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 CONTRACORRIENTE

Toros sí, gracias, muuuuh

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Brota de vez en cuando la polémica sobre si hay que revisar o no la fiesta de los toros. Me gusta el asunto así que me centraré en él porque no quiero hablar de las elecciones que acaban de celebrarse. Sólo diré una cosa: jamás había visto un grado tan alto de manipulación en los medios de comunicación, sobre todo en los del grupo Prisa (El País y la SER) que son los que presumen de independencia y progresismo pero las matan callando. Los otros ya sé que son no sólo manipuladores sino retrógrados y quintacolumnistas del imperio. Qué asco, que auténtico y verdadero asco da todo esto.

 

La fiesta de los toros hay que conservarla y, no sólo eso, sino que hay que impulsarla más. Boadella le dijo en un artículo muy certero a la ministra Narbona (una persona más ambiciosa que ministra) que si no le gustaba la supuesta tortura de los toros tampoco debería gustarle el tormento de los pescados cuando los sacan del mar y se asfixian lentamente en la cubierta de un barco, ni tampoco le tendría que gustar que se exhibieran las langostas en los restaurantes de lujo, allí, vivas, en cautividad, atadas por las pinzas, para, cuando a alguien se le apeteciera, sacarlas de la urna y meterlas a cocer directamente. Por razones de coherencia, habría que prohibir las corridas de toros, la pesca y el engullido de marisco.

 

Dicen que el fundador del partido comunista de España, el sevillano y panadero Pepe Díaz, era un apasionado de las corridas de toros. En cierta ocasión, un correligionario le dijo algo así: “Camarada Pepe Díaz, cuando el partido llegue al poder y prohíba las corridas de toros, ¿qué vas a hacer?”. Y Pepe Díaz respondió: “Acatar la decisión y luego irme a la Puerta del Príncipe de la Maestranza a hartarme de llorar”. Más tarde, ya estando Díaz en el exilio soviético, parece que comentaba a menudo su nostalgia por la llamada fiesta nacional.

 

Los comunistas querían prohibir la fiesta sobre todo por la carga de señoritismo que tenía y todo lo que ello significaba, no tanto por lo que sufre el toro. La gente sufre mucho para comprar un piso pero no prohibimos que existan los promotores ni los corredores ni los constructores ni los gobiernos títeres que lo permiten todo (es divertido y a la vez lamentable escuchar a Zapatero y a Rajoy hablando de que van a lograr viviendas dignas para todos: vosotros vais a lograr una papa frita con tomate, y ya es mucho. No sois más que unos monigotes en manos de los que de verdad mandan, que se lo digan a los de Delphi). Pero cuando los comunistas querían prohibir a los astados no existía este cachondeo de especulación del que, por cierto, a veces resulta que algunos comunistas son cómplices porque se ha llenado de mierda todo tipo de alcalde y sigla: la pela es la pela. En América Latina pasa algo parecido pero también con la droga. Y es que te dicen que con dos o tres operaciones casi te arreglan la vida (y a veces te la solventan del todo) y es fuerte la tentación. Hay quien piensa que vale la pena arriesgarse.

 

Como ahora ya empiezan a existir síntomas de que los olivos, por ejemplo, se van a quedar sólo para adornar las rotondas con objeto de que las futuras generaciones sepan lo que era un olivo, de ninguna manera se pueden prohibir los toros porque donde hay toros hay árboles y hierba y no hay adosados, que dan más miedo los adosados que los toros. Debemos dejar que los cornúpetas corran y corran y vivan bien los días de su corta vida, igual que hacemos con los cochinos de pata negra y de pata blanca. Parece que los andares más elegantes son los de los cochinos de la sierra de Huelva y debe ser verdad. Yo he visto caminando a una cerda por detrás y ese paso sobrio, esas nalgas en movimiento, ese rabillo enredado y empinado, me convencen mucho más que los pasos de las caquéxicas de las pasarelas que, para colmo, ni dan jamón ni sirven para otra cosa que no sea estimular a consumir huesos para el puchero, eso es lo que ellas precisan, por cierto: un puchero. Así que kilómetros y kilómetros para los toros. No estaría de más que de vez en cuando encerráramos en una dehesa a mil o dos mil especuladores para que hicieran ejercicio corriendo delante de los toros y saltando tapias y alambradas para evitar la cornada, de manera que les ocurriera como a aquél que se llamaba Juan Cojones, lo iba acosando un toro, saltó una empalizada para huir y desde entonces se llama Juan, simplemente. Las “cornás” que da la vida…

 

El toro, además, dicta una lección a los toreros y al resto de los aficionados. El otro día vi que a uno le daban una vuelta al ruedo –ya muerto- ante los ojos de su verdugo. Murió con dignidad y el vivo se quedó vivo pero sin honor, con un par de narices, mirando, impotente, cómo lo había vencido su contendiente después de morir. No puedo remediarlo, me pongo al lado del débil (por eso no soy un hombre de provecho) y en este caso el toro es el débil. Aún así, irrumpe en la plaza, se ve rodeado por miles de individuos de otra especie, no ha visto nunca el escenario, no puede ni siquiera familiarizarse con él -como hacen los futbolistas antes de un partido en campo ajeno- pero no se arruga, levanta la cara y luego se lanza contra todo lo que se mueva. Para batirlo tienen antes que quitarle unos litros de sangre a base de puyazos y banderillas. El toro sigue adelante, siempre adelante y, cuando está herido de muerte por un estoque asesino, agacha por fin la cabeza y camina lentamente hacia el burladero. Allí se deja caer y muere poco a poco, con dignidad, para ejemplo y humillación de todos los que observamos el espectáculo. Cuántos de nosotros tenemos el valor de morir así, de combatir hasta la última gota de sangre, si nos acojonamos con cualquier pamplina, si los telediarios van a terminar por considerar que es noticia que un sujeto se rasgue la piel cortando un pedazo de pan, si nos duele un poco la cabeza y nos metemos dos paracetamol entre pecho y espalda, si muchos jóvenes se asustan ante cualquier trabajo, si preferimos vivir del paro antes que doblarla y agarrar fresas. No, por favor, que sigan los toros porque el toro nos recuerda cómo hay que vivir y cómo hay que morir.


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