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Como esto lo puede leer cualquiera en cualquier
parte del planeta, empezaré diciendo que hay en el lugar donde vivo un deporte
llamado fútbol al que le echaban en cara que servía para que un dictador
militar, que atendía por Franco, adormilase a las masas populares y, miren por
donde, la democracia posterior al susodicho Franco basa su rentabilidad
mediática en el fútbol y ahora se televisa (pasando por taquilla o no) desde el
Real Madrid-Barcelona hasta el Cariñena-Calamocha. No tengo que decir quiénes
son el Real Madrid y el Barcelona porque eso lo sabe hasta un bosquimano
(algunos deben ir por la selva con la camiseta de Zidane aunque se haya
retirado, o con la de Ronaldinho o Eto’o con la esperanza de que les den suerte
y acaben como ellos, es decir, apapanatados). De Cariñena sólo diré que es
famosa por su vino tinto o clarete y de Calamocha que es el lugar más frío de
España, la Siberia española.
Dentro de ese deporte juega un equipo llamado
Betis del que dicen que tiene la afición mejor del mundo porque aún hay
mentecatos en Sevilla (así se llama mi pueblo) que consideran lo mejó der
mundo todo lo que pulula dentro de ella, es decir, dicen lo que dice todo
quisque de su lugar de origen o residencia, empezando por Frank Sinatra quien ya
dejó bien claro que Nueva York es la numer one, como en su día lo fuera
Felipe González. Ahora, González sigue siendo el número uno, pero en cuestión de
listeza y destreza para emparentarse laboral y familiarmente con gente de
postín. Pues no ha aprendido nada el ex presidente desde que estaba en la
vaquería del barrio de Bellavista (de Sevilla, por cierto) con su padre. Se
conoce que, como Escarlata, la de Lo que el viento se llevó, gritó:
“nunca más seré obrero ni socialista”. Y a fe mía que lo llevó a término.
A pesar de todo, la afición del Betis no es la
mejor del mundo sino que, por el contrario, es, como todas, emocional y sin
formación cultural alguna. Se comporta como el populacho en tiempos de Roma,
enviando a un gladiador a la muerte o a la vida según le cayera su
comportamiento. Pero tiene el agravante de que desea poseer un equipo “grande”
cuando ella no es grande sino que se da por satisfecha con que no se baje a
segunda división porque el año pasado, para celebrarlo, saltó al campo y
destrozó las redes de las porterías. No le pitó al final de la temporada al
equipo por haberse salvado por los pelos sino que le aplaudió y se cargó las
porterías.
Igual que Franco se proclamó Caudillo de por vida
y por la Gracia de Dios, este personal eligió a un tal Manuel Ruiz de Lopera
presidente de por vida. Ya él mismo se encarga de demostrar que cuanto de bueno
o de malo le ocurre al Betis es debido a Dios, en concreto a un imaginario
terráqueo llamado Jesús del Gran Poder, una imagen impresionante que talló un
genio llamado Juan de Mesa pero que los tópicos han destrozado muchas veces
(perdona a este pueblo, señor Juan de Mesa). En 1992, el señor Lopera salvó al
Betis de desaparecer como equipo (ya ven qué clase de afición tenía) y con eso
alcanzó el título de Don Manué. La gente sacó a relucir su complejo de
inferioridad (que trata de mitigar cuando está toda junta) y, como si fuera el
hacendado de un cortijo, le llamaron Don Manué como si fuera el primo de Zumosol.
Don Manué para acá y Don Manué para allá. Don Manué no tiene hijos y parece como
si proyectara su déficit emocional, en este terreno, hacia el Betis. Empezó a
comprarle regalos al niño, es decir, al Betis-afición, en forma de futbolistas
hasta que logró incluso una copa del Rey (Juan Carlos, que es como se llama
ahora nuestro rey porque somos una Monarquía parlamentaria por cojones, lo que
pasa es que nos dicen que lo aprobamos en la Constitución pero es falso porque
la Constitución es fruto de un referéndum fraudulento que se implantó a los
españoles en 1976. Bueno vamos a dejar esta historia). Don Manué se creyó
caudillo de verdad e incluso tuvo la osadía de ponerle su nombre a un estadio
que ni ha terminado de construir, quitándole el antiguo nombre de otro
presidente para colocar el suyo. La copa del Rey que ganó fue un poco de cacafú
porque la alcanzó tras vencer a equipos de tercera y de segunda división, menos
un par de ellos, pero ahí que vimos a un patético Don Manué y a su patética
afición, paseando la copa de peña en peña y tiro porque me toca. La Copa era
como la Virgen del Rocío, todos querían verla y tocarla.
Como buen nuevo rico pero de escasa formación, Don
Manué es de carácter irascible. Ha confesado no haber leído nunca un libro, en
esto se lleva muy bien con su afición. Echa del estadio o de donde sea a la
prensa cuando no le cae bien el trabajo que hace pero en el fondo es como un
niño con mala leche (como casi todos los niños) porque cuando el otro niño, la
afición, llora y grita, él sale corriendo del palco y se refugia en su casa y
dice: “Ea, pues ya no como y os vais a enterar”. Hace poco ocurrió un extraño
suceso y es que los aires de grandeza de Don Manué se acabaron: ya no ficha a
futbolistas de campanillas sino del mercado del “todo a 0,60 euros”. Esto
coincidió con que la Justicia estuvo a punto de sentarlo en el banquillo de los
acusados por delito de fraude en el pago de impuestos. Lo acusaban de utilizar
al Betis en sus negocios privados. Da la impresión como si Don Manué se hubiera
encogido y, cuando tenía la oportunidad de hacer un equipo importante de verdad,
reculó de forma impresionante. Entonces empezaron las vacas flacas, la pelota no
entra y la gente le grita: “Lopera, vete ya”, pero no se va. El otro caudillo
tampoco se fue hasta que Dios quiso. Ahora la gente quiere que Lopera sea de
nuevo Don Manué o que se vaya a su casa a escribir poemas de dolor y desgarro,
como un desterrado cualquiera, lamentándose que ha criado cuervos y le han
sacado los ojos. Los aficionados suelen llamar sevillista (partidario del otro
equipo de la ciudad) a quien escribe como yo pero da la casualidad de que soy
bético, quiera o no Lopera y sus vástagos. El beticismo me lo imprimió un hombre
sabio, mi padrino, que me enseñó fútbol y a distinguir el valor del precio, para
no ser necio.
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