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Me parece que Sevilla está ya muy adelantada en su
salida de la mediocridad. Creo que al resto de Andalucía le interesará saber
esto de su capital, aunque ya sé que a la mayor parte de la comunidad autónoma
su capital no sólo se la trae al fresco sino que muestra un claro desdén hacia
ella, cuando no desprecio. Desde luego a mí eso no me preocupa, nunca he creído
en Andalucía ni me he sentido andaluz, sólo me siento europeo en su más amplia
acepción y por oposición a esa gente tan ligera de cascos y de gatillo que son
los gringos, es decir, esos hijos de Europa que nos salieron vendedores chulos y
horteros, generalmente considerados. Sí creo en una ciudad moderna y universal
donde se pueda pensar y actuar con libertad y en esto Sevilla ha avanzado
muchísimo. Me gusta vivir en un lugar así. Pero, desde luego, hace ya tiempo que
me di cuenta de que el andaluz ni es esa persona alegre de la que se habla ni
tampoco es tan servicial y tolerante como afirma el tópico. Existe aún –y en no
poca medida- un andaluz fatalista e indolente que, por fortuna, decae, pero
todavía da mucha guerra.
Quedan pues los restos del naufragio del antiguo
régimen, las típicas manifestaciones del miedo a la libertad y a la modernidad,
como esos movimientos que se oponen a la construcción del primer rascacielos de
la ciudad, con 180 metros de altitud –setenta u ochenta más que la Giralda-, o a
otros proyectos de arquitectura de vanguardia como el que ya está siendo una
realidad en el mismo centro de la ciudad, pero no hay problema: el tiempo va
contra estas personas, por desgracia para ellas, no tienen nada que hacer porque
el avance es inexorable. A mí incluso me gustaba más el proyecto de rascacielos
que se quedó fuera de la adjudicación definitiva, el más alto y más original y
estético de todos, con unos 240 metros. Ya puestos, que se vea bien. Sabemos de
sobra aquel deseo expresado por los canónigos de Sevilla antes de comenzar la
construcción de la catedral: “Hagamos una iglesia tal que los que vengan detrás
nos tengan por locos”. Y nació la catedral gótica más grande del mundo y el
tercer templo de la cristiandad en extensión, tras San Pedro de Roma y San Pablo
de Londres. Pues ahora no hubiera estado mal un buen rascacielos, de los dos o
tres más grandes de España, para que no nos vacilaran tanto los madrileños con
su rascacielos, tan alto. Hay gente que acude a una ciudad sólo para ver un
edificio, de manera que ha sido un error elegir la maqueta que se ha elegido:
hubiera quedado mejor la que representaba al más espigado y longo.
La Sevilla del sabor a Giralda, de placitas
coquetas, de rincones encantadores y esotéricos, del esplendor de la Semana
Santa y la Feria, ésa siempre quedará ahí. Pero ya toca el despegue definitivo,
ya toca salir del todo de la mediocridad, ya toca conectar con la Sevilla
universal de Blanco White, Reinoso, Pablo de Olavide, Manuel María del Mármol,
Bécquer, Antonio Machado, Luis Cernuda, Luis Gordillo, Paco Cortijo, Paco
Cuadrado, Antonio Pérez, Vittorio & Luchino y tantos otros. A Sevilla la guerra
civil la machacó literalmente. Poco después del alzamiento fascista, Sevilla ya
estaba en manos de los sublevados. Se ahogaron sus ilusiones, su inteligencia y
esa ciudad referente en el mundo murió del todo… O eso parecía. Quien sí murió
del todo fue el fascismo (aunque ahora se esconda en el PP y lo siento por ese
partido que no es capaz de librarse de él), llegó la autonomía, la capitalidad,
y la ciudad empezó su cambio, lentamente, eso sí, demasiado lentamente, pero en
ello sigue. La otra cara de la moneda ha sido la cantidad de vividores y de
mediocres que han venido a la ciudad a vivir del cuento, del poder político y el
clientelismo que ha creado el PSOE pero eso no fastidia el avance de un sector
de ciudadanos compuesto por socialistas, comunistas, empresarios, intelectuales
y creadores que han apostado por la Sevilla que mira a las grandes urbes y deja
el provincianismo a un lado.
La semana pasada, el Sevilla Fútbol Club logró por
segundo año consecutivo un título europeo. Emocionalmente, estoy más
identificado con el Betis pero me congratulo de la hazaña del Sevilla y no sólo
eso sino que espero que alcance el título de Liga y el de la Copa del Rey. Se
puede ser bético pero no gilipollas y antes que bético soy de Sevilla. Que el
Sevilla abrace copas europeas significa publicidad gratuita de la ciudad,
visitantes, dinero, universalidad, modernidad, acercarse a París o Nueva York.
Antes, los béticos y los sevillistas pugnaban por ver quién quedaba por encima
de quién en la tabla clasificatoria al final de la temporada; ahora se piensa en
títulos, en quién besará otro título, He aquí todo un síntoma de que la capital
de Andalucía (capital en todo, en lo político y en lo económico) avanza. El
fútbol es negocio, gente, movida, y lleva consigo unas sinergias turísticas
enormes. Esa Sevilla empieza a vivir al lado de la que soñaron los autores que
he citado antes, pronto penetrarán por la desembocadura del Guadalquivir, en
Cádiz, enormes barcos y grandes cruceros, aún de mayores envergaduras que los
que ya llegan al único puerto fluvial de nuestro país. En España hay dos
ciudades preferidas por los congresistas: Barcelona y Sevilla. Me alegra saber
que mi vida y mis ancestros están esparcidos por ambas.
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