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Antonio Gamoneda, reciente premio Cervantes, habla
de penurias. Él procede de un mundo de penurias, afirma el interesado, y la
prensa titula con la misma idea. La poesía de Gamoneda llega al corazón por su
cotidianeidad y carencia de adornos innecesarios, porque no encierra la retórica
vacía de otras muchas poesías. Siento a la vez pena y satisfacción cuando le
reconocen su trabajo a un poeta de estas características. Pena porque tengo una
sensación de ternura y compasión ante el honesto ser humano que sirve para que
el poder se luzca. Satisfacción, precisamente porque al menos ese lucimiento es
útil para restituirle un poquito -al menos- de lo que la vida le robó para
siempre: la vida misma. Pero, por desgracia, hay muchas más penurias de las que
Gamoneda anuncia, si ampliamos el concepto.
La poesía es en sí misma una penuria. En la teoría
es la belleza y el alma, pero en su sustancia resulta un retrato del ser humano,
que es capaz de crear y de extraer de la nada el preciado mineral del goce y, al
mismo tiempo, mostrar sus bajezas morales con pugnas duras y estúpidas, como las
que protagonizan los propios poetas porque no los han incluido en una antología
o un ciclo de lecturas (aburridísimas) pagadas con dinero público, o amañando
premios para hacer eso de hoy por ti mañana por mí. Al mismo tiempo, hay mucha
poesía de penuria, mucha poesía perfectamente inútil porque a nadie le importa
que un sujeto –para darse lustre- le cuente a los demás que siente amor,
desamor, miedo a la muerte o angustia por el paso del tiempo. A menos que lo
haga como lo hicieron los clásicos o mejor pero como eso es difícil, la poesía
se torna en psicoterapia y punto. Y como la psicoterapia se hace a nivel
personal, el resultado es que a casi nadie (salvo a los poetas) le interesa los
dolores del alma del vecino porque bastantes dolores tiene uno ya. Además, la
poesía se ha trasladado a la imagen y a otros lugares del mundo del multimedia.
En definitiva, considerada en su generalidad, la poesía no sirve para nada por
más que diga algún poeta –como he leído- que mientras esté ahí la luna, habrá
poesía. Una pamplina porque la luna ya está mancillada por el pie del gringo que
se fue a dar saltitos allá en 1969, si es que es verdad que fue.
Mientras resuenan aún los ecos del premio a
Gamoneda, la semana pasada nos ha traído también la feria de Sevilla. El pasado
martes, en Canal Sur TV, Cremades y María del Monte nos ofrecían un No-Do del
evento, en otro de esos espacios pensados sobre todo para la tercera edad, no
para todos los públicos. María del Monte es sencillamente una intrusa en la
profesión periodística y comunicacional pero como es amiga del partido y tiene
gancho comercial entre cierto público, qué le vamos a hacer: intocable, con esa
“grasia que tiene que no se pué aguantá”, una gracia como la que almacenan las
avispas, por cierto. Cremades es un magnífico profesional pero tendrá que hacer
lo que le manden y punto.
No entiendo por qué se tiene que monopolizar la
pantalla de una televisión por muy andaluza que sea con horas y horas dedicadas
a la feria de Sevilla o a los Carnavales de Cádiz. Se trata de espectáculos
monocordes, retransmitidos de forma tópica y superficial, como éste de la feria.
Se supone que todo es guay, todo el mundo se lo pasa de puta madre y eso es
mentira, el acontecimiento se cubre parcialmente, tratando a la gente como niños
(es que a lo peor los espectadores son niños pero entonces que no voten ni vayan
a la farmacia a vaciarla de medicamentos, muchos de los cuales ni precisan). El
programa conecta con la zona donde las gitanas venden buñuelos con chocolate. Oh,
qué bien, la gitana “jefe” cuenta cómo se hacen los buñuelos pero no da el
secreto de la masa. Oh, qué bien, una o dos personas de las que se los están
comiendo dicen que son estupendos. Pero un platito de nada y cuatro chocolates
cuesta unos veinticinco euros y eso es un robo. Conecta el programa con los
“cacharritos” de la calle del infierno, el parque de atracciones de la feria. Oh,
qué bien, qué felicidad. Pero una vueltecita vale tres euros (el martes, luego
sube) y han de subirse los padres con los niños: tres euros más. Todo para
“ricos”, otro robo a mano armada. Sevilla está llena de gente humilde y de
inmigrantes que no pueden hacer frente a esos gastos pero llevan a término un
esfuerzo para que los niños no se lleven para siempre una frustración enorme
ante tanta luz y espectáculo que ellos no pueden disfrutar y otros sí.
Anda y que le vayan dando a la feria de Sevilla,
no he visto a más gente aburrida que en la feria de Sevilla. El andaluz es
triste y excluyente. Al andaluz de fuera de Sevilla la feria de Sevilla se la
repamflifla, igual que al sevillano le trae sin cuidado lo que suceda fuera de
sus fronteras, en lo que a Andalucía se refiere. Existen las Andalucías, no
Andalucía. Ahora, en verano, habrá que hacer lo mismo con la feria de Málaga,
para que no se enfaden, buenos son en Málaga, no hay una vez que vaya que no me
lancen un tirito por vivir y ser de Sevilla, sin yo abrir la boca, sin venir a
cuento. Algún día diré lo que opino de esa ciudad pero no deseo encabronar a
nadie, ahora mismo no tengo ganas…
La penuria llega cuando se producen estos hechos.
Penuria, pobreza informativa y formativa, pobreza de enfoques, propaganda que se
hace por rutina y con clara intención de salpicar propaganda. Gamoneda sufrió
penuria en una época de penurias, no tuvo apenas adolescencia ni juventud. En
cierto sentido, ahora es peor: tenemos la penuria de las mentes, cuando poseemos
los medios para espantar las penurias del hambre y de la falta de conocimiento,
estamos fabricando idiotas mentales, el cerebro de muchos seres humanos se queda
sin apenas usar a lo largo de toda su vida. Y lo peor es que ya no sabe uno si
es que esos seres humanos con penuria cerebral no dan más de sí y es eso lo que
buscan o es que hay otros anémicos mentales, mediocres políticos y
programadores, que se garantizan sus poltronitas proyectando penurias. Pongamos
los dos factores y acertaremos sin duda.
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