urraca con el
rey D. García de Navarra en León. El
Código de las Siete Partidas fueron unas leyes emitidas por Alfonso X “el
Sabio” para su reino de Castilla y León y territorios conquistados en el siglo
XIII donde se prohibía la existencia del matatoros de a pie para prodigar
el toreo a caballo por parte de la nobleza. A finales del XIV y principios del
XV, Enrique III “el Doliente”, rey de Castilla, permitió nuevamente la presencia
del torero de a pie.
Juan II de Castilla (1418-1454) transformó la caza
del toro, que llevaba a cabo la nobleza, en un espectáculo donde ésta se luce
ante el pueblo a la vez que se adiestra. Junto a ellos, aparece un ayudante o
guardia de a pie que con un trapo llama la atención del toro en caso del
caballero estar en peligro. Su hijo heredero al trono, Enrique IV fue defensor
de la fiesta, celebrando festejos en Medina del Campo por sus esponsales con Dª.
María de Aragón. Su hermana, la reina Isabel I, quien posteriormente ostentó la
corona, tuvo que ser convencida por la nobleza para su aprobación definitiva. De
esta forma pudieron continuar los espectáculos aunque las astas de los toros
fueron cubiertas con cueros para reducir daños. Por aquel tiempo de nuevo
aparece la figura del matatoros, además del alanceamiento y la lucha de
toros y alanos. La historia de España continuaba con espectáculos taurinos
reales que tenían lugar por motivos varios: natalicios de reyes o príncipes,
bodas, visitas reales, etc.
Por
esa época, el alanceamiento tenía lugar en cualquier parte del cuerpo del toro.
Es el mismísimo Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano, con frecuencia
alanceador de toros, quien perfecciona la suerte de forma que lo hace en lo alto
del morrillo, adoptándose en modo y forma por el resto de jinetes. Felipe II, en
1527, alanceó un toro en la Plaza Mayor de Valladolid por el nacimiento de su
primogénito Carlos I de España. Fue Felipe II el gran impulsor de las Reales
Maestranzas, y bajo cuyo reinado, por imposición de la Santa Sede, la fiesta
sufrió dos periodos transitorios de prohibición. La primera en 1567 por Pío V,
siendo levantada tras su muerte, en 1572, por su sucesor Gregorio XIII a
petición del propio Rey. La segunda por Sixto V, en 1585, la que sin apenas
seguimiento fue levantada, tras varios Papas, por Clemente VIII en el 96.
Sebastián I de Portugal fue un hábil rejoneador de
esta misma época. Felipe III mandó construir la Plaza Mayor de Madrid, para en
ella dar corridas de toros. Los siguientes monarcas continuaron asistiendo a
festejos, algunos incluso no reales, como Felipe IV, quien llegó a participar en
alguno de ellos y Carlos II en cuya boda con Dª. María de Orleans intervino el
Duque de Medina Sidonia.
(Continuará con Felipe V, primero de la Casa de
Borbón)
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