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En Sevilla tienen ya casi listo el tranvía que
pasa por el corazón de la ciudad. Lo quieren inaugurar para las elecciones
municipales. Es más largo pero van a poner en marcha un cacho y así la gente ve
que la cosa se mueve. Desde la oficialidad lo llaman metrocentro porque su
finalidad es conectar la línea 1 de metro con el centro de la ciudad hasta que
hagan la 2 que va soterrada por el centro mismamente pero es un tranvía, vaya,
como esos de centroeuropa. Leo a veces en este ciberdiario que en San Fernando
van a hacer uno y lo de siempre: vale para unos y para otros, no. Qué resistente
es el andaluz a los cambios. En San Fernando, el PA quiere tranvía pero en
Sevilla lo critica. Supongo que serán casos distintos pero el asunto es que las
ciudades son para las personas y los coches o van por debajo o por encima de los
transeúntes o deben circular lo mínimo. Mientras no nos mentalicemos de esto no
aumentaremos sustancialmente nuestro nivel de vida.
Me da la impresión de que el andaluz viaja poco y
el pequeño comerciante andaluz, menos. No es que me dé la impresión es que
viajan poco. Quienes más viajan son los catalanes y los vascos, a pesar de ser
tan nacionalistas. He estado por Guatemala y por El Salvador, en lugares donde
San Pedro perdió el bolígrafo, y me he encontrado con catalanes. En Andalucía,
como tenemos “lo mejó der mundo”, no hace falta salir para casi nada y así nos
luce el pelo. He visto tranvías en ciudades alemanas y daba gusto: silenciosos,
limpios, armónicos. Algunos políticos papanatas dicen que la gente corre el
peligro de ser atropellada. Claro, y de que se nos caiga un pináculo encima. Más
peligro es oírlos a ellos, es malo para la salud mental. Por lo pronto, en
Sevilla, se acabó el tráfico por el centro-centro de forma casi total. La
catedral se estaba pudriendo con el mal de la piedra y es el tercer templo de la
cristiandad en dimensiones y el primero de estilo gótico. Los taxistas están que
trinan pero a mí me da igual, ya lo sacarán por otro lado. Además, tienen rutas
alternativas. Hay pocos colectivos tan detestables como los taxistas. Si me subo
diez veces en un taxi, ocho me topo con un señor encabronado con todo que
escucha en el taxi a dos reaccionarios como Carlos Herrera o Jiménez Losantos y
eso se les nota. Comprendo que es un oficio duro pero el cliente no tiene la
culpa de que no les guste nada. El buen taxista es una fuente de información
imprescindible pero el malo –casi todos, por desgracia- debería ponerse un
esparadrapo en la boca o controlarse muchísimo.
Los tranvías, el metro, los trenes de cercanías:
una maravilla para este mundo desbocado. En disponibilidad de estos medios nos
hallamos en Andalucía por los suelos. Cuando estoy en Barcelona y me alojo en
su gran área metropolitana, que es lo que suelo hacer, tomo un tren de cercanías
que me deja en media hora en la Plaza de Cataluña, en todo el centro de la
ciudad. Al llegar, la megafonía del vagón dice: “Próxima parada, Plaza de
Cataluña: correspondencia con RENFE, metro y trenes de la Generalitat”. Cuando
voy a la Universidad Complutense, en Madrid, agarro el AVE en Sevilla, me bajo
en Atocha y allí mismo me subo a la línea 1 de metro, luego me cambio a la 6 y
me bajo en una estación, casi a las puertas de la Facultad de Ciencias de la
Información. Todo por un euro. Si tuviera esto en Sevilla mandaba el coche al
carajo. La matriculación de coches ha subido en Sevilla un cinco por ciento, más
que en Valencia, que tiene metro. Miles de madrileños se quejan de las obras
eternas en su ciudad. Son unos tontopitos porque esas obras suelen ser grandes
obras de soterramiento pero a ellos les gusta protestar como si estuvieran en el
infierno. Me gustaría verlos en la capital de México, en México DF, con
veinticinco millones de habitantes censados, avenidas de cuarenta o sesenta
kilómetros de largo, atascos eternos y un metro donde no se puede subir uno así
como así a cualquier hora porque te despluman, por lo menos. Yo he estado en
hoteles del DF donde cada vez que me iba en un taxi un miembro de seguridad
tomaba nota del número del taxi y del nombre del taxista por si me secuestraban.
El secuestro es un negocio en algunos países de por ahí. Me gustaría ver a los
madrileños en San Salvador, donde no te dejan salir del hotel sin alguien que
conozca la ciudad, a causa de las pandillas juveniles de maras, muy agresivas y
bien armadas por las mafias.
Estoy deseando que Sevilla tenga tranvías, metro,
transportes limpios. Y San Fernando y todas las ciudades. El coche, en casa. Nos
están robando a todas horas: un euro, o más, un litro de gasolina; el euribor va
a llegar al 4,25 por ciento; 1.800 euros el metro cuadrado de suelo en Sevilla
(más de 2.000 euros en Málaga). Hijos de la gran puta, cómo te exprimen, cómo
unos tienen cada vez más y la mayoría cada vez menos porque no hay cojones para
parar tanto choriceo.
Conocí de pequeño la Sevilla del tranvía. Lo
recuerdo vagamente. Mi madre me subía a veces. El tranvía esperaba a los
clientes asiduos un poquito si no habían llegado a la hora de siempre: era y es
increíble. Aquellos tiempos no eran tan buenos y apasionantes como estos pero
tenían algo que ahora deberíamos tener: calma, más reflexión, más contacto
humano. Tal vez sea eso y la edad lo que me hace mirar hacia ellos con cariño.
“Cualquier tiempo pasado fue mejor”, dijo Manrique. Pero se refería a que lo
creemos por razones de edad, porque sentimos que la muerte está cada vez más
cerca. Yo deseo dejar sembrado, a los que vengan detrás de mí, un futuro limpio,
silencioso, tranquilo, que ilusione: el tiempo de los tranvías.
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