Rafael Ortega Domínguez nace en
la Isla de León el 4 de junio de 1921. Dos ascendientes taurinos marcarían
su destino, por un lado su tío Pepe Ortega y por otro su
padre, conocido como “el Loro”, quien de forma semiprofesional se encargaba
de matar aquellos toros sobreros que no eran lidiados en la plaza y algún
que otro Toro del Aguardiente, en ambos casos en San Fernando donde regenta
una lechería.
Pero sin duda, su destino
vendría marcado por el servicio militar. Fue en la Intendencia de Ceuta, por
donde pasaban cuantas reses daban de comer a las fuerzas allí establecidas.
Rafael, con el gusanillo del toreo germinando, llega a construir con sus
propias manos una pequeña placita de toros en el interior del
acuartelamiento con el permiso de su Capitán, de apellido Entrala, quien
confiaba plenamente en sus posibilidades. Allí mataba, no sin antes intentar
lidiar, cuanto ganado desfilaba con el consentimiento del mando. La gran
cantidad de reses estoqueadas y descabelladas en esa época determinaría sus
conocimientos en cuanto al uso de los aceros. En esta ciudad norteafricana
se viste por primera vez de luces, junto a otros compañeros de milicias, en
el 41, anunciándose con el apodo de “el Panocha”. Finalizado el
servicio militar obligatorio, y con una buena reputación ganada como
novillero, da comienzo su carrera por plazas andaluzas. Son en plazas
granadinas casi todos sus compromisos hasta llegar a Madrid. En la plaza de
la Corte debuta el 10 de agosto del 49 con balance de vuelta y oreja. Su
buena actuación le da a conocer en el mundillo taurino, repitiendo tres
tardes más antes de la alternativa. Con gran cartel, y a la veterana edad de
28 años, se doctora el 2 de octubre del 49 de manos de Manolo
González, frente al toro Cordobés de Felipe Bartolomé, de pelo negro
listón y con Manuel Dos Santos de testigo, quien fue cogido toreando de capa
en su primer toro, quedando el festejo en un mano a mano. Aquella misma
tarde ya probaría las mieles del triunfo cortando las dos orejas de su
último toro y cruzando por primera vez aquella Puerta Grande. Cinco veces
más a lo largo de su carrera saldría en volandas camino a la calle de
Alcalá, en el 50, 52, 53, 54 y 67. La siguiente temporada compartiría el
éxito en San Isidro con una constante en su profesión, las cornadas. La
primera tendría lugar en Granada, y el 8 de julio en Pamplona por partida
doble, una en la pierna y otra gravísima en la vejiga que hizo temer incluso
por su vida de forma que llega a recibir los últimos auxilios espirituales.
A pesar de las pésimas expectativas sólo se mantendría dos meses inactivo.
En la del 52 de nuevo el triunfo en Madrid, la Puerta del Príncipe en
Sevilla en el día del Pilar y su confirmación en “la” México. La temporada
de 1954 actuó en solitario en la corrida a beneficio del Montepío de Toreros
en Madrid. Aquel mismo año le corta el rabo a un Miura en la Maestranza
sevillana. La ejecución de la suerte de matar a aquel toro, de forma que
según salía por el costillar el toro se derrumbaba antes de llegar a la
muleta, se encuentra representada en el grupo escultórico que posee en su
ciudad natal inaugurado en octubre del 2002. En 1956 de nuevo prueba el hule
con una grave cogida en la capital. En el 59 su tercera Puerta del Príncipe
y su tercer rabo con otra faena para el recuerdo que inmortalizara el
crítico Antonio Díaz-Cañabate en una genial crónica que veteranos
aficionados aún recuerdan. Cansado un tanto por los percances y
desilusionado por la poca repercusión de sus éxitos en los despachos, sus
temporadas siempre fueron cortas, anuncia su retirada en el año 60.
El 10 de julio del 66 reaparece
en el Puerto de Santa María con lleno de “no hay billetes”. En el festejo
del día del Corpus de Madrid en 1967 llevó a cabo una de las faenas más
puras vistas en esta plaza que se viera enturbiada por el plante de Curro
Romero a torear y matar a su segundo toro. El acontecimiento provocó que
su obra maestra pasará a un segundo plano, y quedara sólo en la retinas de
algunos buenos aficionados y de la crítica taurina. Aquella misma temporada
toreó cinco tardes en la Monumental de Barcelona, unas actuaciones ganadas
en la plaza y no en los despachos. Y así hasta otra grave cornada en el mes
de octubre con la que cierra temporada. Sus 47 años de edad, las secuelas de
la última cornada que le había atravesado el muslo y las 28 que le
antecedieron, le hacen retirarse definitivamente en aquel año del 68. A
partir de entonces algún que otro festival hasta el último, en Jerez en el
85, para el que se prepara mental y físicamente, y en el que corta con gran
éxito dos orejas y rabo. Falleció tras larga enfermedad el 18 de diciembre
de 1997 en su casa de Cádiz.
Su toreo se inspiraba
básicamente en la pureza y la verdad del mismo, es decir en lo clásico. Su
físico, poco propicio en su constitución, le imprimía hondura, profundad y
cadencia en sus movimientos. El secreto, adelantar el engaño y dejar caer el
peso de su cuerpo sobre la pierna contraria, cargando la suerte tanto de
capote como de muleta. Fue su don el de la estocada, sencillamente
extraordinario al volapié y cuando alguna vez lo hacía recibiendo
remataba con un pase de pecho. Ambas ejecutadas generalmente en la
suerte natural. A los buenos aficionados jamás les importó que pinchara
un toro, así decían poder verle de nuevo interpretar “su” particular suerte
de matar. Maestro de maestros, siempre mantuvo el respecto, el aprecio y la
admiración tanto de la crítica, de los buenos aficionados y de todos sus
propios compañeros de profesión.
El Premio Cervantes 2004, Rafael
Sánchez Ferlosio, le escribiría tres artículos en 1980 en el Diario 16
titulados El As de Espadas, sobrenombre por que también fue conocido
dentro y fuera de nuestras fronteras, donde llamaba al ángulo que su figura
y su estoque formaban a la hora de matar el “inmortal”, y parodiando una
frase del Guerra decía:”……con la espada en los últimos 30 años el primero
Rafael Ortega después “nadie”, y después de “nadie”, media docena de buenos
estoqueadores”. De haber nacido en otra época, donde la suerte de matar
era la absoluta protagonista de la fiesta, hubiese sido primera figura
indiscutible.
El Rubio Torero, llamado en sus
inicios “el Tesoro de la Isla”, fue director de la primera Escuela Taurina
de la Diputación de Cádiz en 1985, la misma que le otorgara la Placa de
Plata de la Provincia. Su libro de cabecera El Toreo Puro, con
prólogo de Ángel Fernando Mayo, corto, pero intenso, es toda una referencia
para profesionales y aficionados que disfrutan con la auténtica verdad de
este arte. Todo un torero, sin duda de época, cuyo arte no fue valorado en
su momento y que sí lo harán generaciones venideras.