
Toda la vida con el problema de astilleros. Es
algo parecido al Domund: cuando tenía cuatro o cinco años me mandaban los
curas a pedir por las calles con una hucha que era la cabeza de un chinito en
cerámica. Ya tengo medio siglo de vida y aún estoy viendo a los niños con
huchas, eso sí, de plástico, como si fuera el símbolo del paso del viejo
capitalismo al nuevo. Si todavía hay hambre por ahí es que existen culpables
clarísimos con nombres y apellidos y habría que ir a cantarle las cuarenta en
lugar de poner paños calientes. El mundo de hoy está acostado sobre dos
palabras que empiezan por c: caridad y compasión. La justicia se ha olvidado,
eso de “en lugar de darle peces a un chino enséñale a pescar” está ya en el
humo dormido, como diría Gabriel Miró.
Parece como si no pasara el tiempo periodístico
por el problema de astilleros. Cualquier entendido sabe que es un problema de
fondo, de estructura económica, de planificación, de racionalización de la
economía a escala mundial, pero no puede decirlo, no quiere o no le dejan.
Planificación es palabra maldita hoy día: suena a bolchevismo. Los
trabajadores se sienten más protegidos con unos astilleros públicos o semi-públicos,
como mal menor. Sin embargo, eso es algo prohibido ya: hablar del Estado en
esta Europa actual, en este mundo occidental actual, es nombrar la soga en
casa del ahorcado.
El Estado es el organismo que utilizan los
poderosos para preservar sus intereses. Tiene el monopolio de la violencia.
Con el paso de los siglos, en Occidente tuvo que hacer concesiones para los
más desfavorecidos (mejoras del siglo XIX y principios del XX, Estado del
Bienestar…) e incluso comenzaron los partidos comunistas a apoderarse de él y
eso acongojó al capital. Pero muerto el perro se acabó la rabia. Ya no hay
URSS, Cuba durará más o menos lo que dure Castro y China caerá tarde o
temprano en la órbita del mercado (Corea del Norte se desmoronará). No hay
razón para concesiones, el Estado vuelve a ser lo que era, salvando las
distancias históricas. Su misión no es proteger a la gente sino administrar
los desmanes de las grandes empresas. Por eso a los trabajadores de astilleros
no les hacen caso en Europa. Aquí se elige una Administración para que
solvente problemas como los de astilleros pero España ya no es España, es
Europa y Europa está siendo construida de espaldas a la ciudadanía, sin tener
en cuenta sus propios principios.
Es un
proceso que le da la razón a las teorías de Marx: primero se construyen las
estructuras económicas y monetarias y al final hablará la gente cuando todo el
pescado esté vendido. Primero se han elaborado leyes económicas y se ha
instaurado el euro, todo al gusto de los más poderosos. Mientras, o después,
se consulta al personal. Si Dinamarca contesta que no, el referéndum se vuelve
a plantear con más campañas mediáticas para absorberles los sesos a los
daneses. Hasta que digan sí. Ya sé que Europa está condenada a entenderse y a
unirse para hacer frente a los otros dos polos de poder: EEUU y Japón. Pero al
menos deberían disimular algo en la dinámica de formación del nuevo poder. La
supuesta constitución que vamos a votar no es más que la consagración de la
dictadura del mercado, de la industria militar –apoyada en los EEUU- y de la
hegemonía de los más fuertes. Con tal panorama, poco se podrá hacer en el
futuro por cambiar las cosas en profundidad: te dirán que lo que planteas es
anticonstitucional y, si sigues insistiendo, que eres un terrorista. Los
trabajadores de astilleros están en un pozo sin fondo.
ARTÍCULOS ANTERIORES