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 CONTRACORRIENTE

Qué fisnos se han vuelto

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Escucho a veces en la radio las palabras del portavoz del gobierno de Andalucía, Enrique Cervera. O lo veo y lo escucho en la televisión. Fuerza el lenguaje para supeditar el andaluz al castellano. Coloca multitud de eses donde el andaluz las aspira. El resultado es una imagen patética porque, como Enrique es andaluz, esta auto-imposición le traiciona y a veces le sale su habla aprendida y absorbe las eses. Además, conozco a Enrique desde que era un buen periodista en El Correo de Andalucía y sé cómo habla. Y este de ahora no es mi Enrique, que me lo han cambiado. Le han puesto chaqueta, corbata e idioma, todo nuevo. Y él se ha dejado. Lástima, dónde te lleva la vida, todos nos la ganamos como sabemos o podemos, ése es nuestro atenuante. Antes le tocó a Rafael Camacho que ahora está en las alturas de Canal Sur. Hay una rotación de periodistas que siguen este círculo: Grupo Prisa-PSOE-Canal Sur-Oficina del Portavoz del Gobierno de Andalucía. Si eres dócil nunca te abandonará el calor de este clan. Es normal, así se comportan los humanos, pero conviene que no lo olvidemos. También en la universidad (pública) tenemos nuestros círculos pero son más libres, se rompen con más facilidad, mucho más mientras más asentado estés en la cúpula de los docentes funcionarios. Dentro de lo malo es lo mejor, sólo hay que cuidar no sembrar el vasallaje en tu círculo ni premiar mediocridades.

 

Pero estaba con Enrique o, mejor, con el nuevo habla de Enrique, tan fisno. Pocos aspectos son tan reprochables como ver a alguien renunciar a su identidad. Mi padre me decía que no olvidara nunca que él era un trabajador. Vaya si no lo olvido. Mi padre era un obrero y de mono azul. Me eduqué en Los Maristas por gentileza de mis padrinos que eran más adinerados. Un par de profesores, Hermanos Maristas, me preguntaban a veces delante de toda la clase qué profesión tenía mi padre, porque veían su firma, con rasgos elementales, de primeros estudios. Ahora les diré públicamente, por la red, lo que pienso de aquellos “educadores”: son ustedes unos cerdos, eso no se hace con un niño, aún espero disculpas por aquello. A todo cerdo le llega su San Martín. Esta columna es la fiesta de San Martín, donde se le dice cerdos a los cerdos y se le pide por ello perdón a los cerdos. Tengo que agradecerles a mis cerdos educadores que me mostraran en directo cómo no tengo que educar a mis hijos ni tratar a nadie. Y tengo que agradecerles que me enseñaran el Evangelio porque así sé que no tiene nada que ver con ellos. Ahora, haré como el Papa: perdono a mis deseducadores Maristas y los dejo en el mundo de la anécdota y la nostalgia, incluso alegre. Los dejo con sus idioteces de meapilas, bastante desgracia tienen ya encima.

 

Cuando Enrique Cervera se pone fisno le da argumentos para protestar a los que defienden las raíces andaluzas. Nunca he sido andalucista ni nacionalista, ni lo seré, pero los andalucistas tienen razón cuando denuncian cómo se renuncia a identidades de por aquí. Después, cuando hablan de la supuesta historia de Andalucía o de Blas Infante ya dicen muchas ligerezas pero es la moda. Ni hay una historia real de Andalucía ni una Andalucía, sino las andalucías. Todo esto del nacionalismo andaluz llegó a una de sus expresiones más esperpénticas con los llamados Frente de Liberación de Andalucía y Frente Andaluz de Liberación. Por Algeciras había un líder llamado Ramón Medina que terminó llamándose Abdalrramán Madina o algo así, cuando se convirtió al Islám. En fin, una anécdota.

 

A algunos de mis alumnos y ex alumnos los obligan en ciertas empresas periodísticas a hablar fisnamente. Y a mis alumnas cuando las veo por las pantallas de la TV les han echado encima diez o quince años, con tanta pintura y tanto modelito. A dos de ellas me las pusieron en Popular TV vestidas de flamenca para informar desde la Feria de Sevilla. Los periodistas, convertidos en espectáculo, en actores, porque los periodistas cada vez tienen que actuar más. El portavoz del gobierno deja la máquina de escribir, antes, el ordenador ahora, y se coloca su traje, su corbata y sus eses. No por eso voy a respetarlo más ni a creerme o no lo que me dice. Hace tiempo que, más o menos, sé distinguir las voces de los ecos y los continentes de los contenidos. Lo malo es que hay gente que sí, que supone que el hábito hace al monje, que una corbata vale más que una alpargata. Hasta los llamados socialistas se lo creen. Pero no porque se coloquen un traje y una corbata me van a convencer, por ejemplo, de que debo ir a votar el estatuto de autonomía.

 

El otro día andaba en la hora de la siesta, buscando algún canal de televisión para dormir la idem. La cosa iba de animales. En La 2 estaban los famosos documentales, donde los bichos suelen estar copulando casi siempre (no digamos los bonobos que follan a todas horas). En TCM echaban La loba, de Bette Davis. Pero pasé también de eso y me fui de la loba a la gata, Gata salvaje, en Canal Sur TV, con la Rosaura y todas las demás buenorras tetonas y buenorros de gimnasio y hormonas, que no sé este personal de dónde saca el tiempo para estudiar arte dramático y prepararse como actores si esos cuerpos necesitan tanto mimo y reparación. Viendo el culebrón de Rosaura pude observar de nuevo cómo los guionistas mexicanos, en este caso, renuncian también a sus señas de identidad: todos los actores son de piel clara y hasta rubios y dejan a los morenos en los papeles de criados y criadas, como hacen aún con los andaluces en la televisión española o con los negros en las antiguas películas gringas que retratan a esos sureños que aún rechazan, por miedo, las teorías de Darwin. Lo malo es que la gente a la que se dirigen es eso lo que parece desear: el amor al rubio, a la piel clara, a la supuesta elegancia y al glamour, el amor a las eses, al lenguaje fisno, como el del portavoz del gobierno de Andalucía que se dirige precisamente a ese lamentable tipo de personas, verdadera masa adocenada por la tontería y la ficción mercantil.


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