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 CONTRACORRIENTE

Treinta años de votaciones

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Llevamos treinta años votando en régimen pluripartidista pero no treinta años de democracia, lo que pasa es que de alguna manera hay que entenderse y a esto que tenemos lo llaman democracia. No me arrepiento de lo que hice para contribuir a que mi país  llegara a la actual situación que arranca en 1977 con las elecciones generales en las que venció la UCD. Ya estaba en el mundo del periodismo, ya cubrí aquellas elecciones en una noche interminable –sin informática- donde los periodistas tratábamos de entender la tramposa Ley D’hont, pensada para el juego bipartidista que traslada a la política la visión simplista de la vida: el bien y el mal, Cenicienta y la madrastra, Jekill y Mister Hyde, moros y cristianos, Dios y Lucifer, Bin Laden y Bush… No me arrepiento porque peor era lo de Franco, aislados del mundo, aislados de la pasión de vivir a tope.

 

Pero Franco murió y los mismos que lo ayudaron en su cruenta guerra civil organizaron la Transición para que todo siguiera igual, de forma similar a lo que después se hizo en Chile con Pinochet. Los March, los Luca de Tena, la Iglesia, todos seguían y siguen ahí. En las misas del franquismo, el cura rezaba y decía, en el caso de Sevilla: “Te rogamos, Señor, por nuestro obispo José María [Bueno Monreal], por nuestro Caudillo Francisco”. Cuánta familiaridad, podían haber dicho por nuestro caudillo Paco o Curro pero eso no le hubiera gustado al Generalísimo, “por la gracia de Dios” porque el Generalísimo no fue sólo general sino generalísimo de todos los ejércitos, “por la gracia de Dios”. ¿Cómo nos vamos a callar esto? La memoria histórica está ahí, nos jodieron y perdimos la guerra pero, como decía Blas de Otero, “me queda la palabra” porque estábamos en el poder por voluntad de la gente y llegó un militar y lo llenó todo de sangre. No se trata de revancha, no se trata de provocar otra guerra, sino de poner las cosas en su sitio y eso es igual para las dos Españas, claro.

 

En 1977, y antes, Carrillo aceptó la Monarquía y la bandera bicolor, jodió a su partido, jodió a mucha gente ilusionada con una ruptura con el pasado. Las elecciones fueron en junio pero el PCE no fue legalizado hasta la Semana Santa inmediatamente anterior, es decir, partía con una gran desventaja. El PSOE ya estaba tolerado primero y legalizado después, por el régimen, por el poder estructural que se encontraba montando la farsa actual, ya había sido adiestrado y financiado por la socialdemocracia alemana, ya se había librado de Nicolás Redondo y había entronado a González. Los socialistas empezaron a decir aquello de que presumían de cien años de honradez y, alguien, con mala uva, completó la frase: “Cien años de honradez y cuarenta de vacaciones” porque durante el franquismo, el socialismo casi desapareció del mapa –y la UGT también- y luego irrumpieron en plan de tontos útiles, de mayordomos de los señores y el resto ya lo saben ustedes: se montó el jueguecito de hoy tú mañana yo, algo similar a lo de Cánovas-Sagasta. Muchos cuadros del PCE acabaron en el PSOE (“estoy harto de perder”, me dijo uno hace muchos años para justificar su cambio de chaqueta). El PCE acabó por avergonzarse de ser PCE y se autodenominó IU, dejando que por sus puertas entrara mucha gente sin formación. La izquierda tiene un grave problema: no sabe quién es y gran parte de sus militantes carecen de formación cultural, de lo contrario no se comprenden tantas pamplinas como las leyes de educación que han respaldado o las paridades mujeres-hombres porque sí, todo ello en el fondo por populismo, ignorancia, afán de voto y para que triunfe el mediocre en lugar de quien trabaja y se esfuerza.

 

Bueno, esto es lo que hay. Pero no es para sentirse orgullosos. Una democracia donde sus instituciones –partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, ONGs, etc.- dependen, fundamentalmente, del dinero del Estado y de la banca, donde la Iglesia no ha sido apartada del poder y de la caja pública. A mí no me gusta observar a la gente –al pueblo que elige “libremente”- alienado por el consumo, por la TV, por las deudas con los bancos, resignado, crispado, sin sumergirse en lecturas formativas, sin leer apenas prensa; no me gusta ver a los jóvenes incapaces de entender una interrelación de elementos, como les sucede a los gringos desde hace décadas; no me gusta verlos desanimados al final de una carrera universitaria, acojonados ante la vida, refugiándose en sus padres y en becas que en realidad –no pocas veces- son excusas para no afrontar la realidad de tener que luchar en el mercado de trabajo.

 

No me gusta comprobar que los universitarios se han ido aniñando con el paso de las promociones y hay que meterles miedo para que se callen en clase, como en el colegio. No me gusta constatar la existencia de unos padres hastiados de todo, incapaces de asumir la responsabilidad de educar, en lugar de fabricar débiles mentales y críos mimados que se derrumban ante el primer envite de la vida. No me gusta que el ciudadano votante deje a sus hijos a merced de nintendo, de la televisión o del ordenador. No me gusta verme a mí mismo en este estado de desencanto, aunque nunca estuve encantado por nada y no me van a tumbar así como así porque si antes hablaba mucho y bien de las masas populares ahora me interesan más las masas pectorales femeninas y la mirada de una mujer, por eso sí que estoy dispuesto a derrumbarme.

 

Este tipo de democracia se la puede ir metiendo por donde le quepa el presidente del gobierno, el jefe del Estado, la Iglesia y todos los poderes que han contribuido a formarla. Antes, la gente decía que no había hecho una guerra civil para lo que estaba viendo. Tampoco yo me la jugué en la Transición para que esto fuera así. Sabíamos, desde la clandestinidad, que tras Franco vendría una “democracia formal” de tipo mercantil pero ignorábamos que con el hundimiento del muro de Berlín y de la URSS ciertos señores iban a decir que se pasaban toda responsabilidad social por la entrepierna con tal de vender sus pútridos cacharros, sea en forma de productos tangibles o en forma de mensajes mediáticos. Los mercaderes nos han demostrado que también ellos eran unos niños que no saben comportarse sin el equilibrio del terror, sin que los misiles SS-20 soviéticos les estuvieran apuntando. Lo malo es que a los SS-20 el tiro les salió por la culata y cien años después de la revolución bolchevique no son más que un amargo recuerdo. Menos mal que nos quedan los recitales de la Pantoja y las peroratas de Iñaqui Gabilondo, el rap y sobre todo, The Beatles y Pink Floyd.


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