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 CONTRACORRIENTE

Más oxígeno para los putrefactos

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Nuestra cultura se basa en la iniciativa privada y en la propiedad privada pero eso, en esencia, no son más que sofismas y engañabobos. En realidad, nuestra cultura tiene como basamento la fuerza del poderoso y la manipulación de las mentes así como la tendencia que tiene el ciudadano en general a dejarse manipular y vivir en sueños. En las últimas semanas estamos viendo, con los hechos, cómo nuestra cultura no es más que una farsa y un gigante con los pies de barro. Es algo que nos está mostrando y demostrando la crisis hipotecaria.

 

Estoy hasta mis gastados cojones de esos charlatanes columnistas de los medios de comunicación del mercado (casi todos) y de esos articulistas de los mismos medios que se empeñan en justificar las coyunturas y en decirnos entre líneas o de forma explícita que el sistema funciona. El sistema de mercado no funciona, es un ente moribundo que da vueltas sobre sí mismo, variaciones sobre un mismo tema, una mierda con papel de celofán, como un ramo de rosas podridas bien envuelto. Otra cosa es que no tengamos con qué sustituirlo y se vea en él el reflejo de la especie depredadora que somos, depredadora de nosotros mismos y del medio ambiente que nos rodea. El ser humano odia al ser humano, no es un secreto desde que Hobbes lo hiciera popular, y eso se ve en este sistema pútrido que nos hemos dado y se ve en sus protagonistas putrefactos, es decir, en todos nosotros, pero mucho más en los que están arriba del todo.

 

Los defensores del sistema y los políticos tienen una forma de atacar, en esa dinámica de batallitas periodísticas y políticas a lo que llamamos democracia: se ha hecho esto o aquello mal ¡y con dinero público! Oh, escándalo. Pero, ¿qué es dinero público y qué es dinero privado? Todo el dinero es público, lo que ganan las empresas con sus productos lo compra el público, el dinero de los bancos –que presta a las empresas- es de la gente, el dinero de los que tienen mucho dinero procede de los ciudadanos en su inmensa mayoría porcentual, eso ya lo demostró la ley de la plusvalía de Marx y de otros estudiosos. ¿De quién es el dinero de El Corte Inglés? ¿De El Corte Inglés? No del todo, de la gente que se lo ha dado y ha depositado en esa firma su confianza. Y de la plusvalía, entre otros factores. No es de sus accionistas exactamente, sus accionistas tienen derecho a un buen sueldo pero no a un sueldo de una distancia sideral con el ciudadano medio y con el salario mínimo. Y esto es aplicable a los banqueros, etc. ¿Que este tipo de empresas crean más centros y más trabajo? Aún podrían hacer más si renunciaran a la codicia pero no pueden porque así es esto, el ser humano no se gobierna absolutamente, por eso hay que sustituir poco a poco lo que hay, si es posible que el humano evolucione.

 

Productos que se venden en grandes almacenes y en tiendas en general procedentes de la marroquinería de Ubrique, pongo un ejemplo, se comercian varias veces por encima de su valor real. Los pareos y fulares que llevan las mujeres se consiguen por 5, 6, 10 y más euros en el mercado libre pero en las naves de almacenamiento que tienen los chinos en los polígonos industriales de Sevilla los veden al por mayor por 0,75 euros o, como mucho, por 2 euros. Y aún así se supone que unos pocos sacan ganancia de ahí: el fabricante, el distribuidor, el almacenista, el mayorista... ¿Cuánto le pagan al currito que los elabora? ¿Cuántas horas trabaja? ¿Quién es?

 

Lo que ha sucedido aquí es que, con el paso de los siglos, unos señores que han tenido valiosas y loables iniciativas privadas se han arrogado el derecho de creer que esas iniciativas les dan permiso absoluto para vivir un millón de veces mejor que el último de los mortales porque se supone que ellos son los listos y los demás los idiotas que les debemos la vida; se estima que las famosas iniciativas les dan legitimidad para construirse unas leyes a medida de sus intereses, para financiar unos cuerpos de seguridad y unos ejércitos para que los cobijen, para explotar a la gente, pisarles su dignidad, olvidarse de que, como dijo Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, y creen que, además, para apoyar sus negocios se le debe lavar el cerebro al ciudadano con mensajes mediáticos y poniéndole por medio a unos tontos útiles llamados políticos para que los despellejen en las tertulias, mientras ellos están agazapados en sus despachos, oliendo su propio hedor de putrefactos.

 

Así, colocan el precio que les sale de los cataplines al suelo y encarecen las viviendas hasta extremos de auténtica medievalidad, cuando el señor feudal abusaba lo que le daba la gana de los súbditos, a los que les hacen la vida imposible negándoles de hecho la posibilidad de tener un lugar donde vivir y un alimento y un ocio para el alma y el cuerpo. Estos pútridos siguen su negocio en los bancos, engordan lo que han creado artificialmente y la gente se ha creído como idiota que suele ser o que se ve arrastrada a ser aun sabiendo que se está vendiendo al banco. Al final, la avaricia de los pútridos rompe el saco y el personal no tiene dinero para afrontar la trampa hipotecaria. Los bancos “sufren” o quiebran porque renegocian el dinero con el que la gente paga las hipotecas, las revenden o reinvierten y si el personal no paga ellos tampoco pueden pagar a los fondos con los que especulan. La banca, como ya no es nacional sino internacional, se mete en el negocio de las hipotecas de alto riesgo en los EEUU y comienza todo a caer en cadena. ¿Qué pasa entonces? Que llega papá Estado a darles liquidez para que no se dé, por ejemplo, un desastre como el crack del 29 o la reciente crisis argentina de los corralitos. El papá Estado llega con sus bancos centrales a sacarles las castañas del fuego a los jueguecitos de los putrefactos. Desde El País, Guillermo de la Dehesa, muy ufano él, se jacta de lo bien que funciona el sistema porque, según su análisis, este desembolso de dinero de los bancos centrales –dinero de todos- no va a repercutir en el ciudadano. Mera justificación del sistema, va uno al ABC o a Hispanidad y te dicen que el euríbor alcanza el 4,647 por ciento y que eso significa que los bancos trasladan buena parte de sus crisis a las familias.

 

Todo esto se proyecta con lenguaje no asequible a la gente, los medios (que suelen ser de los putrefactos) no escriben para la gente sino para los putrefactos y sus sacerdotes de mercado. A la hora de la verdad, es siempre el Estado el que debe limpiarles la mierda a estos niños que juegan sin control alguno con el fuego del mercado y con el dinero de los demás y con la seguridad de los demás y con el bienestar espiritual de la gran mayoría. Y eso porque, como dicen que han tenido iniciativas muy brillantes que generan muchos puestos de trabajo y mucha riqueza, es necesario que se lo perdonen todo y el Estado en realidad es un aval de su actividad y sus caprichos que carece de fuerza y de testículos para detenerles los pies. Eso ha pasado con Delphi, eso está pasando con la vivienda y las hipotecas, eso seguirá pasando porque no hay más oro que el que reluce. Oro del que cagó el moro, con perdón para los moros, sólo es un dicho popular de mi país para expresar que de un putrefacto sólo se puede esperar putrefacción.


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