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 CONTRACORRIENTE

Nuevos muros

 RAMÓN REIG

(Periodista y Profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla)

ramonreig@us.es

 

RAMÓN REIG

Se cayó el muro de Berlín en 1989 y en menos de veinte años se han levantado tres más, que se sepa. Tres más que son visibles porque invisibles hay muchos. Y esta vez ya no los han levantado los maléficos comunistas sino los bondadosos gobernantes de las naciones libres (libres por los cojones que es por donde nos tienen atrapados los bancos, las casas de seguros, la ignorancia, el marketing, la publicidad, la manipulación mediática, el asco y la indolencia). Una vez que pasó a mejor vida la potencia comunista nos quedamos solos con nosotros mismos. Y, ¿qué hemos tenido ocasión de ver? Que los malos somos nosotros y por eso, para disimular, hemos inventado o hemos dado mucho mayor realce a otros enemigos, desde el tabaco (patéticas esas medidas aplastadoras del fumador) hasta los moros, pasando por quitar puntos a los carnés de conducir pero, eso sí, sin obligar a la publicidad a que no estimule a las altas velocidades ni prohibir que se les entreguen a los jóvenes coches de bajo peso y alta cilindrada. Eso es lo difícil y, como se sabe, siempre se va a lo fácil: a trincar al ciudadano que infringe porque le da la gana o porque imita a miles de películas que ha visto -películas perfectamente prescindibles- o porque está encabronado con su jefe y quiere echar bilis del cuerpo corriendo por esas carreteras.

 

Pero, claro, revisar la mierda de cine con el que se educa la población es tocar otro poder intocable: los convenios entre grupos mediáticos de gran tonelaje para distribuir y exponer cine basura; las estrategias de venta de la televisión digital, de pago o no. Publicidad, marketing, industrias mediáticas, industrias automovilísticas, todo eso es intocable. Los comunistas lo tocaron y trastocaron todo. Al final todo les salió mal, por ellos y porque los presionaron desde los países democráticos (por los cataplines) que se inventaron gastos en armamento como la “guerra de las galaxias”, llevado también al cine en diferentes versiones. Ya no hay comunistas poderosos (los que hay dan bocanadas de muerte) pero sí que ruedan por ahí más armas que durante la Guerra Fría.

 

Dado que era necesario conquistar los mercados de los viejos países comunistas se han extendido muros de silencio mediático sobre todos los saqueos que se han llevado a cabo, y se llevan, en aquellos lugares desde que se fue al carajo el muro de la vergüenza. Ahora, el muro de la vergüenza del silencio, levantado en nombre de la democracia, oculta los desmanes de las mafias y de otras clases dirigentes, ex comunistas, unidos a grupos de poder occidentales. Aquello no podía seguir funcionando como lo estaba haciendo bajo el comunismo pero, desde luego, el remedio ha sido peor que la enfermedad. Cuando se me acerca una rumana con un niño en los brazos y con un diente de oro a pedirme limosna, la mando a tomar viento, delicadamente, y ella me farfulla algún insulto en su idioma. Derribaron su decadente país para pedirme limosna. Pero ya son libres. Y me importa un pito si algún progre de tres al cuarto me llama xenófobo por lo que acabo de decir. Bastante tiene el pobre con llevar su desgracia encima: la falta de formación.

 

El muro que separa nuestras colonias africanas de Marruecos es una barbaridad. El muro que han construido los israelitas, otra. El muro que levanta EEUU para que no se le cuelen mexicanos, una infamia. Como en la Edad Media y Moderna, levantamos muros para que los pueblos hambrientos e inermes no nos invadan. Por eso se levantó la Gran Muralla China. Colocamos empalizadas para que los pobres no lleguen hasta nuestras casas adosadas. Ya iremos nosotros a sus países a comprar a sus hijos (a eso se le llama adopción) o a ver cómo viven, desde el hotel y la excursión organizada, por supuesto. Ya traeremos a moritos, chinitos, eslavos, para que pasen con nosotros días inolvidables y así nos la damos de solidarios y progres. Ya calcularemos los que nos hacen falta para trabajar aquí porque hay mucho paro entre la juventud pero como muchos “niños” españoles son idiotas, no aguantan ni media hostia de la vida y desean estar al lado de sus papás y los papás los dejan, pues los trabajos que hay, para los inmigrantes. Como a otros les gusta vivir del cuento, en el campo andaluz, por ejemplo, vivir de subsidios varios, que trabaje el negro o el moro. Entonces abriremos un poquito la muralla.

 

Los moros y los negros tienen además el muro de la brecha digital y mediática. Saben poco de lo que ocurre en el exterior de sus demarcaciones porque están casi al margen de la sociedad red y, por supuesto, fuera de la sociedad de la guerra que es la nuestra, ellos sólo se matan, se ejecutan con nuestras armas. Como no tienen aviones ni helicópteros basta con levantar muros para que ya no puedan pasar. Ellos no pueden levantar muros a nuestras inversiones especulativas en sus territorios, a la invasión de las multinacionales que les arrebatan sus materias primas, a las recetas del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. No pueden contra el dinero con el que se soborna a sus gobernantes para que nos sean más fieles a nosotros que a ellos. No pueden evitar todo esto y más cuestiones porque no poseen fuerza, no poseen organización ni ilusiones. Se cayeron con aquel muro de Berlín, como se terminaron nuestras ilusiones también. Curiosamente, aquel muro jodía a la gente que estaba detrás pero ilusionaba a muchos que estábamos delante. Todos fuimos unos torpes de solemnidad y ahora nos enfrentamos a una dictadura sutil que levanta decenas de muros visibles e invisibles ante unos ojos resignados e impotentes. Tenemos lo que nos merecemos. Y, para colmo, Rocío Jurado no ha dejado ni un penique en su testamento para que los moros y los negros se puedan comprar unos cayucos y hacer la travesía al Dorado mientras, entre olas, escuchan, en un mugroso transistor, eso de que el amor se fue como una ola. La madre que parió a la ola…


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