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 CONTRACORRIENTE

Fin de la mediocridad

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Me parece que Sevilla está ya muy adelantada en su salida de la mediocridad. Creo que al resto de Andalucía le interesará saber esto de su capital, aunque ya sé que a la mayor parte de la comunidad autónoma su capital no sólo se la trae al fresco sino que muestra un claro desdén hacia ella, cuando no desprecio. Desde luego a mí eso no me preocupa, nunca he creído en Andalucía ni me he sentido andaluz, sólo me siento europeo en su más amplia acepción y por oposición a esa gente tan ligera de cascos y de gatillo que son los gringos, es decir, esos hijos de Europa que nos salieron vendedores chulos y horteros, generalmente considerados. Sí creo en una ciudad moderna y universal donde se pueda pensar y actuar con libertad y en esto Sevilla ha avanzado muchísimo. Me gusta vivir en un lugar así. Pero, desde luego, hace ya tiempo que me di cuenta de que el andaluz ni es esa persona alegre de la que se habla ni tampoco es tan servicial y tolerante como afirma el tópico. Existe aún –y en no poca medida- un andaluz fatalista e indolente que, por fortuna, decae, pero todavía da mucha guerra.

 

Quedan pues los restos del naufragio del antiguo régimen, las típicas manifestaciones del miedo a la libertad y a la modernidad, como esos movimientos que se oponen a la construcción del primer rascacielos de la ciudad, con 180 metros de altitud –setenta u ochenta más que la Giralda-, o a otros proyectos de arquitectura de vanguardia como el que ya está siendo una realidad en el mismo centro de la ciudad, pero no hay problema: el tiempo va contra estas personas, por desgracia para ellas, no tienen nada que hacer porque el avance es inexorable. A mí incluso me gustaba más el proyecto de rascacielos que se quedó fuera de la adjudicación definitiva, el más alto y más original y estético de todos, con unos 240 metros. Ya puestos, que se vea bien. Sabemos de sobra aquel deseo expresado por los canónigos de Sevilla antes de comenzar la construcción de la catedral: “Hagamos una iglesia tal que los que vengan detrás nos tengan por locos”. Y nació la catedral gótica más grande del mundo y el tercer templo de la cristiandad en extensión, tras San Pedro de Roma y San Pablo de Londres. Pues ahora no hubiera estado mal un buen rascacielos, de los dos o tres más grandes de España, para que no nos vacilaran tanto los madrileños con su rascacielos, tan alto. Hay gente que acude a una ciudad sólo para ver un edificio, de manera que ha sido un error elegir la maqueta que se ha elegido: hubiera quedado mejor la que representaba al más espigado y longo.

 

La Sevilla del sabor a Giralda, de placitas coquetas, de rincones encantadores y esotéricos, del esplendor de la Semana Santa y la Feria, ésa siempre quedará ahí. Pero ya toca el despegue definitivo, ya toca salir del todo de la mediocridad, ya toca conectar con la Sevilla universal de Blanco White, Reinoso, Pablo de Olavide, Manuel María del Mármol, Bécquer, Antonio Machado, Luis Cernuda, Luis Gordillo, Paco Cortijo, Paco Cuadrado, Antonio Pérez, Vittorio & Luchino y tantos otros. A Sevilla la guerra civil la machacó literalmente. Poco después del alzamiento fascista, Sevilla ya estaba en manos de los sublevados. Se ahogaron sus ilusiones, su inteligencia y esa ciudad referente en el mundo murió del todo… O eso parecía. Quien sí murió del todo fue el fascismo (aunque ahora se esconda en el PP y lo siento por ese partido que no es capaz de librarse de él), llegó la autonomía, la capitalidad, y la ciudad empezó su cambio, lentamente, eso sí, demasiado lentamente, pero en ello sigue. La otra cara de la moneda ha sido la cantidad de vividores y de mediocres que han venido a la ciudad a vivir del cuento, del poder político y el clientelismo que ha creado el PSOE pero eso no fastidia el avance de un sector de ciudadanos compuesto por socialistas, comunistas, empresarios, intelectuales y creadores que han apostado por la Sevilla que mira a las grandes urbes y deja el provincianismo a un lado.

 

La semana pasada, el Sevilla Fútbol Club logró por segundo año consecutivo un título europeo. Emocionalmente, estoy más identificado con el Betis pero me congratulo de la hazaña del Sevilla y no sólo eso sino que espero que alcance el título de Liga y el de la Copa del Rey. Se puede ser bético pero no gilipollas y antes que bético soy de Sevilla. Que el Sevilla abrace copas europeas significa publicidad gratuita de la ciudad, visitantes, dinero, universalidad, modernidad, acercarse a París o Nueva York. Antes, los béticos y los sevillistas pugnaban por ver quién quedaba por encima de quién en la tabla clasificatoria al final de la temporada; ahora se piensa en títulos, en quién besará otro título, He aquí todo un síntoma de que la capital de Andalucía (capital en todo, en lo político y en lo económico) avanza. El fútbol es negocio, gente, movida, y lleva consigo unas sinergias turísticas enormes. Esa Sevilla empieza a vivir al lado de la que soñaron los autores que he citado antes, pronto penetrarán por la desembocadura del Guadalquivir, en Cádiz, enormes barcos y grandes cruceros, aún de mayores envergaduras que los que ya llegan al único puerto fluvial de nuestro país. En España hay dos ciudades preferidas por los congresistas: Barcelona y Sevilla. Me alegra saber que mi vida y mis ancestros están esparcidos por ambas.


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