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Entonces
resulta que lo de la calentura del planeta iba en serio. No pasa nada, nos
morimos y ya está, total, para lo que hay que ver y oír… De esa manera, el carca
de Bush (y sus votantes cobardes y puritanos) y el progre de Blair (y sus
votantes estirados y aislados) ya no tienen que preocuparse por extender la paz
en el mundo y la justicia infinita. Ellos dos que se metan en sus refugios
especiales con aire acondicionado y los terroristas que se mueran solos,
achicharrados. El problema puede estar en que como los terroristas son
musulmanes, acostumbrados a la penuria y al desierto, es posible que la casquen
primero los guardianes de la paz de un constipado. Si nos morimos con la
calentura, las fábricas contaminantes no tienen que seguir con su infinita labor
de progreso planetario, ofreciendo puestos de trabajo, ocupando a miles de seres
humanos en sus dependencias. Trabajar tanto por los demás cansa, hay amores que
matan, ellas nos habrán matado pero habrá sido por amor y la muerte más hermosa
que uno puede alcanzar es por amor. Cuando lleguen los extraterrestres esos de
los que hablan iluminados listos como Iker Jiménez en la SER y en Cuatro (muy
distraído el programa, lástima que todo sea fantasía), hallarán una enorme
esquela esculpida sobre piedra que dirá: “Aquí yace el planeta Tierra, cuyos
habitantes humanos murieron por amor”.
Ya está
bien de tanto antropocentrismo. Nos morimos y se acabó. No será la primera ni la
última especie que desaparece del planeta. Nos queda el consuelo de que siempre
sobrevivirán las bacterias, que se adaptan a todo. En cuanto a nuestras miserias
y grandezas humanas, las podemos legar almacenadas en soportes informáticos y en
cámaras mortuorias homeotérmicas, alimentadas con energía solar. Tal vez la
Iglesia también sobreviva pues conocida es su virtud adaptativa. Si sobrevive la
Iglesia y Federico Jiménez Losantos, podemos estar tranquilos. Dicen que bichos
malos nunca mueren. El caso es que estos no son los malos sino los buenos: Bush,
Blair, la Iglesia, las fábricas contaminantes de la puta economía de mercado y
Federico Jiménez Losantos son los buenos y los buenos nunca mueren, triunfan
siempre. Entonces, ¿quién se va a morir? Está claro: los terroristas, los
comunistas (que ya están casi muertos por calentarse demasiado el tarro y no ir
a lo práctico, como los gringos o los sociatas), los profesores de universidad,
los poetas (que son tontos de remate, todo el día diciéndole a los demás que les
duele el ombligo), los periodistas y los jueces.
Terroristas
y comunistas fenecerán por motivos obvios: son malos. Además ya no hacen falta
porque Federico en la COPE puede contarnos qué es el terrorismo (lo sufrió en
sus carnes) y qué es el comunismo puesto que él fue marxista. A Jesús Quintero
–que está haciendo otra vez su programa “Variaciones sobre lo mismo”- le dijo el
otro día Federico que fue marxista porque era tonto y que el marxismo fue la
sustitución de la religión. Tiene parte de razón, a mí me ocurrió lo mismo. Pero
creo que al predicador de la COPE se le puede aplicar la frase de Garcilaso y
Alberti: él era un tonto y lo que ha visto lo ha hecho dos tontos. Primero fue
religioso, luego marxista y ahora facha, o sea, dos o tres tontos en uno. Claro
que él dice que es liberal. ¡Joder cómo serán entonces los fachas! Me conozco yo
a estos liberales conversos. Javier Solana primero levantaba el puño en actos
pacifistas y luego fue secretario general de la OTAN. Y éste primero es marxista
y ahora le llena el cepillo a los curas en nombre del liberalismo, “España una
unidad de destino en lo universal”, “Santiago y cierra España” y “Mueran los
intelectuales” (el se lleva comisión y grande, supongo). Claro que a la hora de
hablar y debatir siempre es más interesante hacerlo con un facha “ilustrado” o
con un liberal que con un progre de pacotilla. A fin de cuentas, Adam Smith era
más utópico que Marx.
Federico
sobrevivirá porque ha dejado de ser periodista, ahora es predicador de causas
nobles. Los periodistas auténticos morirán por inanición, ya no tienen nada que
hacer en una tierra que se calienta poco a poco. En realidad, hace años que
apenas tienen trabajo. Incluso cuando acuden a la guerra los llevan de la mano
los poderes militares y políticos, que son los que en realidad seleccionan a los
que van. Y encima la guerra los mata: a perro flaco, todo son pulgas. De las
cosas importantes se enteran antes los que se quedaron que los que se fueron al
frente, como ocurrió con las torturas de Abu Grahib en Irak: las descubrió
Seymour Hersh desde EEUU y las publicó en The New Yorker, una revista
independiente de los grandes conglomerados que lo controlan todo y se suelen
situar al lado de los intereses de los buenos, para eso son los buenos.
Sobrevivirán los que informen de las actividades de los buenos: a qué hora se
levanta Blair cada mañana, cuando hace pipí Bush, o cuántas estampitas firma el
Papa al mes. Pero eso no son periodistas, son correveidiles pelotas.
Los jueces
sucumbirán por esquizoides. Los juicios o no juicios a Milosevic, Pinochet o
Sadam lo dicen casi todo de ellos. No hacen falta, cualquiera puede hacer de
juez (Federico, por ejemplo) y se ahorra gasto público. En España, llaman a
declarar al presidente vasco, Ibarreche, por charlar con los de Batasuna (“la
ilegalizada Batasuna”, según el sonsonete ideológico-mediático), pero no hacen
lo propio con Aznar y Zapatero que han hablado con ETA. Garzón dice ahora que el
movimiento independentista vasco no es en sí ilegal pero hace años le cerró
varios medios de comunicación. Se van a morir los jueces por tonto pitos. El
otro día hablé yo con mi fontanero y no me han llamado a declarar. Y eso que me
cobra sesenta euros por cualquier chapuza. ¿No es eso hablar con un terrorista?
Pues no me han llamado.
En cuanto a los profesores de universidad, nos moriremos porque
no hacemos falta, salvo los que enseñen inglés e informática. Ah, y los docentes
de podología y fisioterapia. En el mundo no es precisa la inteligencia, antes
con las “cuatros reglas” se defendía la gente. Hemos vuelto a ellas: inglés,
informática, imbecilidad, ignorancia. Con eso se gana uno la vida y bien. Como
los buenos son viejos es útil un ejército de médicos para curarles los juanetes
y masajearles la espalda. Los demás, a esperar a la muerte, sin hacer casi
nada, no vale la pena. Como el niño Woody Allen quien, en su película Annie
Hall, le decía al médico que era inútil hacer los deberes porque el universo
se expande y puesto que se expande, llegará un momento en que dejará de
expandirse y empezará a encogerse y todo saltará en pedazos, igual que en el
inicio de los tiempos. Tampoco hay que ponerse así, bien mirado, la calentura
del planeta subirá los termómetros corpóreos y ya saben lo que le decía la madre
de Napoleón a su hijo: “A follar, a follar que el mundo se va a acabar”. Luego,
entre polvo y polvo, un paseo en coche, cada uno en un coche, para contaminar
más. ¡Anda, y que le den por el culo al mundo con sus buenos dentro!
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