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Llevamos
treinta años votando en régimen pluripartidista pero no treinta años de
democracia, lo que pasa es que de alguna manera hay que entenderse y a esto que
tenemos lo llaman democracia. No me arrepiento de lo que hice para contribuir a
que mi país llegara a la actual situación que arranca en 1977 con las
elecciones generales en las que venció la UCD. Ya estaba en el mundo del
periodismo, ya cubrí aquellas elecciones en una noche interminable –sin
informática- donde los periodistas tratábamos de entender la tramposa Ley
D’hont, pensada para el juego bipartidista que traslada a la política la visión
simplista de la vida: el bien y el mal, Cenicienta y la madrastra, Jekill y
Mister Hyde, moros y cristianos, Dios y Lucifer, Bin Laden y Bush… No me
arrepiento porque peor era lo de Franco, aislados del mundo, aislados de la
pasión de vivir a tope.
Pero Franco
murió y los mismos que lo ayudaron en su cruenta guerra civil organizaron la
Transición para que todo siguiera igual, de forma similar a lo que después se
hizo en Chile con Pinochet. Los March, los Luca de Tena, la Iglesia, todos
seguían y siguen ahí. En las misas del franquismo, el cura rezaba y decía, en el
caso de Sevilla: “Te rogamos, Señor, por nuestro obispo José María [Bueno
Monreal], por nuestro Caudillo Francisco”. Cuánta familiaridad, podían haber
dicho por nuestro caudillo Paco o Curro pero eso no le hubiera gustado al
Generalísimo, “por la gracia de Dios” porque el Generalísimo no fue sólo general
sino generalísimo de todos los ejércitos, “por la gracia de Dios”. ¿Cómo nos
vamos a callar esto? La memoria histórica está ahí, nos jodieron y perdimos la
guerra pero, como decía Blas de Otero, “me queda la palabra” porque estábamos en
el poder por voluntad de la gente y llegó un militar y lo llenó todo de sangre.
No se trata de revancha, no se trata de provocar otra guerra, sino de poner las
cosas en su sitio y eso es igual para las dos Españas, claro.
En 1977, y
antes, Carrillo aceptó la Monarquía y la bandera bicolor, jodió a su partido,
jodió a mucha gente ilusionada con una ruptura con el pasado. Las elecciones
fueron en junio pero el PCE no fue legalizado hasta la Semana Santa
inmediatamente anterior, es decir, partía con una gran desventaja. El PSOE ya
estaba tolerado primero y legalizado después, por el régimen, por el poder
estructural que se encontraba montando la farsa actual, ya había sido adiestrado
y financiado por la socialdemocracia alemana, ya se había librado de Nicolás
Redondo y había entronado a González. Los socialistas empezaron a decir aquello
de que presumían de cien años de honradez y, alguien, con mala uva, completó la
frase: “Cien años de honradez y cuarenta de vacaciones” porque durante el
franquismo, el socialismo casi desapareció del mapa –y la UGT también- y luego
irrumpieron en plan de tontos útiles, de mayordomos de los señores y el resto ya
lo saben ustedes: se montó el jueguecito de hoy tú mañana yo, algo similar a lo
de Cánovas-Sagasta. Muchos cuadros del PCE acabaron en el PSOE (“estoy harto de
perder”, me dijo uno hace muchos años para justificar su cambio de chaqueta). El
PCE acabó por avergonzarse de ser PCE y se autodenominó IU, dejando que por sus
puertas entrara mucha gente sin formación. La izquierda tiene un grave problema:
no sabe quién es y gran parte de sus militantes carecen de formación cultural,
de lo contrario no se comprenden tantas pamplinas como las leyes de educación
que han respaldado o las paridades mujeres-hombres porque sí, todo ello en el
fondo por populismo, ignorancia, afán de voto y para que triunfe el mediocre en
lugar de quien trabaja y se esfuerza.
Bueno, esto
es lo que hay. Pero no es para sentirse orgullosos. Una democracia donde sus
instituciones –partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales,
ONGs, etc.- dependen, fundamentalmente, del dinero del Estado y de la banca,
donde la Iglesia no ha sido apartada del poder y de la caja pública. A mí no me
gusta observar a la gente –al pueblo que elige “libremente”- alienado por el
consumo, por la TV, por las deudas con los bancos, resignado, crispado, sin
sumergirse en lecturas formativas, sin leer apenas prensa; no me gusta ver a los
jóvenes incapaces de entender una interrelación de elementos, como les sucede a
los gringos desde hace décadas; no me gusta verlos desanimados al final de una
carrera universitaria, acojonados ante la vida, refugiándose en sus padres y en
becas que en realidad –no pocas veces- son excusas para no afrontar la realidad
de tener que luchar en el mercado de trabajo.
No me gusta
comprobar que los universitarios se han ido aniñando con el paso de las
promociones y hay que meterles miedo para que se callen en clase, como en el
colegio. No me gusta constatar la existencia de unos padres hastiados de todo,
incapaces de asumir la responsabilidad de educar, en lugar de fabricar débiles
mentales y críos mimados que se derrumban ante el primer envite de la vida. No
me gusta que el ciudadano votante deje a sus hijos a merced de nintendo, de la
televisión o del ordenador. No me gusta verme a mí mismo en este estado de
desencanto, aunque nunca estuve encantado por nada y no me van a tumbar así como
así porque si antes hablaba mucho y bien de las masas populares ahora me
interesan más las masas pectorales femeninas y la mirada de una mujer, por eso
sí que estoy dispuesto a derrumbarme.
Este tipo
de democracia se la puede ir metiendo por donde le quepa el presidente del
gobierno, el jefe del Estado, la Iglesia y todos los poderes que han contribuido
a formarla. Antes, la gente decía que no había hecho una guerra civil para lo
que estaba viendo. Tampoco yo me la jugué en la Transición para que esto fuera
así. Sabíamos, desde la clandestinidad, que tras Franco vendría una “democracia
formal” de tipo mercantil pero ignorábamos que con el hundimiento del muro de
Berlín y de la URSS ciertos señores iban a decir que se pasaban toda
responsabilidad social por la entrepierna con tal de vender sus pútridos
cacharros, sea en forma de productos tangibles o en forma de mensajes
mediáticos. Los mercaderes nos han demostrado que también ellos eran unos niños
que no saben comportarse sin el equilibrio del terror, sin que los misiles SS-20
soviéticos les estuvieran apuntando. Lo malo es que a los SS-20 el tiro les
salió por la culata y cien años después de la revolución bolchevique no son más
que un amargo recuerdo. Menos mal que nos quedan los recitales de la Pantoja y
las peroratas de Iñaqui Gabilondo, el rap y sobre todo, The Beatles y Pink Floyd.
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