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Balada de otoño

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

El otoño siempre fue una estación especial para mí, como el invierno. La estación más hermosa de Sevilla, ciudad donde vivo y muero, no es la primavera sino el otoño, incluso el invierno. La primavera es lo tópico, sí, el olor a azahar y todo eso, pero el otoño y el invierno son las que se llevan la calima del cielo sevillano. De la niebla y sus nombres, tituló uno de sus libros Rafael Montesinos, donde Sevilla está como telón de fondo. Sevilla es una ciudad de niebla en su cielo gran parte del año. El otoño y después el invierno nos permiten contemplar el azul intenso del cielo de Sevilla y el paisaje se vuelve más nítido. “Una balada en otoño, un canto triste de melancolía”, cantaba Serrat en el primero de sus discos de larga duración en castellano. La lluvia del otoño es precisa y preciosa, cuando pasa todo queda perfilado en la plenitud de sus formas, sin destellos, sin neblinas.

 

Ha estado Serrat de gira con Sabina en verano, no sé si sigue en otoño. A estos dos hombres los llevamos ya dentro de nuestro universo cultural, dos luchadores contra todo, contracorriente. Serrat engrandeció los poemas de Antonio Machado con su música, en especial La Saeta. A Machado le entristecían los otoños de Castilla sobre todo cuando se le fue Leonor y todo su dolor lo volcó sobre aquel olmo seco, hundido por el rayo y en su mitad podrido. Luego, en esas palabras que le encontraron en los bolsillos cuando murió en Collioure, nos dejó un halago hacia la luz y el sol de su infancia sevillana pero, ¿qué luz?, ¿qué sol? ¿El de la primavera y el verano? Nunca lo sabremos con certeza. Machado era un paseante empedernido y uno de sus paseos tenía por misión esencial ver a Leonor, con 16 años aún, jugar con sus amigas en los márgenes del río. Machado contemplaba así a su amada. Hoy le hubieran acusado de pederasta o casi. Pero aquel hombre se casó con su joven objeto de deseo sin atender las habladurías de Soria o, en todo caso, aguantándolas y sufriéndolas y haciendo lo que él creía que tenía que hacer. En nuestros días los programas de la basura televisual se hubieran cebado con el matrimonio. Por ese lado ha tenido suerte nuestro poeta en no vivir este mundo de “progreso”.

 

Ahora por Soria hay rutas que indican los paseos de Machado, por dentro o por fuera de la ciudad. Serrat por su parte ha hecho lo que decía Manuel, el hermano de Machado. Al ponerle música a La Saeta la ha llevado a la gente y los andaluces escuchan su música en Semana Santa, la entonan las bandas de cornetas y tambores y mucho personal ya no sabe quién ha compuesto aquello, sólo disfruta con su tonada. La música de La Saeta ya no es de Serrat, es de todo el mundo y esa era la gloria mayor de quien compone canciones, decía Manuel Machado.

 

Sabina vive deprisa, deprisa. Parece que ha decidido vivir menos pero más intensamente. En realidad, con cuarenta o cincuenta años hemos hecho cuanto teníamos que hacer, según la madre naturaleza, lo que pasa es que desde hace siglos y ahora en especial, la ciencia provoca que no le pongamos fronteras a la providencia. La ciencia vencerá a la muerte, eso está claro, y yo que me alegro porque la vida es apasionante y en otoño mucho más.

 

La otra noche me regalé en casa una sesión de cine revisando El club de los poetas muertos. No es buena película, se le podía haber sacado mucho más partido a ese argumento. A mí sólo me interesaban sus paisajes y la figura del herético (el profesor, solo, frente a toda una estructura rígida de preceptos). Sus primeras fotografías van dedicadas a un paisaje de otoño con tonos ocres bellísimos. Me sería imposible estudiar en aquella escuela, tendría que llenarme de esos contornos, de esos contrastes entre el agua, el volar de las aves y el color ocre de los árboles. Hace ya bastantes años estuve en la Universidad de Navarra. No era otoño pero sé lo hermoso que es el otoño en Navarra. La Universidad de Navarra es como estar en las campiñas inglesas, o casi. Mi colega la doctora Marga Pérez de Eulate –gaditana ella- me hacía los honores mostrándome todo el recinto, por dentro y por fuera. Me acuerdo que un antiguo vagón de tren, de esos con compartimentos, se usaba para desarrollar tutorías entre maestro y alumno. Pero evoco sobre todo el campus. Le dije a Marga que el otoño tenía que ser seductor en aquellos pagos. Me aseguró que sí, que era muy atractivo. Los dos seguimos en nuestros asuntos académicos hasta que volví a Sevilla. Aquel otoño recibí una postal de la Universidad de Navarra; en ella se veía el campus en otoño, con sus árboles sobrios, serenos y a la vez dulces y generosos. Nunca olvidaré ese detalle tan gratificante. La Universidad de Navarra fue la primera en España que comenzó a impartir los estudios de periodismo. Siempre se la vincula al Opus Dei con razón porque es que pertenece a esta institución. Está por tanto en las antípodas de mi pensamiento más esencial porque yo no sustento  mi vida en Dios y ellos sí. Pero también la apoyan en la ciencia, en el rigor, en la seriedad y en el deseo de tener poder y en eso sí estoy de acuerdo con mis colegas navarros. Aunque a ellos puede que, en teoría, no les convenza, la voluntad de poder de Nietzsche mueve a los seres humanos a título individual. En esto nos parecemos todos, con las debidas excepciones a las que el pensador alemán tacharía de débiles. No estoy de acuerdo con él en eso. De todas formas da igual ahora, el caso es que un día tuve un otoño más dichoso porque alguien me envió una postal con colores ocres desde Navarra y a estas alturas de mi vida he aprendido perfectamente que papanatas y badulaques los hay en la derecha y en la izquierda, en el Opus Dei y en la organización más trotskista que hallarse pueda. Es más, en estas últimas el bodoquismo y la ignorancia así como las poses intelectuales más estúpidas abundan. Para eso prefiero una postal de Navarra y un otoño de Sevilla, con sus luces sólidas, en contraste con estos pseudoprogresistas de ideas almidonadas.


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