
¿De dónde han salido estos
políticos de ahora? Va ser verdad el aserto de Nietzsche: la política es una
profesión para mediocres. Hace años que llevo observando la degradación
intelectual de nuestros teóricos representantes (como otras degradaciones en
el terreno del cine o la poesía, por ejemplo) pero la evidencia llegó hace
unas semanas con la comparecencia de José María Aznar por el asunto de los
bombazos del 11 de marzo y, después, con la de Pilar Manjón. En el país de los
ciegos, el tuerto –Aznar- fue rey.
Desde luego lo que es a mí
este personal no me representa en absoluto. Planta sí que tienen, se nota que
los han aleccionado, más o menos, con algún principio de marketing
institucional y alguna diputada hace gala de valentía –en plan JASP, como si
estuviera actuando en Algunos hombres buenos- ante el macho que mandaba en el
país hace poco (y que aún manda desde la sombra porque aquí siguen los dos de
antes, Felipe y Aznar, entre bambalinas). Lo que sucede es que Hollywood rueda
sus películas para que hagamos catarsis, es decir, para que en ellas ocurra
todo lo contrario que en la vida. Lo del marketing no es aplicable a
Llamazares, un hombre bien intencionado pero patético al que harían bien en
darle puerta los de su partido (nunca mejor dicho porque cualquier parecido
con un entero, en el caso de IU, es mera coincidencia, y no es un partido por
cuestiones racionales sino porque no se sabe adónde va). ¿Qué dijo Llamazares
el otro día en el Congreso que no hubiera suscrito el representante del PSOE?
Nada. Pues, entonces, o sobra Llamazares o sobra IU.
En este caso sí que es
cierto que cualquier tiempo pasado (reciente) fue mejor. Objetivamente
hablando, los políticos que protagonizaron la Transición y legislaturas
posteriores no tienen nada que ver con estos (como regla general, claro). La
devaluación de las nuevas generaciones va pareja a la disminución de los
enfoques interpretativos del mundo y a la implantación del homo videns y de la
mera superficialidad. Los políticos españoles de hoy encajan muy bien con la
sociedad baja en calorías en la que vivimos, la sociedad del mínimo esfuerzo y
del culto al cuerpo, la sociedad del primo de Zumosol, del bífilus activo (que
nadie sabe qué puñetas es pero suena bien o han hecho que nos suene a algo
positivo), la sociedad de aprenda inglés en un mes o adelgace sin esfuerzo en
quince días. Y es una pena porque por mucho postmodernismo que nos metan entre
pecho y espalda hay una constante que no cambia nunca: si se desea lograr algo
valioso y de progreso, hay que currárselo a tope.
Un Aznar aparentemente
decaído, flaco y con canas en el bigote se sentó y aguantó toda la tormenta de
chorradas que le largaron. Se divertiría. Este hombre daba penita cuando era
el opositor a González (“váyase, señor González”, es lo que decía mejor, no
era difícil, por otra parte). Durante los debates sobre el estado de la
nación, cada uno, Felipe y Josemari, pronunciaban los discursos que les habían
preparado. Pero en estos lances, lo mejor siempre viene después, en el cuerpo
a cuerpo, y ahí sí que se veían las tablas de González y la inexperiencia de
Aznar. Pero Josemari aprendió pronto y bien. Los que intentaban acorralarlo el
otro día en el Congreso no tuvieron en cuenta que este hombre se curtió frente
a Felipe mientras ellos jugaban al progrerío barato o se hacían pasar por
políticos sin haber sudado bien la profesión. Y sin haberla sufrido lo
bastante. Porque los políticos de nuestros días son los más dóciles de sus
respectivos partidos. Así nos va. De Carrillo, Pasionaria, Areilza, Tierno,
Morodo, Felipe, Guerra, Tamames, Suárez, Fraga (en su época de Atila),
Gutiérrez Mellado, Anguita…, a estos pardillos, trepas y sabelotodo, a los que
una mujer entera y sin intereses partidistas por medrar, Pilar Manjón, coloca
en la evidencia de siempre: son capaces de traicionarse a sí mismos con tal de
seguir con la farsa democrática.
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