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Por fin he visto la película del famoso Código da
Vinci, basada en la novela de Dan Brown. No suelo leer novelas actuales ni ir al
cine pero he comprendido enseguida el secreto del código, es decir, el código
del código o, lo que es lo mismo, el secreto de su éxito: el protagonismo
absoluto de la mujer, el suspense y la transgresión. El primero de los elementos
enlaza con la moda y el mercado; el segundo, con lo genético; el tercero, con el
deseo de recibir un mensaje vivo y rompedor con la rutina actual. Los seres
humanos poseemos la pulsión explorativa sin la cual no estaríamos ahora sobre la
Tierra ni, por tanto, yo estaría escribiendo en un diario y menos digital. No
soportamos algo que no entendemos, es decir, no soportamos el suspense y nos
sentimos atraídos por él, precisamente porque queremos vencerlo. Claro que me
estoy refiriendo a los seres humanos auténticos y no a esos otros que han
experimentado una regresión evolutiva de tanto ver la televisión sin espíritu
crítico y resignarse a todo mientras crían barriga y colesterol en una casa
endosada y le endosan su encabronamiento a los demás, empezando por un político,
el árbitro de un partido, el conductor de otro coche o el compañero de trabajo;
pero esos ya no tienen remedio.
Por una parte, el código genético del Código da
Vinci se basa pues en la propia naturaleza de la especie. Por otra, en la
estadística y en la moda o nuevas tendencias sociales. ¿Quién lee novela, sobre
todo? La mujer. ¿Quién se está incorporando al mercado de trabajo para imitar al
hombre, más que nada? La mujer. ¿En quién se está fijando una y otra vez el
mercado para colarle todavía más productos varios, diciéndole que es muy guapa,
libre, emancipada, y que siempre tiene la razón? En la mujer. Mézclese todo esto
y se tendrá el secreto del éxito de la novela y de la película que, por cierto,
está entretenida pero es bastante mala. Ese Dan Brown ha dado en el clavo, lo
felicito: María Magdalena es la esposa de Jesús –con el que tuvo descendencia- y
la que parte el bacalao, no Pedro ni el converso Pablo. Total, a estos asuntos
religiosos se les puede inventar de todo porque ellos, ya en sí, son un
imaginario casi en su totalidad; de Jesús sólo se sabe que existió y que
predicó, como hacían cientos en su época. Casi todo lo demás es pura
especulación, lo siento por los cristianos, pero así es.
Brown estuvo en Sevilla estudiando Historia del
Arte en la universidad hispalense. A juzgar por su última novela, La
fortaleza digital, que se supone inspirada y escrita en Sevilla, ni se
enteró en qué ciudad vivió. Me leí parte de esa novelita en la estación de
Atocha, mientras esperaba el AVE para Sevilla (la compré para regalarla). Y vaya
mierda, en realidad es un relato escrito en cuerpo 14. No hace falta seguir
leyendo cuando vas por la página treinta y has ojeado capítulos posteriores; y
ya he sido generoso. Una cosa es querer hacer una crítica de un lugar –Sevilla-
y otra confundirlo todo y exponer una cascada de ignorancias ante el lector.
Pero eso le pasa a muchos gringos de los que estudian en Sevilla: no se
integran, siguen con su comida basura y sus pamplinas varias, charlando entre
ellos mismos. Son gringos y no se les puede pedir más. Se van sin probar el
gazpacho ni la siesta y eso es muy grave.
Sin embargo, el fenómeno del Código da Vinci me ha
gustado porque se ha tratado de un auténtico fenómeno social, no impuesto, sino
que la gente ha actuado por ella misma, demostrando que el boca-oído sigue, a
veces, siendo más efectivo que una campaña mediática. La mayoría de los críticos
han puesto a parir a la novela desde que el público la encumbró. Se han cabreado
porque esta vez no han sido ellos los que han marcado la conducta. Un crítico
–de los grandes medios de comunicación- suele ser un tipo, adepto de la empresa,
que recibe originales para que les haga una reseña. El crítico funciona por
amiguismo, animadversión y fidelidad a la empresa. A la crítica de libros de
El País, por ejemplo, le han dado ya badana de lo lindo. Hace bastantes
años, el profesor y poeta Julio Vélez (andaluz, de Morón de la Frontera,
Sevilla, pero afincado en Madrid, donde murió a principios de los noventa) harto
ya de la manipulación mediática del diario de Polanco publicó un libro, La
poesía española según El País, que apareció en editorial Orígenes, ya
desaparecida por querer ser independiente. Ahora, en dos años, el novelista
Manuel García Viñó ha lanzado dos libros sobre la narrativa que desde su
creación en 1976 nos ha colado el que se define como diario independiente de la
mañana, cuando tiene detrás al BBVA, al SCH, a Caja Madrid, a El Corte Inglés
(Caja Madrid y El Corte Inglés son a su vez accionistas de Iberia) y a
Telefónica, entre otros.
Al margen de estas disidencias puntuales de Vélez
y García Viñó, a los que tachan de resentidos y en paz, los medios de gran
calado tienen una pléyade de sumisos colaboradores, críticos literarios o no,
que cantan la misma canción que la empresa, por regla general. Esos críticos
tratan de encumbrar los libros de autores “de la cuerda” o de editoriales del
mismo grupo empresarial que edita el medio. Como Dan Brown ha ido por libre, le
publicó el libro Umbriel, una editorial que no está ligada a ninguna de las que
están articuladas, a su vez, con los diarios, no ha sentado nada bien el éxito,
“por cuenta ajena”, del gringo. Encima va y coloca al Opus en el bando de los
malos, cuando la comunión Opus-PSOE-PP es evidente en algunos círculos, como
sucede en la universidad, por ejemplo, en casos concretos. El escándalo estaba
servido: algo tenía que decir el Vaticano, que para eso está sostenido por el
Opus. Y lo dijo: a Umbriel y al autor la campaña promocional les salió gratis,
pero ya, antes del cabreo de todos, el público había consagrado aquello porque a
los dos motivos antes indicados se unió otro: cuando se practica la impostura y
la disidencia fuerte hacia poderes intocables, la ciudadanía reacciona bien
porque hay un sector amplio que todavía se siente vivo. Hay que matarlo, sin
duda. La democracia es cosa de muertos que caminan: nacen, crecen, compran, se
reproducen y mueren del todo, físicamente, quiero decir.
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