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Fui a Cádiz aún no hace mucho. Una amiga de allí
me había dicho que la ciudad estaba sumida en la indolencia. Sólo estuve unas
horas y no pude comprobarlo pero no me hubiera extrañado nada. Andalucía entera
es indolente aunque las nuevas generaciones la van sacando poco a poco de ese
estado, a pesar de que ellas sufren también otra clase de indolencia que es peor
que la andaluza y la gaditana: se deriva de la indolencia de Occidente, del
cansancio de Occidente, como dirían Rafael Argullol y Eugenio Trías.
Ese cansancio a mí me parece que se deriva de algo
que el psicólogo Seligman llamaba desvalimiento: la impotencia permanente para
que tu esfuerzo dé frutos con vistas, por ejemplo, a ayudar a los demás, el
choque entre el deseo de que el mundo y tu mundo vayan mejor y la realidad de no
verlos nunca como quieres porque hay factores por encima de ti que lo impiden.
Esos factores los hemos construido nosotros y nos superan. Se produce entonces
un choque entre la moral y la ética que hemos levantado, con lo real, que es el
resultado de lo que somos nosotros mismos y nos negamos a ver.
Aún así, el joven aporta un aire nuevo que tal vez
se derive de su pasoteo y de su falta de capacidad para saber lo que está
realmente sucediendo. Desde luego, es pan para hoy y hambre para mañana porque
queda en el fondo la angustia propia de existir pero eso o se hace uno una
lobotomía o da el avío durante unos años. “Están muertos, pero mientras sigan
cobrando, no lo notarán”, le decía un personaje de Forges a otro al referirse a
los habitantes occidentales de clase media. Lo malo de los jóvenes es que no
cobran o cobran muy poco y, sin embargo, están bastante muertos, cuentan sobre
todo con el impulso hormonal de la juventud y con la complicidad de la propia
clase media, sus padres, que son, en el fondo, más pasotas que sus propios
hijos, más indolentes, tomada la indolencia como hastío, como neurastenia.
La famosa mundialización da y quita fuerzas a la
vez. Es algo falso, viejo y nuevo a un tiempo, es el monstruo con el que hemos
de bregar, es la boca fogosa del dragón que hemos de abatir antes de que nos
abrase. O, si no abatir, al menos domesticar. Parece como si el gaditano le
diera la espalda a esto y se refugiara en el sarcasmo y la ironía. Es una salida
falsamente sabia. Canal Sur TV nos muestra programas publicitarios para hacer
patria, pero una patria superficial. Los sábados por la mañana son buena prueba
de ello, con espacios pagados por la Junta de Andalucía, curiosillos, basados en
la promoción de “lo andaluz” y en el mensaje de “somos los mejores”, cuando
llevamos años estancados en los puestos de cola de España y Europa y de ahí no
saldremos mientras tengamos unos políticos que ni son chicha ni son limoná,
sino todo lo contrario, es decir, nada; una Junta de Andalucía que lleva años en
el poder, estimulando el clientelismo casi absoluto. Yo he presentado un
proyecto de investigación por la vía normal en una consejería, como un ciudadano
más, y lo han dejado encima de la mesa, sin examinarlo, ni verlo siquiera. Lo
registré por ventanilla y pasaban los meses y no había resolución. Un día hablé
con el consejero y mi proyecto salió adelante en poco tiempo. Estas cosas no
debería contarlas pero las cuento porque no vivo de adular a nadie ni pienso
hacerlo: me he ganado mi libertad en la vida a base de trabajo, y a base de
esfuerzo me he ganado un respeto (y un rechazo), pero es una vergüenza que deba
acudir a procedimientos extraoficiales para que mis proyectos salgan adelante.
Si lo hice fue porque confiaba en mi trabajo, porque sé cómo funciona el
tinglado y porque era un proyecto dirigido por mí en el que había embarcado a
una veintena de especialistas, a los que no estaba dispuesto a dejar con las
posaderas al aire. Por otra parte, sólo me limité a decirle al consejero que le
indicara a alguien que lo mío estaba por alguna mesa, olvidado, ignorado, y
tenía derecho como ciudadano a que se me echara cuenta.
Hay que hablar claro en lugar de mamar del
presupuesto de manera indolente y estar callado, aprovechándose, formando una
tribu con un jefe que reparte prebendas de la señorita Pepis. Mientras Cádiz
languidece, hay quien se reparte las influencias en los órganos culturales de la
ciudad, algo que sucede en Sevilla también y en Málaga y en Huelva y en Granada.
Es necesario romper este círculo de listos que están en todas partes haciendo de
todo pero de nada, cerrando las puertas a las nuevas generaciones. En Canal Sur
no hablan de esto porque tendrían que hablar de sí mismos pero es preciso que la
gente joven se enfrente a la cuestión y no se deje comprar. Tampoco debería
decir esto porque es casi inútil, en la actualidad es más fácil que nunca, en
los últimos decenios, comprar a alguien, de esa indolencia para la lucha se
aprovechan los mediocres que están arriba y tienen poder y dinero para comprar,
dinero público y poder público, otorgado por un público indolente pero listo que
vota a lo menos malo porque, la verdad sea dicha, estos del PSOE son malos y
mediocres pero los del PP no saben ni dónde están, aún se les nota que apenas
comieron Ilustración, y los de IU tratan de acomodarse como pueden a unos
tiempos que intentan entender con buena fe pero no lo logran porque siguen
llenos de prejuicios de izquierda.
En la Asamblea Regionalista de Ronda (1918) se
acuñó la frase aquella que me parece muy acertada: Andalucía, la tierra más
alegre del mundo con los hombres más tristes del mundo. Y así sigue siendo, en
esencia. No me hace gracia el Carnaval de Cádiz, lo siento triste en el fondo;
no me hace gracia la Feria de Sevilla, es triste en su esencia, con más rituales
que sinceridad. No me hace gracia esa Andalucía tópica y oficial, ni su empeño
en insistir con lenguaje forzado, “en andalú”, que esto es “lo mejó” y punto. No
vamos mal, pero, desde luego, estamos distanciados todavía de la ilusión que
requiere un mundo como el actual. No está mal recordar esto de vez en cuando.
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