
El director de este diario, en su felicitación
navideña, me nombra y me da las gracias por haberme “rebajado” a colaborar en
este diario a pesar de mi “caché”. Es verdad que he accedido de buena gana a
escribir en este medio de forma gratuita. Es verdad que mi curriculum es de
unas cien páginas, que he publicado mucho y que empecé a trabajar en 1975 en
el periodismo. Toda mi vida repartida entre el mundo del periodismo, la
cultura y la docencia universitaria, una vida de la que me siento orgulloso.
Cuando me encuentro a algún camarada o colega de la Transición que ve cómo
está el mundo, me dice que para qué cojones nos jugamos el pellejo con citas
clandestinas de madrugada, etc., etc. Yo le digo que se hizo lo que se tenía
que hacer; nos utilizaron para tumbar el franquismo pero nosotros nos dejamos
utilizar y también marcamos la pauta. Y lo que hay ahora, en gran medida, es
el típico orden desordenado de la economía de mercado, que se basa en
introducir en la gente la ilusión de que es libre y democrática. Es una
travesía del desierto más, un periodo histórico de encaje que desembocará en
un lavado total de cerebro o en una lenta revolución de las mentalidades que
convertirá al sistema en algo explícitamente inútil, un hecho del que aún no
son conscientes los públicos.
En este proceso, gente como yo ya no hace falta
o, como mucho, hace poca falta. De manera que este diario me otorga un favor
al acogerme en sus páginas y permitir que me desahogue en ellas, eso sí, de la
manera más rigurosa, sin rodeos, sin tirar la piedra y esconder la mano. El
empresario de prensa ya no existe. En el mundo de la comunicación y el
periodismo se mezcla de todo, por eso el periodista cada vez tiene menos
libertad de expresión y el periodismo llega a la patética situación de tratar
todos los días de cosas banales, hasta el punto de que es noticia de primera
que en verano haga calor y en invierno llegue el frío. Ni siquiera se le
incrustan enfoques originales a las noticias. Un informativo de radio son
palabras de supuesta actualidad mezcladas entre cuñas publicitarias que te
dicen quién patrocina la información, es decir, quién manda. El consorcio
aeronáutico EADS -que actúa en Cádiz y Sevilla- tiene intereses en el mundo de
la comunicación; uno de sus accionistas, Jean Luc Lagardère, es dueño, por
ejemplo, de las revistas Diez Minutos, Quo, Card and Driver, o de la editorial
Salvat y, a la vez, accionista minoritario de Renault.
En tal contexto este diario es una isla de
libertad…, todavía. Cuando, por fortuna para sus impulsores, empiece a tener
éxito, algo que anhelo sinceramente, puede que haya que comenzar a recoger
velas. La información que llegará hasta ustedes estará más mediatizada, esta
columna se tornará baja en calorías, habrá que mirar las cosas con lupa, sobre
todo lo que afecte a los poderosos. Hay que afirmarlo de una vez: donde hay
mercado neoliberal no existe libertad de expresión porque libertad de
expresión, como madre, no hay más que una, y consiste en que el periodista
trabaja e investiga, denuncia y publica a pesar de quien sea, aunque se trate
de un accionista de su propio medio. Aunque se trate de la Casa Real, el
Vaticano, el Ejército, la Banca o la Comunicación misma. Lo demás son
monsergas. Ya hace bastantes años que uno de los “sabios” que están asesorando
al ejecutivo de Rodríguez Zapatero en materia de televisión, el profesor
Enrique Bustamante, afirmó que, en contra de lo que se supone, cuantos mas
intereses y más fuerte sea un medio de comunicación más presiones recibe en su
libertad profesional. Y si eso le ocurre a los más fuertes figúrense a los
demás. Apenas hay medios fuera de los grandes grupos mediáticos. Por eso este
diario es un paraje de libertad, con su ilusión, con su pureza, con su
gallardía. Por eso hay que apoyarlo y, en mi caso, en lugar de quedarme quieto
como un funcionario gris con la vida resuelta, me coloco con sumo gusto ante
el ordenador y escribo, por si pudiera serle a alguien de alguna utilidad. El
reto que tiene ante sí es conservar su ética y su rebeldía en una sociedad que
ni es ética ni quiere a los rebeldes: prefiere a los dóciles mediocres. Que
sea la excepción a la regla.
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