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 RAMÓN REIG

 (Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

El País y El Mundo siguen a porfía con lo del 11-M. El Mundo, propiedad de la Fiat y de la Banca italiana y norteamericana (ah, sí, también hay incluso algún periodista con una calderilla de acciones) está empeñado en demostrar que los atentados fueron cosa de ETA y de las alcantarillas del poder policial, vinculado al PSOE, como con el GAL. En aquella ocasión, la del GAL y corrupciones varias, los Ansón, Pedro J., Luis y Antonio Herrero (el primero metido a eurodiputado del PP y el segundo fallecido), Jiménez Losantos, Martín Ferrand, etc., se reunieron y planearon una estrategia mediática que resultó decisiva para que Felipe González se marchara de La Moncloa por voluntad popular, se supone. La cuestión sería ahora repetir la jugada con el señor Rodríguez Zapatero quien estoy seguro de que si lo que apunta El Mundo es verdad, él no tiene ni la menor idea pero, claro, lo salpicaría.

 

Ahí tenemos al periódico de los italianos y de Pedro J. emulando al Washington Post con el asunto Watergate. En aquella ocasión, al final, sólo el Post siguió adelante con la investigación, los demás se rajaron. No sé si El Mundo está en lo cierto o no pero si lo está es para echarse a temblar y parece mentira que no exista ya un gran debate nacional intentando aclarar esto. Por su parte, El País hace de contrapeso, al lado de su PSOE. Para la derecha –que no va a recuperar el poder por el momento- las pretensiones de El Mundo serían excelentes. Para El País, un desastre y para los ciudadanos una aberración y una vergüenza porque, de ser así la cosa, y salvando las formas, ¿qué nos separaría ya del franquismo y su oscuridad? En esencia, ¿qué nos separaría?

 

No obstante, esto no es el Watergate. Entonces, los periodistas demostraron lo que “garganta profunda”, Mark Felt, les iba diciendo. Ahora, a Pedro J., como muy bien afirmaba el otro día un periódico digital, vaticanista y meapilas pero guerrillero, de los de Girón de Velasco y Blas Piñar, Hispanidad, se le mete en la cabeza una cosa y tiene que ser así aunque no sea. Este hombre no permite que la realidad le estropee un buen reportaje. Lo malo es que El País tampoco. Dicho sea de paso, ese periódico, Hispanidad, tiene como seña de identidad defender a la familia pero ser al mismo tiempo una quintacolumna de EEUU y de la economía de mercado, que son las dos instituciones que más destruyen a la familia en el planeta. Pero como defiende en el fondo a una multinacional llamada Vaticano, S.A., lo lógico es que le ponga una vela a Dios y otra al Diablo. Aún así, no entra en la esquizofrenia porque el poder de autoengaño de los seres humanos es ilimitado. Y si entra, no se nota a primera vista.

 

Lo peor del duelo de titanes mediáticos es que ya han perdido la credibilidad y se la hacen perder al periodismo entero. Escriben para militantes y simpatizantes del PSOE o PP, no para buscar la verdad. Escriben, uno para agradecer y sostener en el poder a quien le regala televisiones y otras prebendas; el otro, por el encabronamiento de no lograr casi monopolizar el ámbito mediático en España. En el fondo, los dos representan una obra de teatro coyuntural; nos muestran el lastimoso espectáculo del bipartidismo llevado al periodismo; para ellos, lo de menos es lo que ocurrió el 11-M, los casi doscientos muertos, los heridos. Para esta gente, lo relevante es servir a los intereses que ellos tienen para con ellos mismos. La verdad se las trae fresca. ¿Cómo va un ciudadano, que lo busque, a encontrar rigor en un periodismo que antes de llegar a la redacción por la mañana ya sabe lo que va a publicar al día siguiente o en su información en red, en su versión digital? ¿Cómo podemos confiar en un periodismo de ideas preconcebidas? Esas ideas nos dicen: esto tiene que ser así por cojones, porque a nosotros nos da la gana, porque es crucial para el negocio que el PSOE esté o que el PSOE se vaya, que el PP vuelva o que el PP no vuelva nunca. Ahora con las elecciones municipales sucede lo mismo. Los medios de comunicación buscan por narices ofrecer una noticia y un balance de forma negativa o positiva en relación con el ayuntamiento de turno por parecidas razones a las anteriores: no nos gusta este ayuntamiento porque no es el que nos interesa, así que a atacarlo, a forzar la noticia, a colocarle el color que más nos va. De esta manera es como el ciudadano va cayendo en el hastío y abandona el periodismo y se vuelve escéptico ante todo. O totalmente incrédulo.

 

Esto es así en muchas partes del mundo; ha sucedido en EEUU, donde los grandes rotativos, para abrigar la razón de Estado en las llamadas guerras preventivas, han callado de forma cómplice. Y la gente, en los estudios que se publicaron en 2004, dijo que ya no se fiaba de sus periodistas. Aquí en México, donde estoy ahora, los informativos de Televisa (que es uno de las dueños de La Sexta) buscan al escritor Carlos Fuentes para que opine de Chávez. “Es un payaso, es un payaso”, repite el caballero. El medio de comunicación permite el insulto a un presidente porque le está haciendo el juego para llevar a la audiencia adonde quiere. Chávez insulta, pero entonces se descalifica él. Lo que no se puede hacer es buscar a una fuente pretendidamente prestigiosa para que insulte, yendo así contra la deontología periodística. La fuente no da argumentos, no da razones, sólo proyecta insultos. ¿Eso es periodismo? No, eso es agitación, el agiprop, la agitación y propaganda de los regímenes autoritarios y totalitarios, todo hecho en nombre de la democracia. Lo mismo hacen El Mundo y El País, de esta manera todo se tensa más, la sociedad se cansa y al mismo tiempo se encabrita, y todos salimos perdiendo, salvo los que buscan intereses concretos y los receptores de aplauso fácil, débiles mentales y mediocres.


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