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 CONTRACORRIENTE

Padres protectores, jóvenes aniñados

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

El curso universitario toca a su fin. Hace tiempo que colegios e institutos están de vacaciones. La universidad es otro tema, pueden terminar las clases pero la actividad sigue dentro hasta el 20 ó 21 de julio. Aún estamos dentro de esa dinámica de colocación de calificaciones, revisión de exámenes y relleno final de actas oficiales. Se detecta por ahí un dicho: “Quiero tener las vacaciones de un profesor, cobrar como un ministro y trabajar como un cura”. Supongo que lo habrá lanzado algún simple por la TV, al que le voy a aclarar una cosa. No sé en qué cuantía trabajará un cura ni me importa, no sé si el sueldo de un ministro es alto o no para su trabajo pero sí sé que en la universidad lo importante no son esas vacaciones enormes que se nos suponen sino la independencia. Seguramente el que ha inventado la frase no sabría trabajar en la universidad, donde nadie te dice lo que tienes que hacer de forma machacona (me refiero a los profesores), donde no hay un jefe que te acribille presionándote, sino que se administra a sí misma. Un profesor de universidad –consciente- sabe lo que tiene que hacer sin que nadie se lo ordene a diario y se regula en sus vacaciones. Además, es habitual que el periodo vacacional muchos lo aprovechen para estancias académicas en el extranjero porque saben que pueden descansar cuando se lo propongan. Por su parte, los profesores de primaria y secundaria tienen merecidísimas las vacaciones y aún son cortas: han de aguantar nueve meses a unos niños malcriados y a unos padres peores que los mismos niños porque son los que los malcrían.

 

En la universidad hay un fenómeno que va en alza. Los padres y las madres se presentan junto a los hijos en el despacho del profesor a revisar un examen que el niño ha suspendido. Y llaman por teléfono a los profesores para presionar, por ahora, que sepa, de forma educada. Esta semana un colega me ha dicho que el padre de una alumna –médico de profesión- lo había llamado ya cinco veces y le decía que le explicara dónde había fallado la niña. Oh, un médico pidiendo explicaciones cuando ellos ni siquiera se las suelen dar a sus pacientes y pecan de una falta de capacidad comunicacional asombrosa, suelen ser meros funcionarios que rellenan papeles de recetas y cada vez se levantan menos de su mesa para examinar un poco al cliente, ignorando así que las palabras de un médico son a veces mucho más efectivas que los medicamentos.

 

Me imagino que a la sexta llamada este colega enviará al carajo al médico, finamente en su caso porque yo lo haría con otras palabras –no soeces pero sí firmes- y a la segunda o tercera llamada. Una colega de la Universidad Carlos III, de Madrid, me contaba que se sentaron frente a ella dos mujeres en su despacho, en horario de revisión de exámenes. Una era la alumna suspendida y la otra la madre. Mi colega preguntó a la señora quién era. Y cuando se identificó la invitó a abandonar su despacho amablemente porque la revisión era con la hija. La señora se fue entre sonoras protestas. Aquí todo el mundo quiere saber mucho: el médico pretende que le explique un experto en comunicación dónde ha fallado su hija y la señora también. En los colegios e institutos, no pocos padres desean saber más que los maestros y profesores, sus niños siempre llevan la razón, no contrastan la información, cuando un niño se queja de un profesor, el padre o la madre van a reñirle al docente sin aplicarle la presunción de inocencia. Y en ocasiones ya se sabe que van a endosarle un mamporro.

 

El resultado de todo esto: unos niños chulos de mierda que en el fondo no tienen ni media bofetada no ya física sino vital porque se vienen abajo ante los primeros embates de la vida. El resultado: unos profesores –de primaria y secundaria- que cada vez “pasan” más de su trabajo aunque no deseo con ello disculpar a quienes se acomodan en sus poltronas de funcionarios y hacen dejación de sus funciones. El resultado es que el niño y el joven se envalentonan y se tornan más violentos porque falla el primer peldaño de la educación: el hogar, la endocultura, que dicen algunos antropólogos. No estamos formando personas maduras, al contrario, los jóvenes siguen siendo niños en el último año de la carrera; a mí, personalmente, me sobra alrededor de la mitad de los alumnos que tengo en clase, por falta de espíritu universitario. A la universidad no puede llegar el que quiere sino el que se lo merezca pero aquí ese criterio no vale, lo que vale es el populismo: todo el mundo para dentro y, ahora, alrededor del 22 por ciento de las cátedras deben ser cubiertas por mujeres y la Junta premiará (con más dinero) este aumento artificial de las cátedras femeninas y, además, la existencia de mujeres directoras de grupos de investigación.

 

Padres y madres bodoques, jóvenes que nunca dejan de ser niños y políticos incompetentes. La situación es muy grave, llámenme apocalíptico si lo desean pero la situación es muy grave, si pensamos en términos de formación para la vida y el conocimiento (no el conocimiento del que habla la Junta sino el conocimiento humanista e ilustrado). Acabo de escuchar en la SER a una periodista decir que en Andalucía los jóvenes entre 14 y 24 años dicen que leen unos quince libros al año. Enseguida sale la consejera de Cultura, Rosa Torres, para apuntarse el tanto, con la complicidad del medio, y declara: “Eso está muy bien porque les permite conocer mejor las nuevas tecnologías”. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Y si han leído quince novelas? Si los jóvenes leen en esas edades –que no es verdad- es porque incluyen en sus respuestas los textos que obligamos a leer los profesores. La periodista añade: “Después de ese segmento de edad, empieza un descenso del índice de lectura”. ¡Claro! Ya se acaban el colegio, el instituto y la universidad. Y también la lectura. ¿Qué clase de periodistas tenemos? ¿Qué clase de políticas y de políticos? Zapatero ha tenido que echar a dos ministras por incompetentes y aquí el consejero Vallejo, que tiene a su cargo a la universidad, es consejero de Innovación, Empleo y Desarrollo. Junto con eso de decirnos que nos dará más dinero si aumentamos las catedráticas y directoras de grupos de investigación –como si se pudiera hacer de la noche a la mañana-, añade que la pasta para proyectos de I+D va vinculada al apoyo de la universidad a las empresas. ¿Cómo vinculamos a las empresas a Leucipo, Virgilio, Horacio, el Arcipreste de Hita o Torrigiano? Las áreas de conocimiento de Humanidades y algunas de Ciencias Sociales ya pueden ir cerrando por ruina, quiebra y derribo. Eso lo hacen los “progresistas” que no son más que un grupo de iletrados sentados encima de una moqueta. ¿Cómo van a comportarse los padres y los niños con estos gestores de la señorita Pepis? Pobres jóvenes niños. Dentro de dos meses, cuando empiecen las matrículas en la universidad, los podrán ver ustedes acompañados de papá o mamá por si se lían con los papeles y se frustran o por si se pierden por los pasillos de las facultades. Que no se les olvide a los papás llevarse los pañales, no vaya a ser que el niño se mee o se defeque de miedo cuando vea los muros académicos.    


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