
El tema no es nuevo pero
Javier Arenas lo ha intensificado y lo ha puesto de moda: antiguos cargos y
militantes comunistas se pasan al PP, que le ha dado al “niño Arenas” (muy
mayor ya, hay que ver lo que envejece la política y, más que la política, un
cerebro detenido en las cuatro simplezas de la derecha) una consigna clara:
hay que desalojar al PSOE del Palacio de San Telmo como sea (legalmente, se
entiende) y para eso hay que girar, hay que abrirse a la captación de
ciudadanos que corren el riesgo de ser considerados tontos útiles.
Desde el punto de vista
psicológico, estas caídas del caballo que están sufriendo antiguos militantes
marxistas-leninistas tienen sentido. El PSOE es una porción más de la derecha
pero ellos creían que era una izquierda cuando la socialdemocracia hace
decenios que se convirtió en el ala izquierda de la derecha, en el servidor
que hace el trabajo sucio, como las privatizaciones masivas en todos los
sectores de la producción, las regulaciones de empleo, la construcción de una
Europa a la medida de las transnacionales y hasta el estímulo a la
concentración del poder mediático en manos privadas, como ha sucedido en
Francia y España bajo mandato socialdemócrata. Estas cuestiones de fondo le
suelen pasar desapercibidas a ese colchón sobre el que el sistema de mercado y
su democracia se asientan: la clase media, que vota a una cara, a un talante o
a un gesto. Pero no sucede lo mismo con la minoría de gente que se la jugó en
la Transición mientras los de la clase colchón estaban en casa temerosos de
que llegara otra guerra civil. Esos protagonistas de la Transición, más o
menos anónimos pero conocidos entre unos pocos (porque la Transición fue cosa
de unos pocos) se sienten traicionados y están encabronados. Con razón.
Entonces han decidido que para estar en la “casa común” del jardinero se van
al palacio de los señores.
Sin duda, están
equivocados. Roma no paga traidores. Un giro desde el marxismo-leninismo hasta
el bushismo, el neoliberalismo o el ultraconservadurismo nunca va a
parte alguna. No ser cristiano de sangre vieja sino una especie de marrano
jamás ha estado bien visto ni en España ni en parte alguna. Hay hasta ejemplos
dentro de la propia izquierda. Cuando Santiago Carrillo decidió retirarse de
la política y dejar a sus chicos del Partido de los Trabajadores de España
colocados en el PSOE, la mayoría (no eran muchos, desde luego) terminaron
realizando tareas muy secundarias, igual que les ha sucedido a los de Nueva
Izquierda (que eran de IU) o les pasaría a esos críticos actuales de IU, en su
mayoría, si hicieran lo que deben hacer: irse a la casa del jardinero.
Hay algo que tanto a nivel
macrosocial como en las minorías políticas dirigentes se valora todavía: la
coherencia, la honestidad. Si se ha perdido la Guerra Fría ahora no se puede
uno alinear con el enemigo o acostarse con él a menos que se tenga poco
respeto por uno mismo y lo que se persiga sea algo de notoriedad y el cariño
poltronero y social que uno cree que se merece por los servicios prestados
para que llegue la llamada democracia. Pero eso es venderse muy barato.
Marx hablaba de fases de la
historia. Los nuevos peperos “marxistas” saben muy bien que ingresar en el PP
es retroceder en el concepto de la Historia como permanente evolución hacia lo
perfecto. Lo que sucede es que han comprendido que Marx, a la luz de los
hechos, deliraba. Pero eso a lo que obliga es a componer una canción, a pintar
un cuadro o a ir “de tu corazón a tus asuntos”, no al PP de la Iglesia y
Jiménez Losantos.
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