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La Guerra Civil de 1936 tuvo que ser terrible, no
me cansaré de decirlo. Comprendo el trauma de mis padres, a quienes les tocó
vivirla cuando eran pequeños: “Ramón, no te señales. Ramón, ¿qué necesidad
tienes de hacer eso?”, me indicaban una y otra vez en los años setenta. Era la
España del silencio –y ya menos- donde la existencia iba por debajo. Tenía que
irme a hacer vida clandestina, con la célula, primero de estudiantes y luego de
periodistas del Partido (el único que daba el callo, junto con CCOO que no se
llamaban así, claro) y no podía decir nada mis padres. Ellos lo intuían. Me iba
por esos pueblos a leerle versos a los jornaleros, a veces de la mano del cura
Diamantino, con la Guardia Civil vigilante, metida en la iglesia de Martín de la
Jara (Sevilla), una iglesia abarrotada de gente, y mis padres quedaban medrosos.
¿Valió la pena todo aquello a la vista de los resultados? Claro que sí, hicimos
lo que teníamos que hacer y punto. A mis padres les quitaron la niñez, la
adolescencia y parte de la juventud, eso no hay que olvidarlo, yo lo recuerdo en
su nombre y les digo a quienes provocaron la guerra que son los grandes
putrefactos de España, que redujeron a este país a un campo de silencio, aislado
del mundo, con Santiago y cierra España y Dios, Patria y Justicia.
Aún quedan los restos. Detrás de la Guerra Civil
había miedo a la libertad y un deseo de conservar negocios y privilegios frente
al comunismo, decían. Hasta Francia e Inglaterra tenían miedo. Ya no hay
comunismo y el que queda está anémico, por el momento. Pero la ortodoxia sigue:
la de la Iglesia, por ejemplo, la de los propagandistas de la monarquía. Hay que
ver cómo se ponen por unos movimientos democráticos y legales. Unos porque el
gobierno aprueba una materia para impartir en las escuelas que paga, con la
legitimidad que le dan las urnas según el “juego democrático”. Otros porque un
grupo de gente de IU dice hasta aquí hemos llegado, pensamos que un referéndum
sobre el tipo de Estado es preciso. Si por ellos fuera, España sería un lugar
sepultado bajo una eterna ola de calor, como esas hojas muertas que se pasan así
las horas, quedas y quietas, cuando el calor arrasa. Y pasa una hora y otra y
otra, y el viento no llega, ni la brisa, todo detenido, todo muerto.
¿Qué le va a pasar a la Iglesia católica porque se
imparta esa asignatura sobre lo cívico, etcétera? Que puede perder aún más el
negocio, el monopolio de lavar los cerebros y de pasar el cepillo para hacer la
colecta. Y ya está bien de gastar dinero en pagar juicios que se pierden por
acoso laboral o por pederastia. Dios mío, comprendo muy bien que esta gente
apoyara a Franco en el glorioso alzamiento del 18 de julio, comprendo que lo
llevara bajo palio y que le rezara en todas las misas. Lo volverían a hacer si
pudieran, si la coyuntura fuera otra. Qué terrible aquella guerra que asesinó la
niñez de mis padres, qué crueles aquellos adefesios que la impulsaron.
Releí este fin de semana El malestar en la
cultura, de Freud (este puto ordenador cada vez que escribo Freud lo cambia
por Freíd, qué se le puede pedir a Bill Gates si el mismo Freud ya se dio cuenta
de lo patanes que eran los gringos). La religión, especialmente la católica, se
basa en chuparle la materia gris a la gente para luego sacarle el dinero y
anularla como persona. Se trata de un invento extraordinario: yo te digo lo que
es bueno y lo que no lo es y tú, si infringes mis mandamientos, eres malvado,
por tanto, has de purgar tus pecados y, sobre todo, tu complejo de culpa. Yo
vivo de tu complejo de culpa, te creo la necesidad de tenerlo y te lo acreciento
cuando no haces lo que yo te mando. De esta forma uno cada vez es menos de uno y
más del otro que se convierte en la referencia a seguir. Te ha originado el
problema y encima lo respetas y lo bendices. El cura en el pueblo sabe la vida y
milagros de casi todos porque todos pasan por el confesionario pero los
habitantes de ese pueblo o no saben o se callan lo que puedan saber del cura. He
ahí su poder. El miedo es lo que permite a la religión no solamente existir sino
hacer negocio. Monopoliza el mensaje y nos indica que fuera de eso todo es
tiniebla y rechinar de dientes. A eso –y a otras cosas- se le llama adoctrinar o
lavar el cerebro. Los obispos están furiosos y llaman a la desobediencia civil
con una mano mientras que con la otra trincan el dinero público que sus clientes
no quieren ni darles en la declaración de la renta. Y le mandan a decir a sus
voceros que esa asignatura es como aquella Formación del Espíritu Nacional que
se daba cuando Franco. Ellos, que tanto se pasearon con el Caudillo, saben que
no es verdad, aquella asignatura la daba un falangista sin legitimidad que solía
tener muy mala leche y más cerca de aquello está su adoctrinamiento que esta
materia del PSOE.
¿El PSOE va a molestar mucho a la Iglesia? Pero si
ni siquiera ha tenido lo que hay que tener para romper el Concordato y sólo le
ha cambiado el nombre, poco más. Hasta la gente liberal de derechas debería
sentir vergüenza de que a estas alturas la Iglesia se pavoneara tanto ante el
poder electo. Para quien no lo haya podido vivir de cerca, ¿comprenden ustedes
por qué por narices Hugo Chávez es un dictador o Evo Morales un líder cocalero,
un indio que se pone un jersey horrible? Porque no dejan que estos
impresentables mangoneen a sus anchas y les dicen que quien quiera religión que
se la pague de su bolsillo. El Estado está obligado a instruir a los ciudadanos
en la Historia de las Religiones, en el significado del sentimiento y de las
emociones religiosas pero no puede ser cómplice de un lavado de cerebro
colectivo.
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