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Recibo la revista oficial de la Federación de
Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), como miembro que soy, aunque mi
ejercicio profesional esté ahora en la Universidad. Se trata de una publicación
descafeinada, si bien sus Cuadernos monográficos tienen un peso riguroso
relevante. Pero la revista, Periodistas, de FAPE, es un desfile de
oficialismos donde se nota que, al igual que a los políticos, hay demasiados
periodistas a los que les gusta salir en la foto, chupar cámara, ser noticia,
que es lo que se dice que nunca somos los periodistas, hasta ahora, hasta esta
época donde la vanidad y la fanfarria han llegado a todas las esferas de la
sociedad. Habrá sus excepciones pero lo que suelo ver es a presidentes de
asociaciones de la prensa de un lugar u otro vendiendo sus logros y sus
productos. Pero vendiéndolos casi siempre con el apoyo de poderes de todo tipo.
Lo que suelo observar es una lucha PP-PSOE en las altas esferas del periodismo
asociativo, con el agravante de que esa pugna la protagonizan periodistas en
activo.
En Cádiz nunca se logró que existiera una sola
asociación. Hay tres y la de Cádiz ciudad tiene fama de poderío. A su presidente
lo encuentro en todos los círculos de poder socialistas, más que nada. ¿Quién
se resiste en Andalucía al PSOE? Hasta el decano de mi facultad (la Facultad de
Comunicación de Sevilla), que presume ser de IU, concedió en el año 2006 los
premios del centro a programas de Canal Sur Radio y Canal Sur TV, y allá que se
nos llenó la facultad de políticos y de periodistas-políticos del PSOE. No es
tonto mi decano, desde luego, sabe a quién arrimarse y tiene buena retórica. La
capacidad de persuasión de este tipo de personas o personalidades no tiene
límites y su condición de engañabobos tampoco. Siguen fielmente la filosofía
liberal de Adam Smith: trabajar para uno y, como eso se hace siempre bien, de
ello se beneficiará la sociedad.
En la revista de la FAPE asoman las fotos estilo
juegos florales, los responsables de asociaciones de acá y allá fotografiándose
con los logotipos de diversas empresas de fondo, recibiendo patrocinios de unos
y otros, convenios de supuesta utilidad que en realidad sólo sirven de promoción
de quienes los suscriben. Diputaciones, El Corte Inglés, ayuntamientos, la Junta
de Andalucía (Gaspar Zarrías, claro) y un largo etc. El periodismo, entregado a
los distintos poderes porque, claro, el periodismo de verdad agoniza, no suele
tocar resortes sustanciales del poder y menos del socioeconómico; ni siquiera
suele bajar a los innumerables problemas cotidianos de abusos de los más
poderosos contra los menos. Si lo hacen tendrían que empezar por contarnos lo
que pasa a diario dentro de los propios medios, cómo trabajan los periodistas
que se supone que nos informan y nos forman. Un lector me ha enviado un caso de
despido de una trabajadora de UGT, perseguida por un miembro del PSOE. Ya
hablaré de ello. De esto hay ejemplos todos los días, pero la prensa ni mú, hoy
por ti, mañana por mí: la ley del silencio, sólo que aquí no está el joven
Marlon Brando para romperla. Y quien lo intenta puede toparse con una estructura
–grande o pequeña- que recuerda a la familia Corleone. El periodismo lo que
hace, sobre todo, es montar pitotes con políticos de acá o de allá según la
orientación del medio de comunicación, pro-PP o pro-PSOE, no hay tonos grises,
no hay hechos, los hechos se acomodan a los intereses que hay detrás –o se
fabrican incluso- pero siempre dejando a las estructuras hegemónicas a salvo,
con las debidas excepciones cuando el tema es tan escandaloso que no se puede
ocultar por más tiempo. El periodismo obedece a lo que llamé en su momento
“teoría del huevo”: se puede elegir entre huevo frito, huevo pasado por agua o
huevo duro, pero siempre sobre la misma base: el huevo. Otro mundo no es posible
porque es anacrónico y utópico y además no vende. Lo malo es que éste del huevo
está dejando de vender y los periódicos logran beneficios no por su periodismo
sino por su no periodismo, es decir, por las promociones y regalos. La Razón
vende sartenes y hace tiempo regalaba un croissant. En esas sartenes se fríe el
periodismo con el aceite hirviendo de la intromisión de los poderes en la
profesión y con la conversión de algunos periodistas de arriba al partidismo,
que no a la política, algo muy respetable. El Mundo regala papelitos con
la cara de Franco y El País se apunta a los equipos de música y a las
películas. El otro día, por cierto, La ley del silencio. Seguimos
esperando que llegue el periodismo que no necesite reclamos.
En la Asociación de la Prensa de Sevilla nos hemos
llevado casi dos años en crisis, sin junta directiva. Dos grupos se acusaban
mutuamente, incluso de pucherazos electorales. Al final no pasó nada, pactaron
entre ellos, intervino el PSOE porque en ambos grupos había miembros del o
cercanos al PSOE. Ya pensábamos que nuestra mala imagen le podía preocupar a
nuestros patrocinadores pero lo que yo me pregunto es por qué los periodistas
tenemos patrocinadores. Cada año entregamos premios también, como en mi
facultad, y se los entregamos a entidades influyentes. ¿A cambio de qué? Por muy
objetivo y riguroso que quieras ser después, ese apoyo que te presta el poder
está ahí, las ayudas que te puedan aportar los premiados están ahí, pesando como
una losa, una losa ajena al periodismo pero que gusta a periodistas que se
sienten seducidos por el poder y las fotos. Como profesor debo decir esto en
clase y en esta tribuna, igual que les digo a mis alumnos que si desean llegar
lejos se arrimen al trío PP-PSOE-Opus y, siendo buenos, jamás se quedarán en
paro aunque tengan que pagar un precio: la dignidad, si bien eso hoy ya no
importa, es un concepto en desuso.
Los periodistas anuncian yogures o bancos en la
televisión, los periodistas reciben regalos en Navidad de unos centros de poder
y otros, los periodistas se apegan a los logotipos de las empresas privadas y
públicas en sus actividades asociativas, los periodistas trabajan en el interior
de empresas que dependen no del periodismo sino del no periodismo, los
periodistas estamos desarrollando una profesión que no sabemos ya exactamente
qué es ni en qué consiste, donde los mismos temas se repiten una y otra vez, la
mayoría de ellos de poco o medio interés. Cualquier poder de verdad, del grande,
debe estar contento y a gusto; debe sentirse a salvo en su esencialidad porque
sólo el periodismo marginal y minoritario lo intenta preocupar de verdad. Pero
el periodismo al que la gente en su mayoría accede a diario es algo insípido que
nada y guarda la ropa, que calla más que dice y que se distrae con batallitas
políticas de medio pelo mientras el poder más profundo sigue actuando, bastante
tranquilo y carcajeándose de nosotros.
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