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La Asociación de Mujeres con Cáncer de Mama (AMAMA)
de Sevilla protagonizó la pasada semana una pasarela de ropa no sólo para
personas en su situación sino para todos los públicos. Fue en un coqueto salón
de actos de El Monte (ya Cajasol, tras su fusión con la Caja de Ahorros San
Fernando). Detrás estaba la firma Anita Care que colocó como fondo al desfile y
a sus estéticos tejidos una excelente música de los años cincuenta y sesenta. Y
allá estaban ellas, las mujeres de AMAMA Sevilla, que bajo las notas de Mamas
and the Papas, Petula Clark, Tom Jones o Moody Blues, lucieron prendas íntimas,
bikinis, bañadores, pareos, todo lo que se les pusiera a tiro. Sin complejos,
como unas Venus de Willendorf, o de Balzi Rossi, o como las señoras de Rubens o
de Botero, como modelos de Gauguin, por qué no. Si el bikini está asociado a
islas y bombas, estas mujeres son bombas capaces de acabar con todo lo que sea
abatimiento, desdén por la vida; son bombas nucleares que en lugar de destruir,
construyen, no esparcen uranio ni podredumbre, desparraman semillas en forma de
sonrisas sinceras y abiertas, miradas pícaras o gestos irónicos y divertidos; si
el bikini toma su nombre de una isla, ellas escenificaron la forma de no
aislarse nunca. ¿Qué es el cáncer? ¿Qué es la muerte? Circunstancias habituales
de la vida; fuera dramatismos, fuera tremendismos o indolencias: pasan las
mujeres de AMAMA. Pasa la Vida.
En las sillas del local habían colocado
documentación al uso, como un libro de la gran Cristina Hoyos, ¡Ánimo,
p’alante! llevaba por título. Y por subtítulo: Una mujer frente al cáncer
de mama. No, no era aquello un espectáculo sólo para mujeres que le habían
hecho o le estaban haciendo frente a la enfermedad, era para todos, en primer
lugar para la juventud, esa juventud abatida que calienta los asientos en los
institutos o en la universidad, esa gente llena de hormonas que no valora lo que
tiene porque no ha tenido que luchar por ello, que ha sido despojada de su
instinto cazador y la hemos convertido en vulgares villanos sin referentes ni
horizontes esenciales, sólo comerciales.
El espectáculo de resistencia guerrillera de la
AMAMA tenía más destinatarios: toda la sociedad, sobre todo la que está
pendiente de una arruguilla nueva o vive para su cuerpo, la sociedad occidental
alegre y confiada que cree que lo negativo, la adversidad, no va con ella. Las
mujeres de AMAMA no sólo superan eso sino que superan el paso del tiempo y el
paso de un tumor que las ha jodido y bien… O que las había jodido y ahora ha
dejado su espada de Damocles ahí, durante años, revisión tras revisión, siempre
la amenaza. Pero, ¿y qué? ¿No es una amenaza para todos levantarse cada día?
¿Salir a la calle? ¿Tener miles de millones de células, un corazón que bombea
sangre que a veces puede coagularse? Existir es una contingencia y como tal hay
que tomársela, existir encierra riesgo, lo demás es ser una piedra arrojada en
una vereda, ni siquiera es ser un vegetal porque el vegetal vive y permite vivir
a otros que no son vegetales. Existir es sufrir y gozar. Nietzsche no pensaba
apenas en la mujer cuando escribía sobre su superhombre pero decía: el
superhombre es tal porque es capaz de aguantar el mayor grado de sufrimiento.
El maestro Nietzsche no ha conocido a las mujeres
de AMAMA, estoy seguro de que las hubiera incluido en su obra o, al menos, lo
habrían desconcertado como le sucedió cuando fue consciente de que Lou Andreas
Salomé tenía rasgos de su superhombre. Sin embargo, allí, en el desfile, no vi
decenas y decenas de cámaras de televisión, fotógrafos, periodistas del corazón,
no vi duquesas ni famoseo alguno. Toda esa gente acude donde está el dinero, la
mentira, la superficialidad, la huida. ¿Qué tenía ante mis ojos? La sobriedad de
unos cuerpos valientes, ataviados con unos diseños equilibrados, serenos, unos
cuerpos llenos de cicatrices invisibles: por dentro y por fuera; tenía ante mí
una realidad vital desprovista de intereses, una realidad que va mucho más allá
del mercadeo porque el mercadeo no es más que falacia, apariencia y cuento de
hadas, hadas que se desmoronan con un leve soplido.
Las mujeres de AMAMA lloran cuando nadie las ve,
no lloran para ganar dinero en un show televisual; las mujeres de AMAMA
soportan dolores físicos y psíquicos en el silencio de sus hogares; las mujeres
de AMAMA se han sentido y se sienten mutiladas pero en realidad saben y han
aprendido que quien está mutilado es el mundo y que ellas se han reforzado por
dentro; su cerebro no sólo no está mutilado sino que ha aumentado en él la
capacidad de escuchar, de amar, de asimilar energía, como un árbol toma energía
del sol. Lo que estoy describiendo se llama líder en la vida ordinaria. Allí, en
el acto, en el coqueto salón de Cajasol, estaban unas improvisadas supermodelos:
Isabel, Esperanza, Nieves, Carmen, María Teresa, Juana. Casi nadie conoce sus
nombres, hoy la noticia es la muerte, no la vida, y estas mujeres están más
vivas que las aparentemente vitales mozas de las pasarelas, expertas en
caquexias y en abandonar su dignidad por un plato de trapitos.
Detrás de las supermodelos de AMAMA encontramos
historias por escribir, historias de utilidad social, para aprender a ser
fuertes, empezando por las llamadas feministas, porque hay mucho feminismo real
y no esnob en las mujeres de AMAMA. Si cada ser humano lleva consigo una
novela por elaborar, las mujeres de AMAMA encierran las que pueden ser más
apasionantes. A una de estas mujeres le ha coincido su enfermedad con crisis
personales y hallazgos emocionales y racionales de su marido. La conozco bien:
es esbelta y bonita. Su sonrisa abre el cielo. De la noche a la mañana, se ha
visto y sentido sin su apoyo más sustancial, teniendo que soportar su mal pero
sin descuidar a sus dos hijas y otros asuntos. Levantarse cada mañana para ella
era -y puede que siga siendo- una heroicidad: dolores en el cuerpo por el
tratamiento, estado de ánimo por los suelos... Y médicos y más médicos. Pero no
pasa nada, como en el título de la película, creo que de Bardem, Nunca pasa
nada, o sí, a un tiempo pasa todo y no pasa nada, pero ella mira adelante y,
de tanto mirar al horizonte, el paisaje más gris se va apagando. El marido se
acuerda a veces de la copla del poeta Juan Jiménez: “Mi vida es sólo un
renglón/con faltas de ortografía/por culpa del corazón”. Podemos aprender mucho
de estas mujeres anónimas. Yo estoy en deuda con ellas. Como apunta una canción
de Serrat: “Dios y mi canto saben a quien nombro tanto”.
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