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Esta semana, frente al televisor, he sido víctima
del síndrome de Estocolmo. Se cuenta que en 1973 una rehén terminó a besos con
un asaltante de un establecimiento en la mentada localidad. Se supone que la
rehén no era asaltante ni simpatizaba con los malos. Cuando uno es persuadido
por alguien que te tiene secuestrado, te dicen que el síndrome de Estocolmo te
invade. A mí me tenía absorbido el seso el televisor con lo del natalicio de la
segunda niña de la colega Letizia (coño, el programa éste del señor Gates
siempre me corrige la plana: escribo Letizia, con zeta, y él sólo corrige y
anota Leticia, con c; si no lo remediamos, con el tiempo, los gringos le
corregirán la plana, empezando por el nombre, a nuestra futura reina y
reportera).
La caja tonta me narraba de forma babosa y
vergonzante el nacimiento de Sofiíta. Luego llegó el padre, Don Felipe, con la
hermanita Leonor y ya es que me deshacía con los primeros pasos de la pequeña,
tan rubita. Estuve a punto de abrazarme al televisor lanzando vivas a la
monarquía. Luego llegó el Rey, con esa cara de buenazo, y más tarde la Reina,
que estaba en el sepelio de Rostropóvich, un violonchelista con rostro, sí
señor. Se puso a tocar el violonchelo cuando estaban tirando el muro de Berlín y
se metió en el bolsillo a todo el poder occidental, monarquías incluidas. Pero
no lo vi nunca al lado del muro que los israelitas han construido contra los
palestinos, ni junto a la alambrada que separa Melilla de los “moros”, ni en el
que separa México de los EEUU por indicación de los gringos. Qué listo era este
hombre, siempre al lado de los que tienen la pasta para tocarles el violonchelo
en vez de los cojones.
Pues de enterrar al listo venía la Reina que está
a menudo por ahí cuando hay cosa de médicos: el trabajo, claro. Servidor seguía
enternecido con aquello. Los colegas allí, horas y horas: que viene su alteza,
que viene otra alteza y otra y otra. Raúl del Pozo, desde el diario El Mundo,
decía que qué tipo de periodismo era ése, tan adulador. Se conoce que don Raúl
tuvo un ataque de rojerío, de cuando firmaba en Mundo Obrero, órgano
oficial del Partido Comunista de España, como Raúl Júcar, tal vez porque tenía
un pelín de reparo a mezclar su nombre mercantil con el subversivo. Me conozco
yo a más periodistas insignes que les ocurre lo mismo: en Mundo Obrero
firmaban con otro nombre y nunca escriben en sus curricula que fueron
asalariados del Partido Comunista. Me detuve de pronto y me dije: “Muchacho, que
tú siempre has sido republicano”. Menos mal que desperté del sueño porque ya
estaba a punto de ponerme una peluca como las de Luis XVI y presentarme en la
clínica Rúber con un paquete de pañales y un potito para la niña.
Ahora me pregunto: ¿podré escribir de esto? Porque
alguien puede pensar que me estoy metiendo con la Casa Real y acusarme de
injurias. No, por Dios, si hasta se me han olvidado los chistes que en la
Transición contábamos sobre la Monarquía. Aún así, sigo acongojado porque esta
semana la prensa del Vaticano ha sentenciado que el que diga cosas fuertes del
Papa hace terrorismo. ¿Qué es decir cosas fuertes del Papa? Por ejemplo, si digo
que el Papa lanza ventosidades, ¿eso es fuerte? El Rey y el Papa lanzan
ventosidades –supongo- pero eso no creo que sea fuerte, sino natural. Además, es
un descanso. Lo que pasa es que los reyes y los papas lo son por la gracia de
Dios y no está bien que proyecten aires fetales. Pero los proyectan. Qué frágil
es el ser humano: se le ve tan altivo con su cetro, su corona, su clámide, su
corbata de lujo, pero cuando uno se imagina a estos señores en calzoncillos la
cosa cambia. ¿Es esto desconsideración con la monarquía y con el papado? Es que
ya no sabe uno de qué escribir ni cómo.
Mis colegas se autocensuran mucho más de lo que lo
estoy haciendo yo ahora. Pero a cambio nos ofrecen un periodismo que no les
tiene que gustar en el fondo ni a los propios reyes. Yo si fuera rey no me
gustaría, pero sólo soy Reig y bastante desgracia tengo con que me hayan cerrado
la fábrica de puros de Andorra que llevaba mi apellido aunque no era mía, que yo
sepa. Si encima me encausan por escribir estas pamplinas a mi madre le da algo.
Siempre me dijo: “Hijo, tú no te señales”. Y eso tenía que hacer, dejarme llevar
por el síndrome de Estocolmo, tomarle cariño a quienes pretenden secuestrarme lo
único humano que me queda: la capacidad de ver más allá de la apariencia, la
capacidad de pensar. Pensar deja los pies fríos y la cabeza caliente, es como
una gripe. Como cada vez se practica menos, la gente está envejecida, la cabeza
está disminuyendo, al tiempo que aumentan los hombros, las espaldas, las caderas
y las tetas. Me parece que nos han secuestrado en este mundo alegre y confiado y
que estamos encariñados con nuestros captores. Un día irrumpirá un terremoto
amaremotado y nos cogerá a todos en paños menores y con la cabeza rapada. Como a
los rubios arios de Estocolmo.
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