
Hubo un tiempo en el que los trabajadores de un
lugar lejano a otro se solidarizaban desde la distancia con la huelga que
estuvieran llevando a cabo sus “camaradas”. Esto parece haberse terminado con
el fin de la Historia y el postmodernismo. Ahora si los currantes de
astilleros de Andalucía están jodidos los de Corea del Sur sonríen por lo bien
que les va. En un trabajo cualquiera –pongamos periodismo- si alguien no desea
aceptar un curro porque las condiciones le parecen abusivas, los cuatrocientos
que están detrás lo celebran y en lugar de ponerse de su lado le dan un
empujón para trincar el hueco. Lo lamento pero, a la vez, no deja de ser
divertido en el fondo este comportamiento infantil y suicida.
Cuando los dirigentes de Suzuki llegaron a Jaén
para instalar la fábrica del modelo Vitara sucedió una curiosa anécdota: una
de las primeras discusiones entre el comité de empresa y los nuevos
propietarios (gracias al apoyo público de la Junta que después se pasaron por
la entrepierna) se debió al tema del descanso para comerse un bocata. ¿Qué es
un bocadillo?, preguntaron los nipones. Y cuando lo supieron no daban crédito
a que para comerse aquel artilugio hiciera falta media hora. Aquello fue un
“choque de civilizaciones”, un bocadillo se puede engullir en diez o quince
minutos pero el japonés no tenía en cuenta el ritual que existe en torno al
bocadillo. La vida del andaluz es más reposada (no vaga) y le gusta comentar
cuestiones más o menos cotidianas e incluso, sencillamente, ver pasar el
tiempo los diez o quince minutos que le sobren después de zamparse el manjar.
Los trabajadores asiáticos a los que no les
falta trabajo en lo que a construcción de barcos se refiere, se acuerdan poco
o nada de los gaditanos o de los sevillanos. La máxima es ahora la que se
aplicó en el Titanic cuando ya no había remedio: “¡Sálvese el que
pueda!”. No hace muchos años los japoneses vivían para trabajar, los
superavits comerciales eran tan considerables que les tuvieron casi que
obligar a que se tomaran vacaciones. Entonces el mundo se inundó de gente de
ojos rasgados tomando fotos e imágenes a diestro y siniestro. Yo no sé si esta
gente disfruta de lo que está viendo. Me parece que, más que de vacaciones,
salen a trabajar como si fueran un ejército de reporteros. De lo que estoy
seguro es que quien más disfruta es el objetivo de la cámara de fotos o de
vídeos.
Cuando Japón se extendió en su área de influencia y tuvo ese papel tan
decisivo para que nacieran los “dragones asiáticos” (Taiwán, Singapur, Hong
Kong, Indonesia, Corea del Sur, etc.) surgió de pronto un emporio productivo
que llenó las calles de Occidente de productos, como sucedió en el sector del
automóvil con Hyundai o Daewoo. Y como sucedió en el sector naval. La
productividad es lo que cuenta. Y la competitividad. Los sindicatos, como dice
Jacques Sapir, han llevado la dinámica socialdemócrata hasta el paroxismo. Esa
dinámica consiste en una visión exclusivamente economicista del mundo y de las
relaciones laborales. Sube la vida, suben los sueldos; quiere irse una empresa
a otro lado, vamos a sacarle el máximo dinero para los damnificados; despiden
a doscientos, intentemos que las penas con pan sean menos penas. Eso de que
“anunciamos algo nuevo” pasó a mejor vida. A veces pienso que la culpa de los
males de la globalización no la tienen los globalizadotes, que hacen su papel,
sino los que tanto protestan por los llamados efectos perversos de la
mundialización.
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