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Escribo desde México. Tranquilos, no pasa nada con
López Obrador, los medios de comunicación occidentales exageran a menudo. Si a
nadie se le escapa un tiro en una de esas manifestaciones que convoca el
candidato que se cree engañado, no pasará nada. Mucho ruido y pocas nueces. No
voy a escribir sobre la política en México por dos motivos: porque no me
interesa este tipo de “política de sobremesa y batallitas” y porque no me gusta
tratar estos temas cuando me encuentro aquí como un simple visitante. No deseo
meterme en los asuntos de otros y menos cuando se me trata de forma tan
exquisita como aquí.
Sin embargo, el 15 de septiembre se ha celebrado
el Día de la Independencia (de España) y eso me da pie a tratar sobre los
nacionalismos. Por regla general, eso que se llama nacionalismo es una mezcla de
intereses económicos presentados con ropaje emocional. Una potencia, una
metrópoli, va conquistando otras zonas más o menos lejos de su territorio y va
adaptando a sus intereses las instituciones y la cultura de aquellos lugares.
Con el tiempo, en la colonia se forma un segmento dominante de población con
intereses propios. Dicho segmento es el fruto del mestizaje entre
“conquistadores” y “conquistados”. La nueva “clase dirigente” no desea depender
de las leyes y otros medios coercitivos de la metrópolis. La colonia ha crecido,
se ha hecho mayor de edad, aunque en realidad no ha existido un desarrollo de su
población en niveles cognitivos sino un crecimiento de su producción, que se va
acumulando en las pocas manos que representan los nuevos dueños. El choque,
violento o no, colonia-metrópoli se produce y al final nace un nuevo país. La
representación visible de la metrópoli se va pero nunca la que subyace a los
años de dominación.
Pero, ¿cómo lograr que los habitantes, en general,
de la colonia, se alcen como masa contra el dueño que aprisiona? Mediante las
emociones. Los intereses económicos van por debajo, a la gente no se le pueden
decir las verdaderas intenciones de un segmento que lo que desea es convertirse
en otro poder más en el mundo a costa de sus ciudadanos, a los que va a utilizar
para derrotar a su enemigo, otro segmento de poder que a su vez utiliza a gente
sencilla como carne de cañón. A la gente se la convence (o se le lava el
cerebro) mediante las emociones, esas emociones exageradas que detienen la
capacidad de reflexión. ¿Cómo es posible que alguien acceda a ir a una guerra y
exponer su vida? Y no alguien, sino millones de seres humanos. ¿Cómo
conseguirlo? Mediante la educación, el adoctrinamiento, la anulación de la
personalidad, la ignorancia, la ocultación de las claves metodológicas que te
permiten entender la vida; todo eso crea una presión social sobre el individuo
que, por ejemplo, hace que se sienta culpable (cobarde) si no va a un conflicto
o si deserta.
La individualidad queda sometida a una bandera, a
unos colores, a un himno, a escudos y símbolos. En realidad, todo es una gran
mentira, pero así funcionamos, luego la gran mentira está en el fondo, porque
estamos hablando de una verdad evidente. El concepto de patria es otra emoción,
casi todo es un ritual rutinario. Se inventan o se exageran los hechos
históricos, a veces hasta lo patético. Se levantan fronteras en un mundo que, en
realidad, las está tirando todas al suelo por medio del ciberespacio o economía
en red. Con los ojos observamos fronteras, límites, muros y murallas para que no
se cuelen inmigrantes. Se trata de los efectos de esa misma economía y esos
inmigrantes son el resultado, en gran medida, de épocas colonizadoras intensas,
donde la civilización occidental se ha impuesto al resto del planeta Los
colonizadores fueron expulsados por la reacción del nuevo estamento dominante
pero ese estamento no ha aportado grandes dosis de bienestar a quienes le
ayudaron a “ser libre”. Se ha unido a otros núcleos poderosos para conservar o
aumentar su influencia. Esto ha sucedido con las élites dominantes de las
antiguas colonias españolas que, tras la marcha de España, sufrieron otra
opresión: la de EEUU. Después llegaron las reacciones de Cuba, Venezuela,
Bolivia. O las que fracasaron en Chile y en Nicaragua. Y, claro, estas
reacciones a unas injusticias ancestrales son el comunismo que amenaza, hay que
aplastarlas porque roban la libertad y la sacrosanta propiedad privada a sus
poseedores, que, por supuesto, la poseen en nombre del cristianismo, de Dios, de
La Biblia y de la justicia social, cuando nada tienen que ver con esto; es todo
humano, demasiado humano, lamentablemente humano, una muestra más de la especie
más destructiva y autodestructiva que habita el planeta.
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