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Hace unos días tuve que llamar al 061 para que se
atendiera de forma urgente a un familiar. Al poco tiempo, se presentaron tres
personas: un conductor, un ATS y una médico. Apenas me fijé en sus nombres,
grabados en sus identificadores. Hicieron su trabajo de manera impecable,
aportaron sus conocimientos profesionales y, lo que es casi o más importante, su
humanidad, que también forma parte del quehacer profesional, a pesar de que
algunos sanitarios vayan siempre vestidos de médicos con bata o sin bata, sin
importarles enseñarnos a veces flagrantes ilegalidades, como estar a un tiempo
en la sanidad pública y en la privada sin tener concedida la compatibilidad. Es
increíble cómo algunos tienen la cara dura de enseñarnos sus rostros corruptos
sin ni siquiera tapárselos. He estado en consultas privadas de mutuas con las
que trabaja MUFACE en las que el médico te recibe tranquilamente con una bata
con las siglas del SAS.
No era el caso de los sanitarios del 061. Hay
gente que desde el anonimato sigue actuando de manera honesta sin que eso se
premie ni sea noticia porque es que así se debe actuar. Lo que sucede es que
ahora que España está inmersa en la localización, búsqueda y captura de
especuladores inmobiliarios, de terroristas del medio ambiente, estas
actuaciones legales es preciso que destaquen. Hay miles de científicos
trabajando cada día en diversos centros académicos con escasos presupuestos. A
las Ciencias Sociales se las financia poco y a las Humanidades es que casi se
las desprecia. Entre esto y la cultura del ladrillo hay una íntima relación. En
los ochenta, Carlos Solchaga y demás “gente guapa” del PSOE dijeron que en
España se podía lograr dinero con facilidad y vaya si les han tomado la palabra.
Ellos lo hicieron y la década de los noventa, casi en su totalidad, pasó a la
historia en España como la de los escándalos de corrupciones y del terrorismo de
Estado. Por cierto, hay bastantes juicios pendientes sobre todo aquello pero ya
lo hemos olvidado, por supuesto. Miles de cortinas de humo han caído sobre
nosotros desde entonces. Tenemos poca memoria.
Entre los que les tomaron la palabra a los nuevos
ricos, a los conversos que dilapidaron la ilusión que la gente puso en ellos en
1982 otorgándoles diez millones de votos, estaba una caterva de ignorantes
mediocres que fueron llegando a las alcaldías de pueblos y ciudades españolas.
Una caterva que como no servía para otra cosa se metía en política pero no sólo
en el PSOE sino en los otros partidos también. La atilización –de Atila,
claro- del suelo, ha sido cosa de políticos sin cultura, sin principios, sin
dignidad, unido todo ello a la indiferencia y a la falta de escrúpulos de unos
empresarios que ignoran el significado de la expresión “responsabilidad social
de las empresas”. A nadie le ha importado hipotecar por decenios el futuro de
los que venían detrás, a ninguno de estos enfermos mentales les ha frenado el
hecho de que se estaba construyendo empezando la casa por el tejado, es decir,
sin infraestructuras, sin llevar a cabo una síntesis con el medio ambiente. No
se les ha ocurrido por eso, precisamente, porque estamos hablando de auténticas
bestias sin sensibilidad hacia lo que les rodea, estamos hablando de mercenarios
del voto y del dinero.
Los alcaldes de uno y otro lado han conseguido que la gente
equipare cemento con progreso. Mientras más déficit de preparación tiene un
político, más sube en su partido y más arrasador resulta de su entorno. Lo malo
es que la gente los aplaude y los vuelve a votar. El personal ha mamado
demasiada tontería televisual y sueña con Hollywood demasiado. Aquí se junta el
clientelismo que los partidos mayoritarios –sobre todo- han formado (en
Andalucía el del PSOE es escandaloso) con la memez de la gente, una gente que
protesta por la falta de comunicaciones que tiene con la ciudad (cuando vive en
sus alrededores) pero que no vio eso cuando se extasiaba delante de un catálogo
en color que le mostraba una casa adosada, construida con el coste mínimo, de
manera que en invierno el personal se hiela de frío y en verano se fríe de
calor. A la larga, deben invertir en reformas y aires acondicionados mil, de
manera que, echando cuentas, el precio final equivale al de una vivienda de
superior categoría. Como siempre, el listo ha jodido al torpe pero hay listos
que se pasan y muchos de esos listos se han pasado varios pueblos y
urbanizaciones. A ver si ahora lo pagan en esta operación depurativa que está en
marcha. Sería una bonita forma de que volviéramos a creer en la democracia.
Ellos se han pasado el medio ambiente por la entrepierna con tal de ganar dinero
y votos. Ahora, es el sistema quien debe demostrar que aún sirve para algo y que
en realidad funciona, pasándolos a ellos por la piedra, con todas las de la ley.
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