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 CONTRACORRIENTE

La cortinilla

 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Cuando viajas en un avión las azafatas corren una cortinilla para que los que vuelan en la parte más económica no vean lo que se hace en la zona de delante, la que acoge a quienes han pagado más y van en primera clase. Un gesto muy feo pero que retrata la vida misma. El poder siempre está escondido, me refiero al poder real, que es el del dinero, porque entre los que van delante y los que están detrás sólo hay una diferencia, que yo sepa: el dinero. El poder siempre está separado de la gente o gentes por una cortina más o menos espesa, más o menos de humo. El dinero, por regla general, convierte a la Justicia en un monigote y a las constituciones y leyes en papel mojado, por eso nos gustan tanto las películas donde los ricos lloran y sufren (y hasta pierden, si son malos) porque nos permiten hacer catarsis en relación con la realidad. También la cortinilla saca a relucir otra verdad: que si el avión se estrella a la muerte le importa un carajo el dinero, la muerte no es sobornable, aunque sí se la puede burlar por más tiempo y en el futuro para siempre porque serán los ricos los primeros en acceder a los descubrimientos prominentes asociados a las células madre, a lo genético y al freno al envejecimiento. Al final, dará igual, porque nos morimos de aburrimiento, no de viejos ni por enfermedad. Ya el genoma humano estuvo a punto de ser patentado y sacado a bolsa en su momento. Y en Inglaterra, las empresas pueden realizar pruebas de ADN a sus probables empleados para detectar si van a padecer enfermedades concretas en el futuro. Esto irá generalizándose poco a poco.

 

Cuando vemos por la televisión las imágenes de una cumbre de altos dignatarios o de financieros, lo que nos ofrecen son esos momentos de distensión al principio o al final, cuando todos se ríen o fingen sonreír ante las cámaras para que el pópulo esté tranquilo porque sus papis lo están y todo va bien. Las cámaras hacen un “barrido” y luego se tienen que ir, el periodista no es más que un siervo fiel con derechos (eso dicen) que apenas puede hacer su trabajo sino que más bien se lo hacen. El profesional labora donde le digan los asesores en comunicación y los gabinetes del ramo. Luego se corre la cortinilla, se cierran las puertas de los grandes salones y allí se discute el destino de miles de millones de seres humanos. Pero eso ya no es de acceso público, eso no es como un partido de fútbol, como un campeonato de tenis o de golf o como el debate sobre el estado de la nación o de una comunidad autónoma. Eso ya es para mayores, para propietarios, y la mayoría estamos en la vida de prestado, somos inquilinos que hemos arrendado la existencia. La democracia censataria sigue existiendo, a nosotros nos dejan la de los votos pero ésa suele llevar las cartas marcadas y cuando los que están detrás de la cortinilla creen que nos hemos equivocado votando a quien no está con ellos, desprestigian a nuestro elegido con sus medios de comunicación putrefactos. Los debates sobre el estado de una nación en un parlamento son la escotilla por la que se pretende que dejemos escapar nuestro encabronamiento y, a la vez, la pequeña tronera por la que nos dejan mirar una parte vulgar y mínima de la actividad del poder: sus peleítas políticas, a veces pactadas, como si se tratara de un reportaje que cualquier personaje de la farándula acuerda con un fotógrafo sin que nosotros lo sepamos. Y luego el personaje escenifica un enfado que a su vez forma parte del pacto y así sucesivamente.

 

Cuando se casa un príncipe, futuro rey u otro personaje de la nobleza o realeza, cuando se bautiza un hijo de esta estirpe, de nuevo nos dejan comer alguna que otra migaja de la mesa de los ricos o escogidos (por qué, por quién, ¿acaso los demás somos idiotas?). Se nos permite entrar en la iglesia, asistir al paseo, pero desde la butaca de casa, frente al televisor, o en la calle, tras la barrera de gorilas y policías expertos, que previamente han invadido tejados, azoteas y cualquier punto desde el que el sueño pueda ser estropeado. En Sevilla ya asistimos al espectáculo de miles de marujas y marujos gritando a una boda de sangre azul. Luego en Barcelona y en Madrid. En Londres, la gente lloraba despidiendo a la “princesa de los pobres”, Diana de Gales, que, para colmo, ni era princesa ni nada. Uno se da cuenta de que gilipollas hay en todas partes porque no sé cómo definir a quien precisa estos cuentos para sobrevivir y encima tiene que pagar para mantenerlos a flote. Lo malo es que nos hacen apoquinar a los demás porque este personal al que no le importa que no le dejen ver lo que se cuece al otro lado de la cortinilla es en el fondo el que permite que manden los que mandan; y a la vez jode, por mucha mayoría que represente que, por cierto, con los datos en la mano, jamás la representa pero la función tiene que seguir.

 

Decía el antropólogo estadounidense Marvin Harris que una forma de tener dominada a la gente es, por una parte, provocar que se identifique con los fastos del poder y, por otra, mantenerla alejada de las calles. Es una idea maquiavélica que también sostenían otros asesores del poder, como Locke o Walter Lipman. Vaya si han tomado nota. Cada vez engañan a menos gente, pero entre los que engañan, los que se dejan engañar, los que fingen que los engañan y los que se resignan, ahí que sigue la cortinilla como fiel exponente de la cruda realidad.


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