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A determinados periódicos de “campanillas” les
gusta hablar de vez en cuando de la endogamia universitaria. Queda bien eso de
criticar al catedrático o al profesor titular, a los docentes funcionarios, en
definitiva, por aquello de que nos comportamos como caciques que hacemos lo que
queremos de puertas adentro, en una institución pública. Llevan una parte de
razón, pero sólo una parte. Esos periódicos son más cobardes que valientes, más
hipócritas que sinceros. Como siempre, se atreven con lo público pero no tienen
lo que hay que tener para hacer lo mismo con lo privado. Además, ven la paja en
el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Al mismo tiempo que critican la endogamia
universitaria, no pocos periodistas consagrados (más a sus empresas que al
periodismo) buscan acomodo en la universidad, aún a costa de que hagamos trampas
para colarlos porque carecen de méritos académicos para ello, pero, eso sí,
colocar en la tarjeta de visita que se es profesor de universidad, viste mucho,
aunque luego vayan por las clases y los alumnos noten que no se las han
preparado. Además, esos diarios practican la endogamia desde hace años: crean
sus propios master de periodismo, preparan a sus futuros trabajadores, los
aleccionan y luego se quedan con los que mejor han asimilado la lección. Es algo
parecido a una secta porque te ves a personal joven o relativamente joven,
alabando a su grupo mediático como si fuera la virgen de Lourdes. Claro que esto
no es nuevo, ya a finales del siglo XIX, cuando Pulitzer creó en EEUU la primera
“facultad” de periodismo en la Universidad de Columbia, le acusaron de hacerlo
no exactamente por el bien del periodismo sino por el bien de su imperio
mediático, para adoctrinar periodistas.
En la universidad pública no adoctrinamos
periodistas sino que los espabilamos y les hablamos de la manipulación
informativa y de lo que con sus vidas y con la vida del periodismo están
haciendo muchas empresas. Entonces las empresas se enfadan, como he podido
experimentar personalmente. Se enfadan porque les decimos que lo que están
haciendo no es ya exactamente periodismo, habrá que llamarlo de otra forma pero
la rendición ante todo tipo de poder es tan grande y tan clara que el resultado,
sus productos, no son periodismo, sino promoción, persuasión negativa,
propaganda. Les decimos (al menos unos pocos de profesores) que están perdiendo
credibilidad a pasos agigantados, que deben regalar periódicos para justificar
ante los anunciantes cifras de difusión, que la prensa gratuita y digital
(gratis) les come terreno porque la gente se ha dado cuenta de que no vale la
pena dar ni un euro por un producto del que se puede aprovechar un texto o dos,
lo demás se deriva de las agencias, de los comunicados de prensa o de los
intereses editoriales de unos y otros.
En lugar de rectificar, se cabrean. ¿Por qué no
rectifican? Porque no pueden. La prensa de referencia se ha metido en una
galaxia macro-económica de la que no puede salir. ¿Cómo es posible que ya apenas
existan equipos de periodistas de investigación en los grandes medios? Porque
ese periodismo no trae cuenta, por precio y por contenido. Ahora, investigar se
le llama a atacar al rival con filtraciones interesadas de los ministerios o de
la oposición. Incluso en Aquí hay tomate hablan de investigación
periodística, como también lo hace Iker Jiménez en ese programa de misterio que
emiten en la SER los viernes y sábados y en Cuatro los domingos. Ven misterios
por todas partes, son listos, van a por la audiencia joven estos jóvenes listos.
¿Qué es la endogamia universitaria? Pues, en
puridad, la defensa de alguien que lleva años en un departamento haciendo
méritos académicos. Esa defensa consiste en que, cuando salen plazas de
profesores en ese departamento, los que estamos arriba defendemos a nuestros
discípulos para que logren ellos las plazas. Y, en condiciones curriculares
semejantes a alguien que venga de fuera del departamento, respaldamos, como es
lógico, a quien llevamos años formando y ha respondido con su trabajo a esa
formación. O sea, promoción interna, lo que hacen muchas empresas privadas. ¿No
hay que seguir el modelo privado porque lo público es una mierda? Pues ahí está.
Como todo en la vida, la llamada endogamia tiene su aspecto negativo, que se lo
endosamos los seres humanos. Por ejemplo, inflar un currículum o consumar
nepotismos descarados, pero eso ya no es endogamia, es corrupción y entonces es
la ley quien tiene que actuar y quien se sienta engañado tiene lo
administrativo, lo civil y lo penal a su disposición.
Siempre, de cualquier forma, y en lo que a España
se refiere, es preferible este sistema público a lo que se da en la universidad
privada, donde el ordeno y mando de la jerarquía es inapelable. En la pública,
un catedrático no se sale con la suya si sus colegas no quieren. En la privada,
los profesores deben impartir muchas horas de clase a la semana, con lo cual no
tienen tiempo para la investigación y bien que se quejan de ello. Apenas pueden
asistir a congresos internacionales por ese régimen de enseñanza media que
tienen. Los periódicos de campanillas deberían ocuparse de esto también y a
fondo, así como de denunciar con insistencia que el denominado Espacio Europeo
de Educación Superior, busca, sobre todo, fabricar piezas para el engranaje del
mercado, no formar mentes universitarias. Y deberían preocuparse porque a la
universidad pública cada vez la obligan más desde la Administración a buscar
financiación externa, es decir, privada, al tiempo que le recortan los
presupuestos. ¿Qué significa todo esto? Pues que, a largo plazo, quien paga,
manda, y que la auténtica libertad de cátedra está en peligro y, por tanto, la
democracia.
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