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El viernes en el Paraninfo de la Universidad de
Sevilla le dimos un homenaje al profesor Manuel Bernal. Un acto sencillo, esa
pequeña cosa que se quedará en el recuerdo para siempre. En mi caso, no sólo por
él sino por dos intervenciones magistrales: la de la profesora Felicidad
Loscertales (reciente Premio Fama de la misma universidad por su trayectoria
investigadora) y la del profesor Antonio Cascales que además es novelista
destacado y un auténtico erudito. El domingo tuvimos un acontecimiento
considerado grande que, sin embargo, para mí carece de importancia. No voté,
llevo años en una postura abstencionista que sólo a veces rompo más que nada por
razones sentimentales. Ni siquiera las bombas del 11-M me hicieron salir a votar
a Zapatero, como le sucedió a tantos.
Manolo Bernal ha dado clases en todos los niveles
de la enseñanza y ha decidido jubilarse ya con todos los honores. Entre otras
obras, publicó dos magníficos capítulos en aquella Historia de Andalucía
que Planeta editó en ocho tomos primero y luego en nueve, de manera que prefiero
sumarme a su homenaje que apoyar un estatuto que, como otras disposiciones
legales, dice lo obvio, lo que ya, además, está en la Constitución: el derecho
al trabajo, la igualdad de la mujer, la protección del menor… Pero no ha habido
cojones para mentar las bases militares o la deslocalización de las empresas (IU
lo planteó pero lo echaron para atrás los demás). Lo leí en su momento y
comprobé una serie de buenas intenciones dignas de agradecer pero no con el
voto, sólo con un “muy agradecido”. Ya está dicho. Votar es otra cosa: votar es
otorgarle una importancia que no tiene el libreto y, de paso, consolidar en sus
oficios a un grupo de señores y señoras, los políticos actuales que, en su
conjunto, son un colectivo de medianías que Andalucía ni nadie se merece.
Asentar al PSOE y a su vergonzoso clientelismo; a Javier Arenas y al PP del
eterno inmovilismo, donde aún suenan demasiado el “Viva las cadenas” de la época
de Fernando VII o en “Muera la inteligencia” de Millán Astray.
Un estatuto de autonomía, en el presente contexto
mundial, es parecido a la actual ONU, al Defensor de los Lectores, al de los
Televidentes o al apéndice intestinal. No se sabe exactamente sus funciones pero
tienen que existir. Sin embargo, no pasaría nada si no existieran. No nos
engañemos, con esta ONU no se hace nada, los defensores de los lectores
defienden a su empresa que es quien les paga y los estatutos de autonomía son
descentralizaciones necesarias, en la mayor parte. Pero todo “hace bonito” y en
España, seamos sinceros con nosotros mismos, existe toda esta cuestión de las
autonomías por Cataluña y el País Vasco que son los que armaron primero el
jaleo, nada más morirse Franco y antes. Si no, estaríamos hablando aún de
Castilla la Nueva, Castilla la Vieja y de Murcia y Albacete como una única
región. Desde el punto de vista de la rigurosidad histórica, las autonomías han
originado las pamplinas más grandes jamás contadas y una institución –el Senado-
de la que se puede prescindir con tranquilidad. Pero queda bonita también.
Además, ya está bien de utilizar a la gente para
dar lustre a las cosas y consolidar el puesto de trabajo político (que se ha
convertido en una ocupación profesional). El referéndum portugués sobre el
aborto ha sido una vergüenza. Comprendo que se molesten los católicos y los
antiabortistas. No era vinculante para el ejecutivo pero, aún así, el Estado se
gasta el dinero en desarrollarlo en un país sumido en una crisis económica
importante. Se queda en su casa el 56 por ciento del censo, gana el sí por
estrecho margen y eso se considera legal. Sumando abstención y “noes” eso es una
consulta nula, es decirle a la gente: “Me imposta un carajo lo que digan, yo voy
a aplicar la ley de todas formas”. Con el Estatuto lo mismo: un gasto estúpido
de dinero público para ver a la mayoría de los partidos políticos diciendo
idénticas perogrulladas porque se había pactado previamente. En Sevilla, se
reúnen los ministros de la OTAN, el ayuntamiento les da cobijo a los
manifestantes y lo acusan de apoyar a los antisistema con dinero de todos. Lo
acusan los mismos que le dan 200 millones de euros a la Iglesia todos los años,
que no les cobran impuestos a los curas, que les pagan los sueldos a los
profesores de religión bendecidos desde los obispados y los mismos que se callan
ante este panorama. Lo acusan los mismos que desembolsan dinero para que el
referéndum del Estatuto, otro asunto de marketing donde el pescado ya está
vendido de antemano.
Con Felicidad Loscertales y con Antonio Cascales
disfruté de lo lindo y me alejé por una hora de la sinrazón que me rodea. Qué
verdad es que hay que callar cuando habla el que más sabe y eso es lo que nos
falta en cantidades industriales: humildad. Felicidad y Antonio son dos maestros
de la docencia y la investigación. Siempre digo lo mismo: en la Universidad hay
mierda por un tubo y yo podría contarles cosas que les pondrían los ojos como
platos (lo haré, tranquilos). Pero también están los mayores cerebros de la
sociedad y ellos ocultan las miserias humanas y los Corleone que hay dentro de
la institución. Felicidad nos recordó un tiempo en el que el padre llegaba con
humildad y le decía al maestro en relación con el hijo que portaba de la mano:
“Usted le enseña a leer y a escribir y las cuatro reglas que yo le enseñaré a
ser hombre en la vida”. Una fórmula sencilla que creemos anticuada (lo
posmoderno declara antiguo todo lo que no entiende, desprecia cuanto ignora,
como decía Antonio Machado al escribir de Castilla) pero que encierra algo ya
casi desaparecido: la familia y la docencia, de la mano, preocupándose por la
formación de la persona. Cascales llamó la atención sobre la excesiva
idolatrización de las nuevas tecnologías: no hay ningún programa informático
que nos conserve el ser y el talante de Manuel Bernal. Claro que no, eso lo
hacen, o se aproximan, los discípulos de Manuel Bernal, como los que ha dejado
para que sigan su labor, una labor callada que se quedará en mi corazón. Las
algaradas del estatuto las abandonaré en el desván de mi memoria.
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