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 CONTRACORRIENTE

Lavar los cerebros

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

La Guerra Civil de 1936 tuvo que ser terrible, no me cansaré de decirlo. Comprendo el trauma de mis padres, a quienes les tocó vivirla cuando eran pequeños: “Ramón, no te señales. Ramón, ¿qué necesidad tienes de hacer eso?”, me indicaban una y otra vez en los años setenta. Era la España del silencio –y ya menos- donde la existencia iba por debajo. Tenía que irme a hacer vida clandestina, con la célula, primero de estudiantes y luego de periodistas del Partido (el único que daba el callo, junto con CCOO que no se llamaban así, claro) y no podía decir nada mis padres. Ellos lo intuían. Me iba por esos pueblos a leerle versos a los jornaleros, a veces de la mano del cura Diamantino, con la Guardia Civil vigilante, metida en la iglesia de Martín de la Jara (Sevilla), una iglesia abarrotada de gente, y mis padres quedaban medrosos. ¿Valió la pena todo aquello a la vista de los resultados? Claro que sí, hicimos lo que teníamos que hacer y punto.  A mis padres les quitaron la niñez, la adolescencia y parte de la juventud, eso no hay que olvidarlo, yo lo recuerdo en su nombre y les digo a quienes provocaron la guerra que son los grandes putrefactos de España, que redujeron a este país a un campo de silencio, aislado del mundo, con Santiago y cierra España y Dios, Patria y Justicia.

 

Aún quedan los restos. Detrás de la Guerra Civil había miedo a la libertad y un deseo de conservar negocios y privilegios frente al comunismo, decían. Hasta Francia e Inglaterra tenían miedo. Ya no hay comunismo y el que queda está anémico, por el momento. Pero la ortodoxia sigue: la de la Iglesia, por ejemplo, la de los propagandistas de la monarquía. Hay que ver cómo se ponen por unos movimientos democráticos y legales. Unos porque el gobierno aprueba una materia para impartir en las escuelas que paga, con la legitimidad que le dan las urnas según el “juego democrático”. Otros porque un grupo de gente de IU dice hasta aquí hemos llegado, pensamos que un referéndum sobre el tipo de Estado es preciso. Si por ellos fuera, España sería un lugar sepultado bajo una eterna ola de calor, como esas hojas muertas que se pasan así las horas, quedas y quietas, cuando el calor arrasa. Y pasa una hora y otra y otra, y el viento no llega, ni la brisa, todo detenido, todo muerto.

 

¿Qué le va a pasar a la Iglesia católica porque se imparta esa asignatura sobre lo cívico, etcétera? Que puede perder aún más el negocio, el monopolio de lavar los cerebros y de pasar el cepillo para hacer la colecta. Y ya está bien de gastar dinero en pagar juicios que se pierden por acoso laboral o por pederastia. Dios mío, comprendo muy bien que esta gente apoyara a Franco en el glorioso alzamiento del 18 de julio, comprendo que lo llevara bajo palio y que le rezara en todas las misas. Lo volverían a hacer si pudieran, si la coyuntura fuera otra. Qué terrible aquella guerra que asesinó la niñez de mis padres, qué crueles aquellos adefesios que la impulsaron.

 

Releí este fin de semana El malestar en la cultura, de Freud (este puto ordenador cada vez que escribo Freud lo cambia por Freíd, qué se le puede pedir a Bill Gates si el mismo Freud ya se dio cuenta de lo patanes que eran los gringos). La religión, especialmente la católica, se basa en chuparle la materia gris a la gente para luego sacarle el dinero y anularla como persona. Se trata de un invento extraordinario: yo te digo lo que es bueno y lo que no lo es y tú, si infringes mis mandamientos, eres malvado, por tanto, has de purgar tus pecados y, sobre todo, tu complejo de culpa. Yo vivo de tu complejo de culpa, te creo la necesidad de tenerlo y te lo acreciento cuando no haces lo que yo te mando. De esta forma uno cada vez es menos de uno y más del otro que se convierte en la referencia a seguir. Te ha originado el problema y encima lo respetas y lo bendices. El cura en el pueblo sabe la vida y milagros de casi todos porque todos pasan por el confesionario pero los habitantes de ese pueblo o no saben o se callan lo que puedan saber del cura. He ahí su poder. El miedo es lo que permite a la religión no solamente existir sino hacer negocio. Monopoliza el mensaje y nos indica que fuera de eso todo es tiniebla y rechinar de dientes. A eso –y a otras cosas- se le llama adoctrinar o lavar el cerebro. Los obispos están furiosos y llaman a la desobediencia civil con una mano mientras que con la otra trincan el dinero público que sus clientes no quieren ni darles en la declaración de la renta. Y le mandan a decir a sus voceros que esa asignatura es como aquella Formación del Espíritu Nacional que se daba cuando Franco. Ellos, que tanto se pasearon con el Caudillo, saben que no es verdad, aquella asignatura la daba un falangista sin legitimidad que solía tener muy mala leche y más cerca de aquello está su adoctrinamiento que esta materia del PSOE.

 

¿El PSOE va a molestar mucho a la Iglesia? Pero si ni siquiera ha tenido lo que hay que tener para romper el Concordato y sólo le ha cambiado el nombre, poco más. Hasta la gente liberal de derechas debería sentir vergüenza de que a estas alturas la Iglesia se pavoneara tanto ante el poder electo. Para quien no lo haya podido vivir de cerca, ¿comprenden ustedes por qué por narices Hugo Chávez es un dictador o Evo Morales un líder cocalero, un indio que se pone un jersey horrible? Porque no dejan que estos impresentables mangoneen a sus anchas y les dicen que quien quiera religión que se la pague de su bolsillo. El Estado está obligado a instruir a los ciudadanos en la Historia de las Religiones, en el significado del sentimiento y de las emociones religiosas pero no puede ser cómplice de un lavado de cerebro colectivo.


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