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Se cayó el muro de Berlín en 1989 y en menos de
veinte años se han levantado tres más, que se sepa. Tres más que son visibles
porque invisibles hay muchos. Y esta vez ya no los han levantado los maléficos
comunistas sino los bondadosos gobernantes de las naciones libres (libres por
los cojones que es por donde nos tienen atrapados los bancos, las casas de
seguros, la ignorancia, el marketing, la publicidad, la manipulación mediática,
el asco y la indolencia). Una vez que pasó a mejor vida la potencia comunista
nos quedamos solos con nosotros mismos. Y, ¿qué hemos tenido ocasión de ver? Que
los malos somos nosotros y por eso, para disimular, hemos inventado o hemos dado
mucho mayor realce a otros enemigos, desde el tabaco (patéticas esas medidas
aplastadoras del fumador) hasta los moros, pasando por quitar puntos a los
carnés de conducir pero, eso sí, sin obligar a la publicidad a que no estimule a
las altas velocidades ni prohibir que se les entreguen a los jóvenes coches de
bajo peso y alta cilindrada. Eso es lo difícil y, como se sabe, siempre se va a
lo fácil: a trincar al ciudadano que infringe porque le da la gana o porque
imita a miles de películas que ha visto -películas perfectamente prescindibles-
o porque está encabronado con su jefe y quiere echar bilis del cuerpo corriendo
por esas carreteras.
Pero, claro, revisar la mierda de cine con el que
se educa la población es tocar otro poder intocable: los convenios entre grupos
mediáticos de gran tonelaje para distribuir y exponer cine basura; las
estrategias de venta de la televisión digital, de pago o no. Publicidad,
marketing, industrias mediáticas, industrias automovilísticas, todo eso es
intocable. Los comunistas lo tocaron y trastocaron todo. Al final todo les salió
mal, por ellos y porque los presionaron desde los países democráticos (por los
cataplines) que se inventaron gastos en armamento como la “guerra de las
galaxias”, llevado también al cine en diferentes versiones. Ya no hay comunistas
poderosos (los que hay dan bocanadas de muerte) pero sí que ruedan por ahí más
armas que durante la Guerra Fría.
Dado que era necesario conquistar los mercados de
los viejos países comunistas se han extendido muros de silencio mediático sobre
todos los saqueos que se han llevado a cabo, y se llevan, en aquellos lugares
desde que se fue al carajo el muro de la vergüenza. Ahora, el muro de la
vergüenza del silencio, levantado en nombre de la democracia, oculta los
desmanes de las mafias y de otras clases dirigentes, ex comunistas, unidos a
grupos de poder occidentales. Aquello no podía seguir funcionando como lo estaba
haciendo bajo el comunismo pero, desde luego, el remedio ha sido peor que la
enfermedad. Cuando se me acerca una rumana con un niño en los brazos y con un
diente de oro a pedirme limosna, la mando a tomar viento, delicadamente, y ella
me farfulla algún insulto en su idioma. Derribaron su decadente país para
pedirme limosna. Pero ya son libres. Y me importa un pito si algún progre de
tres al cuarto me llama xenófobo por lo que acabo de decir. Bastante tiene el
pobre con llevar su desgracia encima: la falta de formación.
El muro que separa nuestras colonias africanas de
Marruecos es una barbaridad. El muro que han construido los israelitas, otra. El
muro que levanta EEUU para que no se le cuelen mexicanos, una infamia. Como en
la Edad Media y Moderna, levantamos muros para que los pueblos hambrientos e
inermes no nos invadan. Por eso se levantó la Gran Muralla China. Colocamos
empalizadas para que los pobres no lleguen hasta nuestras casas adosadas. Ya
iremos nosotros a sus países a comprar a sus hijos (a eso se le llama adopción)
o a ver cómo viven, desde el hotel y la excursión organizada, por supuesto. Ya
traeremos a moritos, chinitos, eslavos, para que pasen con nosotros días
inolvidables y así nos la damos de solidarios y progres. Ya calcularemos los que
nos hacen falta para trabajar aquí porque hay mucho paro entre la juventud pero
como muchos “niños” españoles son idiotas, no aguantan ni media hostia de la
vida y desean estar al lado de sus papás y los papás los dejan, pues los
trabajos que hay, para los inmigrantes. Como a otros les gusta vivir del cuento,
en el campo andaluz, por ejemplo, vivir de subsidios varios, que trabaje el
negro o el moro. Entonces abriremos un poquito la muralla.
Los moros y los negros tienen además el muro de la
brecha digital y mediática. Saben poco de lo que ocurre en el exterior de sus
demarcaciones porque están casi al margen de la sociedad red y, por supuesto,
fuera de la sociedad de la guerra que es la nuestra, ellos sólo se matan, se
ejecutan con nuestras armas. Como no tienen aviones ni helicópteros basta con
levantar muros para que ya no puedan pasar. Ellos no pueden levantar muros a
nuestras inversiones especulativas en sus territorios, a la invasión de las
multinacionales que les arrebatan sus materias primas, a las recetas del Banco
Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. No pueden contra el dinero
con el que se soborna a sus gobernantes para que nos sean más fieles a nosotros
que a ellos. No pueden evitar todo esto y más cuestiones porque no poseen
fuerza, no poseen organización ni ilusiones. Se cayeron con aquel muro de
Berlín, como se terminaron nuestras ilusiones también. Curiosamente, aquel muro
jodía a la gente que estaba detrás pero ilusionaba a muchos que estábamos
delante. Todos fuimos unos torpes de solemnidad y ahora nos enfrentamos a una
dictadura sutil que levanta decenas de muros visibles e invisibles ante unos
ojos resignados e impotentes. Tenemos lo que nos merecemos. Y, para colmo, Rocío
Jurado no ha dejado ni un penique en su testamento para que los moros y los
negros se puedan comprar unos cayucos y hacer la travesía al Dorado mientras,
entre olas, escuchan, en un mugroso transistor, eso de que el amor se fue como
una ola. La madre que parió a la ola…
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