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El País y El Mundo siguen a porfía
con lo del 11-M. El Mundo, propiedad de la Fiat y de la Banca italiana y
norteamericana (ah, sí, también hay incluso algún periodista con una calderilla
de acciones) está empeñado en demostrar que los atentados fueron cosa de ETA y
de las alcantarillas del poder policial, vinculado al PSOE, como con el GAL. En
aquella ocasión, la del GAL y corrupciones varias, los Ansón, Pedro J., Luis y
Antonio Herrero (el primero metido a eurodiputado del PP y el segundo
fallecido), Jiménez Losantos, Martín Ferrand, etc., se reunieron y planearon una
estrategia mediática que resultó decisiva para que Felipe González se marchara
de La Moncloa por voluntad popular, se supone. La cuestión sería ahora repetir
la jugada con el señor Rodríguez Zapatero quien estoy seguro de que si lo que
apunta El Mundo es verdad, él no tiene ni la menor idea pero, claro, lo
salpicaría.
Ahí tenemos al periódico de los italianos y de
Pedro J. emulando al Washington Post con el asunto Watergate. En aquella
ocasión, al final, sólo el Post siguió adelante con la investigación, los
demás se rajaron. No sé si El Mundo está en lo cierto o no pero si lo
está es para echarse a temblar y parece mentira que no exista ya un gran debate
nacional intentando aclarar esto. Por su parte, El País hace de
contrapeso, al lado de su PSOE. Para la derecha –que no va a recuperar el poder
por el momento- las pretensiones de El Mundo serían excelentes. Para
El País, un desastre y para los ciudadanos una aberración y una vergüenza
porque, de ser así la cosa, y salvando las formas, ¿qué nos separaría ya del
franquismo y su oscuridad? En esencia, ¿qué nos separaría?
No obstante, esto no es el Watergate. Entonces,
los periodistas demostraron lo que “garganta profunda”, Mark Felt, les iba
diciendo. Ahora, a Pedro J., como muy bien afirmaba el otro día un periódico
digital, vaticanista y meapilas pero guerrillero, de los de Girón de Velasco y
Blas Piñar, Hispanidad, se le mete en la cabeza una cosa y tiene que ser
así aunque no sea. Este hombre no permite que la realidad le estropee un buen
reportaje. Lo malo es que El País tampoco. Dicho sea de paso, ese
periódico, Hispanidad, tiene como seña de identidad defender a la familia
pero ser al mismo tiempo una quintacolumna de EEUU y de la economía de mercado,
que son las dos instituciones que más destruyen a la familia en el planeta. Pero
como defiende en el fondo a una multinacional llamada Vaticano, S.A., lo lógico
es que le ponga una vela a Dios y otra al Diablo. Aún así, no entra en la
esquizofrenia porque el poder de autoengaño de los seres humanos es ilimitado. Y
si entra, no se nota a primera vista.
Lo peor del duelo de titanes mediáticos es que ya
han perdido la credibilidad y se la hacen perder al periodismo entero. Escriben
para militantes y simpatizantes del PSOE o PP, no para buscar la verdad.
Escriben, uno para agradecer y sostener en el poder a quien le regala
televisiones y otras prebendas; el otro, por el encabronamiento de no lograr
casi monopolizar el ámbito mediático en España. En el fondo, los dos representan
una obra de teatro coyuntural; nos muestran el lastimoso espectáculo del
bipartidismo llevado al periodismo; para ellos, lo de menos es lo que ocurrió el
11-M, los casi doscientos muertos, los heridos. Para esta gente, lo relevante es
servir a los intereses que ellos tienen para con ellos mismos. La verdad se las
trae fresca. ¿Cómo va un ciudadano, que lo busque, a encontrar rigor en un
periodismo que antes de llegar a la redacción por la mañana ya sabe lo que va a
publicar al día siguiente o en su información en red, en su versión digital?
¿Cómo podemos confiar en un periodismo de ideas preconcebidas? Esas ideas nos
dicen: esto tiene que ser así por cojones, porque a nosotros nos da la gana,
porque es crucial para el negocio que el PSOE esté o que el PSOE se vaya, que el
PP vuelva o que el PP no vuelva nunca. Ahora con las elecciones municipales
sucede lo mismo. Los medios de comunicación buscan por narices ofrecer una
noticia y un balance de forma negativa o positiva en relación con el
ayuntamiento de turno por parecidas razones a las anteriores: no nos gusta este
ayuntamiento porque no es el que nos interesa, así que a atacarlo, a forzar la
noticia, a colocarle el color que más nos va. De esta manera es como el
ciudadano va cayendo en el hastío y abandona el periodismo y se vuelve escéptico
ante todo. O totalmente incrédulo.
Esto es así en muchas partes del mundo; ha
sucedido en EEUU, donde los grandes rotativos, para abrigar la razón de Estado
en las llamadas guerras preventivas, han callado de forma cómplice. Y la gente,
en los estudios que se publicaron en 2004, dijo que ya no se fiaba de sus
periodistas. Aquí en México, donde estoy ahora, los informativos de Televisa
(que es uno de las dueños de La Sexta) buscan al escritor Carlos Fuentes para
que opine de Chávez. “Es un payaso, es un payaso”, repite el caballero. El medio
de comunicación permite el insulto a un presidente porque le está haciendo el
juego para llevar a la audiencia adonde quiere. Chávez insulta, pero entonces se
descalifica él. Lo que no se puede hacer es buscar a una fuente pretendidamente
prestigiosa para que insulte, yendo así contra la deontología periodística. La
fuente no da argumentos, no da razones, sólo proyecta insultos. ¿Eso es
periodismo? No, eso es agitación, el agiprop, la agitación y propaganda de los
regímenes autoritarios y totalitarios, todo hecho en nombre de la democracia. Lo
mismo hacen El Mundo y El País, de esta manera todo se tensa más,
la sociedad se cansa y al mismo tiempo se encabrita, y todos salimos perdiendo,
salvo los que buscan intereses concretos y los receptores de aplauso fácil,
débiles mentales y mediocres.
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