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 CONTRACORRIENTE

Cádiz indolente, mundo indolente

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Fui a Cádiz aún no hace mucho. Una amiga de allí me había dicho que la ciudad estaba sumida en la indolencia. Sólo estuve unas horas y no pude comprobarlo pero no me hubiera extrañado nada. Andalucía entera es indolente aunque las nuevas generaciones la van sacando poco a poco de ese estado, a pesar de que ellas sufren también otra clase de indolencia que es peor que la andaluza y la gaditana: se deriva de la indolencia de Occidente, del cansancio de Occidente, como dirían Rafael Argullol y Eugenio Trías.

 

Ese cansancio a mí me parece que se deriva de algo que el psicólogo Seligman llamaba desvalimiento: la impotencia permanente para que tu esfuerzo dé frutos con vistas, por ejemplo, a ayudar a los demás, el choque entre el deseo de que el mundo y tu mundo vayan mejor y la realidad de no verlos nunca como quieres porque hay factores por encima de ti que lo impiden. Esos factores los hemos construido nosotros y nos superan. Se produce entonces un choque entre la moral y la ética que hemos levantado, con lo real, que es el resultado de lo que somos nosotros mismos y nos negamos a ver.

 

Aún así, el joven aporta un aire nuevo que tal vez se derive de su pasoteo y de su falta de capacidad para saber lo que está realmente sucediendo. Desde luego, es pan para hoy y hambre para mañana porque queda en el fondo la angustia propia de existir pero eso o se hace uno una lobotomía o da el avío durante unos años. “Están muertos, pero mientras sigan cobrando, no lo notarán”, le decía un personaje de Forges a otro al referirse a los habitantes occidentales de clase media. Lo malo de los jóvenes es que no cobran o cobran muy poco y, sin embargo, están bastante muertos, cuentan sobre todo con el impulso hormonal de la juventud y con la complicidad de la propia clase media, sus padres, que son, en el fondo, más pasotas que sus propios hijos, más indolentes, tomada la indolencia como hastío, como neurastenia.

 

La famosa mundialización da y quita fuerzas a la vez. Es algo falso, viejo y nuevo a un tiempo, es el monstruo con el que hemos de bregar, es la boca fogosa del dragón que hemos de abatir antes de que nos abrase. O, si no abatir, al menos domesticar. Parece como si el gaditano le diera la espalda a esto y se refugiara en el sarcasmo y la ironía. Es una salida falsamente sabia. Canal Sur TV nos muestra programas publicitarios para hacer patria, pero una patria superficial. Los sábados por la mañana son buena prueba de ello, con espacios pagados por la Junta de Andalucía, curiosillos, basados en la promoción de “lo andaluz” y en el mensaje de “somos los mejores”, cuando llevamos años estancados en los puestos de cola de España y Europa y de ahí no saldremos mientras tengamos unos políticos que ni son chicha ni son limoná, sino todo lo contrario, es decir, nada; una Junta de Andalucía que lleva años en el poder, estimulando el clientelismo casi absoluto. Yo he presentado un proyecto de investigación por la vía normal en una consejería, como un ciudadano más, y lo han dejado encima de la mesa, sin examinarlo, ni verlo siquiera. Lo registré por ventanilla y pasaban los meses y no había resolución. Un día hablé con el consejero y mi proyecto salió adelante en poco tiempo. Estas cosas no debería contarlas pero las cuento porque no vivo de adular a nadie ni pienso hacerlo: me he ganado mi libertad en la vida a base de trabajo, y a base de esfuerzo me he ganado un respeto (y un rechazo), pero es una vergüenza que deba acudir a procedimientos extraoficiales para que mis proyectos salgan adelante. Si lo hice fue porque confiaba en mi trabajo, porque sé cómo funciona el tinglado y porque era un proyecto dirigido por mí en el que había embarcado a una veintena de especialistas, a los que no estaba dispuesto a dejar con las posaderas al aire. Por otra parte, sólo me limité a decirle al consejero que le indicara a alguien que lo mío estaba por alguna mesa, olvidado, ignorado, y tenía derecho como ciudadano a que se me echara cuenta.

 

Hay que hablar claro en lugar de mamar del presupuesto de manera indolente y estar callado, aprovechándose, formando una tribu con un jefe que reparte prebendas de la señorita Pepis. Mientras Cádiz languidece, hay quien se reparte las influencias en los órganos culturales de la ciudad, algo que sucede en Sevilla también y en Málaga y en Huelva y en Granada. Es necesario romper este círculo de listos que están en todas partes haciendo de todo pero de nada, cerrando las puertas a las nuevas generaciones. En Canal Sur no hablan de esto porque tendrían que hablar de sí mismos pero es preciso que la gente joven se enfrente a la cuestión y no se deje comprar. Tampoco debería decir esto porque es casi inútil, en la actualidad es más fácil que nunca, en los últimos decenios, comprar a alguien, de esa indolencia para la lucha se aprovechan los mediocres que están arriba y tienen poder y dinero para comprar, dinero público y poder público, otorgado por un público indolente pero listo que vota a lo menos malo porque, la verdad sea dicha, estos del PSOE son malos y mediocres pero los del PP no saben ni dónde están, aún se les nota que apenas comieron Ilustración, y los de IU tratan de acomodarse como pueden a unos tiempos que intentan entender con buena fe pero no lo logran porque siguen llenos de prejuicios de izquierda.

 

En la Asamblea Regionalista de Ronda (1918) se acuñó la frase aquella que me parece muy acertada: Andalucía, la tierra más alegre del mundo con los hombres más tristes del mundo. Y así sigue siendo, en esencia. No me hace gracia el Carnaval de Cádiz, lo siento triste en el fondo; no me hace gracia la Feria de Sevilla, es triste en su esencia, con más rituales que sinceridad. No me hace gracia esa Andalucía tópica y oficial, ni su empeño en insistir con lenguaje forzado, “en andalú”, que esto es “lo mejó” y punto. No vamos mal, pero, desde luego, estamos distanciados todavía de la ilusión que requiere un mundo como el actual. No está mal recordar esto de vez en cuando.


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