|

Brota de vez en cuando la polémica sobre si hay
que revisar o no la fiesta de los toros. Me gusta el asunto así que me centraré
en él porque no quiero hablar de las elecciones que acaban de celebrarse. Sólo
diré una cosa: jamás había visto un grado tan alto de manipulación en los medios
de comunicación, sobre todo en los del grupo Prisa (El País y la SER) que son
los que presumen de independencia y progresismo pero las matan callando. Los
otros ya sé que son no sólo manipuladores sino retrógrados y quintacolumnistas
del imperio. Qué asco, que auténtico y verdadero asco da todo esto.
La fiesta de los toros hay que conservarla y, no
sólo eso, sino que hay que impulsarla más. Boadella le dijo en un artículo muy
certero a la ministra Narbona (una persona más ambiciosa que ministra) que si no
le gustaba la supuesta tortura de los toros tampoco debería gustarle el tormento
de los pescados cuando los sacan del mar y se asfixian lentamente en la cubierta
de un barco, ni tampoco le tendría que gustar que se exhibieran las langostas en
los restaurantes de lujo, allí, vivas, en cautividad, atadas por las pinzas,
para, cuando a alguien se le apeteciera, sacarlas de la urna y meterlas a cocer
directamente. Por razones de coherencia, habría que prohibir las corridas de
toros, la pesca y el engullido de marisco.
Dicen que el fundador del partido comunista de
España, el sevillano y panadero Pepe Díaz, era un apasionado de las corridas de
toros. En cierta ocasión, un correligionario le dijo algo así: “Camarada Pepe
Díaz, cuando el partido llegue al poder y prohíba las corridas de toros, ¿qué
vas a hacer?”. Y Pepe Díaz respondió: “Acatar la decisión y luego irme a la
Puerta del Príncipe de la Maestranza a hartarme de llorar”. Más tarde, ya
estando Díaz en el exilio soviético, parece que comentaba a menudo su nostalgia
por la llamada fiesta nacional.
Los comunistas querían prohibir la fiesta sobre
todo por la carga de señoritismo que tenía y todo lo que ello significaba, no
tanto por lo que sufre el toro. La gente sufre mucho para comprar un piso pero
no prohibimos que existan los promotores ni los corredores ni los constructores
ni los gobiernos títeres que lo permiten todo (es divertido y a la vez
lamentable escuchar a Zapatero y a Rajoy hablando de que van a lograr viviendas
dignas para todos: vosotros vais a lograr una papa frita con tomate, y ya es
mucho. No sois más que unos monigotes en manos de los que de verdad mandan, que
se lo digan a los de Delphi). Pero cuando los comunistas querían prohibir a los
astados no existía este cachondeo de especulación del que, por cierto, a veces
resulta que algunos comunistas son cómplices porque se ha llenado de mierda todo
tipo de alcalde y sigla: la pela es la pela. En América Latina pasa algo
parecido pero también con la droga. Y es que te dicen que con dos o tres
operaciones casi te arreglan la vida (y a veces te la solventan del todo) y es
fuerte la tentación. Hay quien piensa que vale la pena arriesgarse.
Como ahora ya empiezan a existir síntomas de que
los olivos, por ejemplo, se van a quedar sólo para adornar las rotondas con
objeto de que las futuras generaciones sepan lo que era un olivo, de ninguna
manera se pueden prohibir los toros porque donde hay toros hay árboles y hierba
y no hay adosados, que dan más miedo los adosados que los toros. Debemos dejar
que los cornúpetas corran y corran y vivan bien los días de su corta vida, igual
que hacemos con los cochinos de pata negra y de pata blanca. Parece que los
andares más elegantes son los de los cochinos de la sierra de Huelva y debe ser
verdad. Yo he visto caminando a una cerda por detrás y ese paso sobrio, esas
nalgas en movimiento, ese rabillo enredado y empinado, me convencen mucho más
que los pasos de las caquéxicas de las pasarelas que, para colmo, ni dan jamón
ni sirven para otra cosa que no sea estimular a consumir huesos para el puchero,
eso es lo que ellas precisan, por cierto: un puchero. Así que kilómetros y
kilómetros para los toros. No estaría de más que de vez en cuando encerráramos
en una dehesa a mil o dos mil especuladores para que hicieran ejercicio
corriendo delante de los toros y saltando tapias y alambradas para evitar la
cornada, de manera que les ocurriera como a aquél que se llamaba Juan Cojones,
lo iba acosando un toro, saltó una empalizada para huir y desde entonces se
llama Juan, simplemente. Las “cornás” que da la vida…
El toro, además, dicta una lección a los toreros y
al resto de los aficionados. El otro día vi que a uno le daban una vuelta al
ruedo –ya muerto- ante los ojos de su verdugo. Murió con dignidad y el vivo se
quedó vivo pero sin honor, con un par de narices, mirando, impotente, cómo lo
había vencido su contendiente después de morir. No puedo remediarlo, me pongo al
lado del débil (por eso no soy un hombre de provecho) y en este caso el toro es
el débil. Aún así, irrumpe en la plaza, se ve rodeado por miles de individuos de
otra especie, no ha visto nunca el escenario, no puede ni siquiera
familiarizarse con él -como hacen los futbolistas antes de un partido en campo
ajeno- pero no se arruga, levanta la cara y luego se lanza contra todo lo que se
mueva. Para batirlo tienen antes que quitarle unos litros de sangre a base de
puyazos y banderillas. El toro sigue adelante, siempre adelante y, cuando está
herido de muerte por un estoque asesino, agacha por fin la cabeza y camina
lentamente hacia el burladero. Allí se deja caer y muere poco a poco, con
dignidad, para ejemplo y humillación de todos los que observamos el espectáculo.
