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Fue en un pueblo de la comarca del Aljarafe de
Sevilla. Allí, en un chalet pasaba todos los veranos de mi niñez y adolescencia.
Yo era el pequeño entonces, en los años sesenta, al parecer felices; para mí
fueron muy felices, después comprendí que también para muchos españoles de SEAT
600 y horas extras, de familias numerosas, en un país alegre y confiado que se
desenvolvía mentalmente con dos o tres ideas simples, impulsadas por un
caudillo, mientras la vida real estaba fuera. Cuando el caudillo murió todo se
nos vino encima pero nos hemos adaptado muy bien y soy enemigo acérrimo de
establecer comparaciones con países europeos avanzados para ponernos a nosotros
mismos en mal lugar. Ahí tenemos a la democrática Inglaterra con su puritanismo,
su estatismo en las formas, su antieuropeísmo, su condición de submarino de los
EEUU y su repulsión por los homosexuales. Ahí tenemos a Francia con sus jaleos
de siempre pero al fin “fuese y no hubo nada”; ahí tenemos a Alemania, la eterna
perdedora, gringolandia en Europa, calvinista pero al mismo tiempo tirando poco
a poco por tierra el Estado de Bienestar que ella misma propulsó. Ahí tenemos a
los países nórdicos, con intensos tintes racistas, son cuatro gatos con inmensas
riquezas y aún no han logrado ni el pleno empleo.
En los sesenta España estaba alegre porque también
miles de españoles estaban tristes fuera, en la emigración, en Alemania,
Austria, Suiza, en Cataluña y País Vasco, y ellos, al igual que ahora los
inmigrantes de aquí, enviaban dinero a sus lugares de origen para que la pobreza
no se comiera a sus familiares. En los sesenta había satisfacción en una clase
media que crecía y que ha hecho posible la democracia actual (pensada para
descansar sobre el colchón de un segmento de población timorato) pero en las
cárceles se acumulaban los presos políticos y en el exilio lloraban, luchaban,
se lamentaban, se rebelaban, todo al mismo tiempo, políticos de valía,
intelectuales, creadores…
Todo lo anterior lo advertí después porque mis
veranos infantiles de los años sesenta eran plácidos, como mi vida en general, a
pesar de que proceda de inmigrantes que se vinieron desde el campo a la ciudad
pero tuve suerte y alguien de la familia a quien las cosas le fueron bien me
situó en aquella casa de campo. En aquella finquita a 15 kilómetros de Sevilla,
aprendí faenas agrícolas; era un pequeño terruño de unas tres hectáreas con
naranjos, limoneros, papas, tomates, berenjenas, calabazas, pepinos y algunos
árboles frutales. La persona que estaba encargada de labrar el campo me mostró
cómo se hacía. Me levantaba a las seis de la mañana para ayudarle y luego sobre
las diez desayunaba con él, estilo campero: sardinas, melón, aliño, cosas que
sobraron de la cena anterior. Después le echábamos de comer a los cochinos
porque de las gallinas y los conejos se encargaba su mujer. Observar cómo
devoran la comida los cochinos es apasionante y relajante, es increíble que se
lo coman todo y que siempre tengan hambre.
Tuve la suerte de contemplar en tiempo real –como
se diría ahora- a una gallina poniendo un huevo, me comía un huevo allí mismo,
en el gallinero, como me enseñó la señora que cuidaba de ellas: haciéndole un
pequeño orificio y chupando; pude comprobar con el alma decaída cómo se morían
los conejos poco a poco cuando entraba la mixomatosis que era casi todos los
años. Aún así, les cortaban las cabezas (que era donde se centraba la
enfermedad) y nos los comíamos a veces porque las más eran los perros y los
gatos quienes daban cuenta de ellos. Había que enterrarlos con algo más de
profundidad para que los perros no escarbaran y los sacaran de nuevo a la luz.
Me compraron una escopeta de plomillos para matar
pájaros. Mataba gorriones, verderones y jilgueros, todos ellos protegidos ahora.
Nunca olvidaré a aquellos que cuando caían heridos a tierra y yo los tomaba y
los ponía en la palma de mi mano aún agonizaban. Me quedaba mirándolos hasta que
morían después de haber abierto y cerrado el pico varias veces, como intentando
atrapar un poco de aire que les impidiera irse de este mundo. Me los comía, era
el mejor homenaje que les podía rendir.
En aquella casita de campo veraneaba también una
prima hermana, unos años mayor que yo, los suficientes para que ella fuera de la
generación Beatles y yo de la de Pink Floyd. Conocí la música de Pink Floyd años
después, entonces allí sonaban The Beatles, entre otros muchos, en aquellos
tocadiscos o picús junto a la piscina. Los amigos de mi prima bailaban y
calzaban mocasines blancos e imitaban al Dúo Dinámico porque eso de llevar los
pelos largos no estaba bien visto. Recuerdo lo de los mocasines porque yo estaba
tirado en el suelo mirando los discos y ellos bailaban a mi lado: Elvis, Gelu,
Mina, François Hardy, Pekenikes, Relámpagos y por supuesto el Dúo Dinámico, con
aquellos discos single y EPs de vinilo en colores. Recuerdo la portada de
Qué noche la de aquel día, de The Beatles, o la del Sargento Pimienta y su
Banda de los Corazones Solitarios. ¡Qué hermoso fue todo aquello, Dios mío!
Fui creciendo, me comprometí con mi tiempo,
escribí poemas y canciones y un día de comienzos de los setenta llegó un disco
extrañísimo a manos de un amigo. Nos reunimos en su casa a escucharlo. Eran las
campanas tubulares de Mike Oldfield, que habían estado guardadas meses en los
archivos de la casa discográfica Virgin. Aquello era otra cosa, al principio no
me gustó, me pareció que la melodía repetitiva era una excusa para irrumpir en
el brío final y eso era pero ahí estaba el mérito, en las pequeñas variaciones
que iban entrando paulatinamente. Ahí siguen esas campanas acompañándonos,
incluso como banda sonora de El Exorcista, una de las escasísimas
películas “de miedo” que me han inquietado algo.
Los años han pasado, aquella casita de campo sigue
ahí pero sola, desamparada, sin esplendor, sin ilusiones. He tenido dos hijas y
la mayor me preguntó un día, cuando tenía unos 13 años (ahora tiene 22), si
tenía música de The Beatles. Le dije que algo había. No eran los discos
aquellos, eran otros que ya me compré yo pero cuando no existía el cuarteto de
Liverpool. Y ha sido mi hija quien me ha enseñado un aspecto maravilloso que me
perdí en aquellos veranos de los sesenta: que esos cuatro tíos tenían magia de
verdad, que me han despertado de múltiples estados de ánimo bajos o por los
suelos. Ya sólo quedan Ringo y Paul. “Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es
pasar haciendo caminos sobre la mar”, escribió mucho antes de aquellos sesenta
don Antonio Machado. En ello estamos, don Antonio, pero no es fácil, como bien
sabe usted.
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