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Enterramos al tío Antonio el domingo por la mañana
en su pueblo natal, Las Navas de la Concepción, en la sierra norte de Sevilla.
Le faltaban pocos años para llegar a los noventa. Aún siento el tacto del
féretro en mis manos. Lo llevé junto a mis primos, José Antonio y Manolo, a los
que hace mucho tiempo que no veía, sobre todo a Manolo: años y años sin hablar
con él.
El tío Antonio emigró a Barcelona con mi tía
Emilia, a la que dimos sepultura en el mismo cementerio hace quince años. Los
dos se fueron a morir al pueblo, como cerrando un círculo de sus vidas, unas
vidas reconstruidas con éxito pero con sudor, en Cataluña, con trabajo, con
mucho trabajo. En Cataluña quedaron sus nietos y hasta un hijo, otro primo mío
que murió joven. Mi segundo apellido es García, tres tierras de ricas culturas
se mezclan en mi nombre y en la sangre de mis venas: Andalucía, Valencia y
Cataluña. No me siento de ningún lugar, no soy de nadie pero eso no me impide
preguntarme quién les robó a mi tío Antonio y a mi tía Emilia sus derechos a
ser, a desarrollarse como personas en su lugar de origen. Y no sólo a ellos: a
mis tíos Fernando y José, muertos ya también. Fernando está en el mismo lugar
que Emilia y Antonio.
El hecho de poder reconstruir una vida material no
borra el gran vacío de un alma incompleta que se vio obligada a tomar la maleta
y abandonar las raíces que tenía. La zona de la sierra norte de Sevilla donde
nacieron, fue zona de caza para señoritos y nobles, con inmensas extensiones sin
explotar. No hay indemnización alguna para las almas, que pueda hacer olvidar el
asesinato sin sangre –y con sangre- que algunos indeseables cometieron contra
miles de personas. Han existido y existen muchos tipos de terrorismo y éste es
uno de ellos pero ha estado ahí, impune, e impune sigue. No voy a borrar la
memoria histórica porque eso me lo dicen los que vencieron pero no convencieron.
Y me lo dicen sus hijos. No soy un revanchista pero las cosas son como son y del
pasado hay que aprender. Todo sistema de dominio se basa en dos palancas: hacer
a la gente que olvide la historia y robarle e impedirle desarrollar un método
para que entienda la vida.
Soy hijo de inmigrantes y me siento orgulloso de
ello, soy una excepción que confirma la regla: a la universidad solían llegar
los recomendados de clase medio alta (ahora eso ha bajado muchísimo, por
fortuna) pero yo me he colado en ella y he logrado mi libertad aunque deba
seguir luchando por una universidad a la altura de los tiempos, sin intrusos
profesionales. Debo resistir ante señores de buena cuna que cuando yo estaba en
el tajo del periodismo ellos se encontraban en París estudiando semiótica y
ahora pretenden formar a los periodistas del siglo XXI.
Mis raíces están en la tierra, en la emigración, y
eso me baja los humos aunque a veces tenga que sacar las uñas ante tanto
incompetente como me rodea. Mis raíces me hacen comprender a los que ahora
llegan a Andalucía y a otros lugares. Qué pronto se nos olvida de dónde
procedemos. El otro día, a una amiga mexicana con título universitario pero de
tez morena que iba en un autobús de Sevilla, le dijeron que la gente como ella
ha traído toda la mierda que nos rodea. Malditos ciudadanos acomodados, ellos
tenían que saber lo que es la necesidad de verse obligados a vivir y estudiar
lejos de casa. Mi amiga tiene dos hijos pequeños a los que cría con serenidad y
un marido ingeniero que desarrolla su tesis en España y luego se irá a Francia.
Y, miren por dónde, no están aquí ganándose el pan con el sudor de su frente
sino gracias a una beca del gobierno de México, de manera que son ellos quienes
nos dejan dinero a nosotros, no al revés. En cualquier caso, sería su dinero,
ganado con el esfuerzo de sus manos y de su mente.
Este mundo está lleno de inmundicia pero su origen
profundo está en nosotros mismos, no en el exterior, lo que pasa es que es más
fácil echarles la culpa a los de fuera, siempre a los demás, nosotros no somos
responsables de nada, somos el acomodado Occidente, la voz cantante, la cultura
dominante. Pero somos los que nos hemos metido en todas las culturas y, por lo
general, no para ayudarlas sino para esquilmarlas. Ahora, dado que sus países
están hechos unos zorros, vienen aquí no a que le regalemos nada sino a vender
su fuerza de trabajo, como hacen en los campos de Huelva marroquíes y eslavos
mientras los andaluces se arrascan la barriga gracias al dinero del Estado en
forma de subvenciones, subsidios, retiros anticipados o pensiones.
Lo mismo hizo en los años sesenta del pasado siglo
el tío Antonio: vender en Cataluña sus brazos, trabajar y adaptarse a una nueva
cultura, como deben hacer todos los inmigrantes. Ahora descansa en paz en el
cementerio de su pueblo lejano y cercano a la vez, el pueblo que lo acompañó
siempre, allí descansa el tío Antonio, con el alma sin terminar, con sus raíces
mancilladas.
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