Cuántos de nosotros tenemos el valor de morir así, de combatir hasta la última
gota de sangre, si nos acojonamos con cualquier pamplina, si los telediarios van
a terminar por considerar que es noticia que un sujeto se rasgue la piel
cortando un pedazo de pan, si nos duele un poco la cabeza y nos metemos dos
paracetamol entre pecho y espalda, si muchos jóvenes se asustan ante cualquier
trabajo, si preferimos vivir del paro antes que doblarla y agarrar fresas. No,
por favor, que sigan los toros porque el toro nos recuerda cómo hay que vivir y
cómo hay que morir.
ARTÍCULOS ANTERIORES
-
Fin
de la mediocridad
-
Pasa
la vida
-
Síndrome
de Estocolmo
-
Penurias
-
Tertulianos
a medio pelo
-
Los
tranvías
-
Semana
trágica
-
Mujeres,
mujeres
-
Pasta
gansa
-
Explotadores,
masa, pueblo
-
Coherencias
incoherentes
-
Delphi
y la lógica aplastante
-
Aquellas
pequeñas cosas
-
De
amores y desamores
-
La
calentura
-
Los
guardias se sublevan
-
Qué
fisnos se han vuelto
-
Entregados
al poder
-
Amor,
caca y pasta
-
Navidades,
etcétera
-
Nacionalismos
y vascos
-
Cádiz indolente,
mundo indolente
-
Generación
botellón
-
Nombres para
pasatiempos
-
Ladrones
pardillos
-
Endogamias
-
Contrastes
-
El pescao,
vendío
-
“Lopera,
vete ya”
-
900 tomates
-
La
cortinilla
-
Quiero
y requiero
-
Asco
de periodismo
-
Cerocahui
-
Nacionalismos
-
¿Matará
Alatriste a Polanco?
-
El
código del código da Vinci
-
Nos
cortan las raíces
-
¡No
le dejan a uno!
-
¡Qué
veranito!
-
Morir
es el progreso
-
Cuando
calienta el sol
-
Dejad
que el niño crezca libre
-
Santidades
-
Nuevos
muros
-
Trapitos
-
Ráscate,
muchacho
-
Okey,
makey
-
¿Para
qué escribir?
-
De
joven a niño
-
Pililas
y guerras
-
El
orden de ellos
-
¿Adiós
al conocimiento?
-
Cádiz,
la Pepa, y el PP
-
Memoria
histórica
-
Adiós,
1 de Mayo
-
Elogio
de las papas
-
Banqueros
-
Amo
a Los del Río
-
San
Juan Pablo II
-
La
náusea
-
Semana
Santa
-
Papanatismo
absoluto
-
¡Dichoso
oscar!
-
El
pelotazo
-
El
quintacolumnismo
-
¡Claro que no!
-
Submarinos
-
El
Carnaval
-
Religión
y doctrina
-
Referéndum
-
Tontaes
i mariconaes
-
Jerez y el andalucismo
-
Libertad
de expresión
-
¡Qué
políticos!
-
El
periodista digital
-
Ex
comunistas en el PP
-
Internacionalismo
-
Astilleros
y Europa
-
Deslocalizaciones
-
Curas y curas
-
Bush, Bum
|