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 CONTRACORRIENTE

Síndrome de Estocolmo

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Esta semana, frente al televisor, he sido víctima del síndrome de Estocolmo. Se cuenta que en 1973 una rehén terminó a besos con un asaltante de un establecimiento en la mentada localidad. Se supone que la rehén no era asaltante ni simpatizaba con los malos. Cuando uno es persuadido por alguien que te tiene secuestrado, te dicen que el síndrome de Estocolmo te invade. A mí me tenía absorbido el seso el televisor con lo del natalicio de la segunda niña de la colega Letizia (coño, el programa éste del señor Gates siempre me corrige la plana: escribo Letizia, con zeta, y él sólo corrige y anota Leticia, con c; si no lo remediamos, con el tiempo, los gringos le corregirán la plana, empezando por el nombre, a nuestra futura reina y reportera).

 

La caja tonta me narraba de forma babosa y vergonzante el nacimiento de Sofiíta. Luego llegó el padre, Don Felipe, con la hermanita Leonor y ya es que me deshacía con los primeros pasos de la pequeña, tan rubita. Estuve a punto de abrazarme al televisor lanzando vivas a la monarquía. Luego llegó el Rey, con esa cara de buenazo, y más tarde la Reina, que estaba en el sepelio de Rostropóvich, un violonchelista con rostro, sí señor. Se puso a tocar el violonchelo cuando estaban tirando el muro de Berlín y se metió en el bolsillo a todo el poder occidental, monarquías incluidas. Pero no lo vi nunca al lado del muro que los israelitas han construido contra los palestinos, ni junto a la alambrada que separa Melilla de los “moros”, ni en el que separa México de los EEUU por indicación de los gringos. Qué listo era este hombre, siempre al lado de los que tienen la pasta para tocarles el violonchelo en vez de los cojones.

 

Pues de enterrar al listo venía la Reina que está a menudo por ahí cuando hay cosa de médicos: el trabajo, claro. Servidor seguía enternecido con aquello. Los colegas allí, horas y horas: que viene su alteza, que viene otra alteza y otra y otra. Raúl del Pozo, desde el diario El Mundo, decía que qué tipo de periodismo era ése, tan adulador. Se conoce que don Raúl tuvo un ataque de rojerío, de cuando firmaba en Mundo Obrero, órgano oficial del Partido Comunista de España, como Raúl Júcar, tal vez porque tenía un pelín de reparo a mezclar su nombre mercantil con el subversivo. Me conozco yo a más periodistas insignes que les ocurre lo mismo: en Mundo Obrero firmaban con otro nombre y nunca escriben en sus curricula que fueron asalariados del Partido Comunista. Me detuve de pronto y me dije: “Muchacho, que tú siempre has sido republicano”. Menos mal que desperté del sueño porque ya estaba a punto de ponerme una peluca como las de Luis XVI y presentarme en la clínica Rúber con un paquete de pañales y un potito para la niña.

 

Ahora me pregunto: ¿podré escribir de esto? Porque alguien puede pensar que me estoy metiendo con la Casa Real y acusarme de injurias. No, por Dios, si hasta se me han olvidado los chistes que en la Transición contábamos sobre la Monarquía. Aún así, sigo acongojado porque esta semana la prensa del Vaticano ha sentenciado que el que diga cosas fuertes del Papa hace terrorismo. ¿Qué es decir cosas fuertes del Papa? Por ejemplo, si digo que el Papa lanza ventosidades, ¿eso es fuerte? El Rey y el Papa lanzan ventosidades –supongo- pero eso no creo que sea fuerte, sino natural. Además, es un descanso. Lo que pasa es que los reyes y los papas lo son por la gracia de Dios y no está bien que proyecten aires fetales. Pero los proyectan. Qué frágil es el ser humano: se le ve tan altivo con su cetro, su corona, su clámide, su corbata de lujo, pero cuando uno se imagina a estos señores en calzoncillos la cosa cambia. ¿Es esto desconsideración con la monarquía y con el papado? Es que ya no sabe uno de qué escribir ni cómo.

 

Mis colegas se autocensuran mucho más de lo que lo estoy haciendo yo ahora. Pero a cambio nos ofrecen un periodismo que no les tiene que gustar en el fondo ni a los propios reyes. Yo si fuera rey no me gustaría, pero sólo soy Reig y bastante desgracia tengo con que me hayan cerrado la fábrica de puros de Andorra que llevaba mi apellido aunque no era mía, que yo sepa. Si encima me encausan por escribir estas pamplinas a mi madre le da algo. Siempre me dijo: “Hijo, tú no te señales”. Y eso tenía que hacer, dejarme llevar por el síndrome de Estocolmo, tomarle cariño a quienes pretenden secuestrarme lo único humano que me queda: la capacidad de ver más allá de la apariencia, la capacidad de pensar. Pensar deja los pies fríos y la cabeza caliente, es como una gripe. Como cada vez se practica menos, la gente está envejecida, la cabeza está disminuyendo, al tiempo que aumentan los hombros, las espaldas, las caderas y las tetas. Me parece que nos han secuestrado en este mundo alegre y confiado y que estamos encariñados con  nuestros captores. Un día irrumpirá un terremoto amaremotado y nos cogerá a todos en paños menores y con la cabeza rapada. Como a los rubios arios de Estocolmo.


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