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Los choricetes de Marbella (en algunos casos
presuntos, en otros ya llueve sobre mojado) son unos ladrones pardillos. Hasta
para robar hay que tener clase y esta gente es que no sabe ni robar. Tanta
Marbella y tanta jet society y no se les ha pegado nada, al revés, cuando
se murió no hace mucho un jeque árabe que dejaba buenas propinas en los
restaurantes y creaba puestos de trabajo (decían), hasta se guardó luto oficial
por la Costa del Sol. Un jeque de esos que tienen a su pueblo sometido a la ley
del talión islámico y le cortan la mano a un ladrón por robar. Desde luego si se
le aplicara a ellos la misma ley sería necesario que los árabes de punto en
blanco tuvieran cuerpos de pulpo y con los tentáculos bien desarrollados para
poder cortar un trozo por cada robo porque a ver cómo se explica la diferencia
entre ellos y sus súbditos con el petróleo y los dátiles como únicas fuentes de
ingresos, nada más y nada menos. Se habla del precio del petróleo pero, ¿y el de
los dátiles? Esos dátiles amarillos, no los pringosos de las cajas de cartón,
los amarillos que se compran a granel, procedentes de Israel o de Arabia, ¿han
visto qué precios? Pues, que yo sepa, no se le pidió en su día al difunto
mahometano que impartiera un master sobre el arte de robar.
Los encarcelados de Marbella son nuevos ricos y
los nuevos ricos no saben robar. Además, se vienen abajo con nada, no resisten
ni media hostia, enseguida se deprimen cuando los meten en la cárcel. Miren a
ese Julián Muñoz, tan macho él en el Rocío, con la Pantoja, y ya está enfermito.
Y la ex alcaldesa, a la que le gustaba la pistola de su guardaespaldas; y la
rubia –también teñida, aquí nadie quiere ser moreno, ni siquiera Teófila, aquí
todos gringos o nazis- ex militante del PSOE, azote de Jesús Gil. Todos se ponen
malitos en la cárcel, no toman ejemplo de Mario Conde, que nunca se despeina a
pesar de que metió la mano en la caja de su Banesto y estaba construyendo un
pequeño “imperio” mediático (Grupo Zeta, El Mundo, Época, Antena 3
TV…) y quiso comprar el CDS que fundara Adolfo Suárez (el pobre qué bien que no
se entere ya de nada, con su Alhzeimer), y pensaba ya en La Moncloa, y llenaba
los paraninfos de las universidades con sus charlas y su gomina, para
explicarles a los jóvenes –ansiosos de pasta- cómo hacerse rico en quince días,
siguiendo el ambiente que sembró el ex ministro Solchaga.
En cuanto desde la propia Moncloa se dieron cuenta
de que este sujeto, cuyo estilo imitaría después Berlusconi en Italia, no sé si
conscientemente o fue coincidencia, tenía posibilidades de llegar adonde quería,
se asustaron y se asustó el PP y se asustaron otros poderes y le quitaron el
banco por hacer cosas parecidas a lo que hacen otros banqueros. Y lo
enchironaron y, ¿quién se quedó con su banco en la subasta? ¡El Santander! Qué
casualidad, un banquero de los de siempre, de la dinastía que estaba ahí cuando
Franco, como la dinastía de los March. Pero los Francos pasan y quedan los que
estaban debajo de sus ubres, que llevan a cabo una metamorfosis y se aplican las
palabras que Lampedusa escribió en El Gatopardo: cambiar todo para que
todo siguiera igual. A ver si a Botín lo trincan, a pesar de la voluntad de la
jueza Teresa Palacios. Es difícil porque Botín, si es que ha hecho algo, lo
habrá hecho bien, no como los pardillos de Marbella. ¡Hasta el fiscal del Estado
pidió en una ocasión que se archivara el caso Botín! Eso es arte, a ver si lo
logran los de Marbella, esos tontos útiles que sirven para que el sistema se
justifique de vez en cuando, trincando a unos supuestos ladrones pero novatos
(en esto no hay supuestos, lo son) y dejando a salvo a otros cientos que saben
trincar con guante blanco y encima pasar por personas respetables.
Hasta la rubia del bote ésa ex del PSOE (le gusta
el bote en el pelo y en el bolso) que fustigaba a Jesús Gil, ha trincado, según
la acusación. Y la ex de don Julián (buen puro que le van a meter a este hombre
deprimido) parece que se ha aplicado aquello de que la infidelidad con pan es
menos amarga. Toda esta gente está ahí desde lo de Gil, ¿eh? Y a Gil lo colocó
el pueblo que a veces da la impresión como si estuviera “colocado” con grifa (me
refiero a los votantes de ese facha difunto y sus sucesores). Ahora está de moda
decir que no hay que confundir a los gobernantes con el pueblo de Marbella. Con
todo el pueblo de Marbella, claro que no, pero sí con los que votaron a Gil y a
su descendencia, mayoría absoluta, ¿cómo que no? La gente tiene la obligación de
saber y de informarse a quién vota y luego cargar con su responsabilidad. Gil ya
era un chorizo antes de llegar a alcalde, condenado por la ley. Pero lo votaron
para que llenara Marbella de progreso y felicidad y para que limpiara las calles
de delincuentes. Lo segundo lo hizo: se los llevó al Ayuntamiento; y lo primero
también, a base de ladrillo, porque eso es lo que le gusta a mucho personal: el
mejor árbol en España es el árbol cortado o quemado y sustituido por una
urbanización o por un bloque de pisos.
Nada de contemplaciones porque los votantes sean
consumidores de todo y el cliente siempre lleve la razón: la gente es culpable,
responsable civil subsidiario, que ya está uno harto de tener que aguantar la
dictadura de los imbéciles que no se documentan y votan con la cartera y con el
miedo, ya estoy hasta los cataplines de que voten ignorantes que ganan las
elecciones y luego hay que aguantar las consecuencias de su ignorancia. ¡Viva la
democracia censataria! ¡Viva el Despotismo Ilustrado! Si Platón y Aristóteles y
hasta Locke y Pericles y Tocqueville y Jefferson, levantaran la cabeza, se
reafirmarían en sus tesis: ninguno creía en la democracia, Tocqueville era noble
y Jefferson no se fiaba de su propio pueblo, por eso contribuyó a crear ese
tribunal que fue el que dijo que Bush había ganado las elecciones en 2000, ante
el follón que se había liado.
La próxima vez a ver si los marbellíes se forman debidamente y,
si quieren ladrones, que sean de rancio abolengo, de los de toda la vida, no
estos que se empavonan por ahí de pronto con lujos varios y dan el cante a
voces. No hombre, no: uno trinca, guarda una parte debajo de la alfombra un
tiempo; pide el asesoramiento de un banco para ocultar la otra en cuentas varias
de paraísos fiscales, sin que nadie se entere, sin aspavientos, sin meter en la
casa adornos de extremo oriente. Y a vivir que son dos días.
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