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 CONTRACORRIENTE

Una de nostalgia estival

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Fue en un pueblo de la comarca del Aljarafe de Sevilla. Allí, en un chalet pasaba todos los veranos de mi niñez y adolescencia. Yo era el pequeño entonces, en los años sesenta, al parecer felices; para mí fueron muy felices, después comprendí que también para muchos españoles de SEAT 600 y horas extras, de familias numerosas, en un país alegre y confiado que se desenvolvía mentalmente con dos o tres ideas simples, impulsadas por un caudillo, mientras la vida real estaba fuera. Cuando el caudillo murió todo se nos vino encima pero nos hemos adaptado muy bien y soy enemigo acérrimo de establecer comparaciones con países europeos avanzados para ponernos a nosotros mismos en mal lugar. Ahí tenemos a la democrática Inglaterra con su puritanismo, su estatismo en las formas, su antieuropeísmo, su condición de submarino de los EEUU y su repulsión por los homosexuales. Ahí tenemos a Francia con sus jaleos de siempre pero al fin “fuese y no hubo nada”; ahí tenemos a Alemania, la eterna perdedora, gringolandia en Europa, calvinista pero al mismo tiempo tirando poco a poco por tierra el Estado de Bienestar que ella misma propulsó. Ahí tenemos a los países nórdicos, con intensos tintes racistas, son cuatro gatos con inmensas riquezas y aún no han logrado ni el pleno empleo.

 

En los sesenta España estaba alegre porque también miles de españoles estaban tristes fuera, en la emigración, en Alemania, Austria, Suiza, en Cataluña y País Vasco, y ellos, al igual que ahora los inmigrantes de aquí, enviaban dinero a sus lugares de origen para que la pobreza no se comiera a sus familiares. En los sesenta había satisfacción en una clase media que crecía y que ha hecho posible la democracia actual (pensada para descansar sobre el colchón de un segmento de población timorato) pero en las cárceles se acumulaban los presos políticos y en el exilio lloraban, luchaban, se lamentaban, se rebelaban, todo al mismo tiempo, políticos de valía, intelectuales, creadores…

 

Todo lo anterior lo advertí después porque mis veranos infantiles de los años sesenta eran plácidos, como mi vida en general, a pesar de que proceda de inmigrantes que se vinieron desde el campo a la ciudad pero tuve suerte y alguien de la familia a quien las cosas le fueron bien me situó en aquella casa de campo. En aquella finquita a 15 kilómetros de Sevilla, aprendí faenas agrícolas; era un pequeño terruño de unas tres hectáreas con naranjos, limoneros, papas, tomates, berenjenas, calabazas, pepinos y algunos árboles frutales. La persona que estaba encargada de labrar el campo me mostró cómo se hacía. Me levantaba a las seis de la mañana para ayudarle y luego sobre las diez desayunaba con él, estilo campero: sardinas, melón, aliño, cosas que sobraron de la cena anterior. Después le echábamos de comer a los cochinos porque de las gallinas y los conejos se encargaba su mujer. Observar cómo devoran la comida los cochinos es apasionante y relajante, es increíble que se lo coman todo y que siempre tengan hambre.

 

Tuve la suerte de contemplar en tiempo real –como se diría ahora- a una gallina poniendo un huevo, me comía un huevo allí mismo, en el gallinero, como me enseñó la señora que cuidaba de ellas: haciéndole un pequeño orificio y chupando; pude comprobar con el alma decaída cómo se morían los conejos poco a poco cuando entraba la mixomatosis que era casi todos los años. Aún así, les cortaban las cabezas (que era donde se centraba la enfermedad) y nos los comíamos a veces porque las más eran los perros y los gatos quienes daban cuenta de ellos. Había que enterrarlos con algo más de profundidad para que los perros no escarbaran y los sacaran de nuevo a la luz.

 

Me compraron una escopeta de plomillos para matar pájaros. Mataba gorriones, verderones y jilgueros, todos ellos protegidos ahora. Nunca olvidaré a aquellos que cuando caían heridos a tierra y yo los tomaba y los ponía en la palma de mi mano aún agonizaban. Me quedaba mirándolos hasta que morían después de haber abierto y cerrado el pico varias veces, como intentando atrapar un poco de aire que les impidiera irse de este mundo. Me los comía, era el mejor homenaje que les podía rendir.

 

En aquella casita de campo veraneaba también una prima hermana, unos años mayor que yo, los suficientes para que ella fuera de la generación Beatles y yo de la de Pink Floyd. Conocí la música de Pink Floyd años después, entonces allí sonaban The Beatles, entre otros muchos, en aquellos tocadiscos o picús junto a la piscina. Los amigos de mi prima bailaban y calzaban mocasines blancos e imitaban al Dúo Dinámico porque eso de llevar los pelos largos no estaba bien visto. Recuerdo lo de los mocasines porque yo estaba tirado en el suelo mirando los discos y ellos bailaban a mi lado: Elvis, Gelu, Mina, François Hardy, Pekenikes, Relámpagos y por supuesto el Dúo Dinámico, con aquellos discos single  y EPs de vinilo en colores. Recuerdo la portada de Qué noche la de aquel día, de The Beatles, o la del Sargento Pimienta y su Banda de los Corazones Solitarios. ¡Qué hermoso fue todo aquello, Dios mío!

 

Fui creciendo, me comprometí con mi tiempo, escribí poemas y canciones y un día de comienzos de los setenta llegó un disco extrañísimo a manos de un amigo. Nos reunimos en su casa a escucharlo. Eran las campanas tubulares de Mike Oldfield, que habían estado guardadas meses en los archivos de la casa discográfica Virgin. Aquello era otra cosa, al principio no me gustó, me pareció que la melodía repetitiva era una excusa para irrumpir en el brío final y eso era pero ahí estaba el mérito, en las pequeñas variaciones que iban entrando paulatinamente. Ahí siguen esas campanas acompañándonos, incluso como banda sonora de El Exorcista, una de las escasísimas películas “de miedo” que me han inquietado algo.

 

Los años han pasado, aquella casita de campo sigue ahí pero sola, desamparada, sin esplendor, sin ilusiones. He tenido dos hijas y la mayor me preguntó un día, cuando tenía unos 13 años (ahora tiene 22), si tenía música de The Beatles. Le dije que algo había. No eran los discos aquellos, eran otros que ya me compré yo pero cuando no existía el cuarteto de Liverpool. Y ha sido mi hija quien me ha enseñado un aspecto maravilloso que me perdí en aquellos veranos de los sesenta: que esos cuatro tíos tenían magia de verdad, que me han despertado de múltiples estados de ánimo bajos o por los suelos. Ya sólo quedan Ringo y Paul. “Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar haciendo caminos sobre la mar”, escribió mucho antes de aquellos sesenta don Antonio Machado. En ello estamos, don Antonio, pero no es fácil, como bien sabe usted. 


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