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El curso universitario toca a su fin. Hace tiempo
que colegios e institutos están de vacaciones. La universidad es otro tema,
pueden terminar las clases pero la actividad sigue dentro hasta el 20 ó 21 de
julio. Aún estamos dentro de esa dinámica de colocación de calificaciones,
revisión de exámenes y relleno final de actas oficiales. Se detecta por ahí un
dicho: “Quiero tener las vacaciones de un profesor, cobrar como un ministro y
trabajar como un cura”. Supongo que lo habrá lanzado algún simple por la TV, al
que le voy a aclarar una cosa. No sé en qué cuantía trabajará un cura ni me
importa, no sé si el sueldo de un ministro es alto o no para su trabajo pero sí
sé que en la universidad lo importante no son esas vacaciones enormes que se nos
suponen sino la independencia. Seguramente el que ha inventado la frase no
sabría trabajar en la universidad, donde nadie te dice lo que tienes que hacer
de forma machacona (me refiero a los profesores), donde no hay un jefe que te
acribille presionándote, sino que se administra a sí misma. Un profesor de
universidad –consciente- sabe lo que tiene que hacer sin que nadie se lo ordene
a diario y se regula en sus vacaciones. Además, es habitual que el periodo
vacacional muchos lo aprovechen para estancias académicas en el extranjero
porque saben que pueden descansar cuando se lo propongan. Por su parte, los
profesores de primaria y secundaria tienen merecidísimas las vacaciones y aún
son cortas: han de aguantar nueve meses a unos niños malcriados y a unos padres
peores que los mismos niños porque son los que los malcrían.
En la universidad hay un fenómeno que va en alza.
Los padres y las madres se presentan junto a los hijos en el despacho del
profesor a revisar un examen que el niño ha suspendido. Y llaman por teléfono a
los profesores para presionar, por ahora, que sepa, de forma educada. Esta
semana un colega me ha dicho que el padre de una alumna –médico de profesión- lo
había llamado ya cinco veces y le decía que le explicara dónde había fallado la
niña. Oh, un médico pidiendo explicaciones cuando ellos ni siquiera se las
suelen dar a sus pacientes y pecan de una falta de capacidad comunicacional
asombrosa, suelen ser meros funcionarios que rellenan papeles de recetas y cada
vez se levantan menos de su mesa para examinar un poco al cliente, ignorando así
que las palabras de un médico son a veces mucho más efectivas que los
medicamentos.
Me imagino que a la sexta llamada este colega
enviará al carajo al médico, finamente en su caso porque yo lo haría con otras
palabras –no soeces pero sí firmes- y a la segunda o tercera llamada. Una colega
de la Universidad Carlos III, de Madrid, me contaba que se sentaron frente a
ella dos mujeres en su despacho, en horario de revisión de exámenes. Una era la
alumna suspendida y la otra la madre. Mi colega preguntó a la señora quién era.
Y cuando se identificó la invitó a abandonar su despacho amablemente porque la
revisión era con la hija. La señora se fue entre sonoras protestas. Aquí todo el
mundo quiere saber mucho: el médico pretende que le explique un experto en
comunicación dónde ha fallado su hija y la señora también. En los colegios e
institutos, no pocos padres desean saber más que los maestros y profesores, sus
niños siempre llevan la razón, no contrastan la información, cuando un niño se
queja de un profesor, el padre o la madre van a reñirle al docente sin aplicarle
la presunción de inocencia. Y en ocasiones ya se sabe que van a endosarle un
mamporro.
El resultado de todo esto: unos niños chulos de
mierda que en el fondo no tienen ni media bofetada no ya física sino vital
porque se vienen abajo ante los primeros embates de la vida. El resultado: unos
profesores –de primaria y secundaria- que cada vez “pasan” más de su trabajo
aunque no deseo con ello disculpar a quienes se acomodan en sus poltronas de
funcionarios y hacen dejación de sus funciones. El resultado es que el niño y el
joven se envalentonan y se tornan más violentos porque falla el primer peldaño
de la educación: el hogar, la endocultura, que dicen algunos antropólogos. No
estamos formando personas maduras, al contrario, los jóvenes siguen siendo niños
en el último año de la carrera; a mí, personalmente, me sobra alrededor de la
mitad de los alumnos que tengo en clase, por falta de espíritu universitario. A
la universidad no puede llegar el que quiere sino el que se lo merezca pero aquí
ese criterio no vale, lo que vale es el populismo: todo el mundo para dentro y,
ahora, alrededor del 22 por ciento de las cátedras deben ser cubiertas por
mujeres y la Junta premiará (con más dinero) este aumento artificial de las
cátedras femeninas y, además, la existencia de mujeres directoras de grupos de
investigación.
Padres y madres bodoques, jóvenes que nunca dejan
de ser niños y políticos incompetentes. La situación es muy grave, llámenme
apocalíptico si lo desean pero la situación es muy grave, si pensamos en
términos de formación para la vida y el conocimiento (no el conocimiento del que
habla la Junta sino el conocimiento humanista e ilustrado). Acabo de escuchar en
la SER a una periodista decir que en Andalucía los jóvenes entre 14 y 24 años
dicen que leen unos quince libros al año. Enseguida sale la consejera de
Cultura, Rosa Torres, para apuntarse el tanto, con la complicidad del medio, y
declara: “Eso está muy bien porque les permite conocer mejor las nuevas
tecnologías”. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Y si han leído quince
novelas? Si los jóvenes leen en esas edades –que no es verdad- es porque
incluyen en sus respuestas los textos que obligamos a leer los profesores. La
periodista añade: “Después de ese segmento de edad, empieza un descenso del
índice de lectura”. ¡Claro! Ya se acaban el colegio, el instituto y la
universidad. Y también la lectura. ¿Qué clase de periodistas tenemos? ¿Qué clase
de políticas y de políticos? Zapatero ha tenido que echar a dos ministras por
incompetentes y aquí el consejero Vallejo, que tiene a su cargo a la
universidad, es consejero de Innovación, Empleo y Desarrollo. Junto con eso de
decirnos que nos dará más dinero si aumentamos las catedráticas y directoras de
grupos de investigación –como si se pudiera hacer de la noche a la mañana-,
añade que la pasta para proyectos de I+D va vinculada al apoyo de la universidad
a las empresas. ¿Cómo vinculamos a las empresas a Leucipo, Virgilio, Horacio, el
Arcipreste de Hita o Torrigiano? Las áreas de conocimiento de Humanidades y
algunas de Ciencias Sociales ya pueden ir cerrando por ruina, quiebra y derribo.
Eso lo hacen los “progresistas” que no son más que un grupo de iletrados
sentados encima de una moqueta. ¿Cómo van a comportarse los padres y los niños
con estos gestores de la señorita Pepis? Pobres jóvenes niños. Dentro de dos
meses, cuando empiecen las matrículas en la universidad, los podrán ver ustedes
acompañados de papá o mamá por si se lían con los papeles y se frustran o por si
se pierden por los pasillos de las facultades. Que no se les olvide a los papás
llevarse los pañales, no vaya a ser que el niño se mee o se defeque de miedo
cuando vea los muros académicos.
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