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¿Por qué hablan tanto de sus “modelitos” los
periodistas deportivos por la radio? ¿Qué les importa a los receptores el polito
de uno, la camiseta de otro o la camisa del de más allá? Puede que me esté
haciendo viejo pero este nuevo hombre-maruja me aburre, por eso al final uno se
muere de aburrimiento, más que de viejo o por enfermedad. El marujeo masculino
seguirá adelante y yo pasaré al olvido. Resulta que en Canal Sur Radio o en
Radio Sevilla, por ejemplo, los chicos de la redacción de Deportes o los de “El
Pelotazo” pueden pasarse minutos hablando de trapitos antes de entrar en la
materia informativa del tema que han anunciado. Eso para mí llega a ser a veces
desesperante pero ya me lo tomo a pitorreo y me divierto. En caso de que te
vayan a joder, ya se sabe: relájate y goza, y como esto no tiene solución porque
el nuevo hombre es así, pues o me cambio de emisora o los aguanto. Pero como las
demás emisoras aún son peores me quedo con la menos mala hasta que me dé sueño,
que es pronto, claro (en la siesta o por la noche). Porque si me voy a RNE
escapando de la publicidad (la radio es ante todo un soporte publicitario) me
encuentro con el mismo programa, que por la mañana se llama de una forma y por
la noche “El obligo de la luna”, por ejemplo. Es algo parecido a la música de
Vivaldi que, como le echó en cara otro músico, con bastante mala leche, todo hay
que decirlo, ha escrito el mismo concierto cuatrocientas veces, dada la
similitud entre todos ellos.
La teoría de lo menos malo está bastante aceptada
en el mundo académico. En vista de que al periodismo lo tienen trincado por los
cataplines y no puede decir apenas nada de auténtica valía, valentía e interés
(por eso el personal va abandonándolo) la gente se apunta a lo menos malo: lo
menos malo en televisión, lo menos malo en prensa, lo menos malo en radio. O se
apunta al diario que más promociones ventajosas ofrezca. O al gratuito. El
periodismo y los bancos casi van de la mano. Ambos son bazares en rebajas
permanentes, a la búsqueda de clientela. La ciudadanía, que no lucha por casi
nada, o harta de luchar sin que apenas la oigan, se resigna y se suscribe a lo
menos malo y se refugia en los pequeños placeres cotidianos. Ya se sabe que, en
gran medida, la democracia es el sistema en que el que todos tenemos derecho a
protestar por lo que sea y el poder tiene derecho a pasarse esas protestas por
el arco del triunfo.
A lo mejor esta apatía ha llevado a los chicos de
las redacciones de deportes a tirarse un buen rato hablando de los modelitos que
llevan puestos. Fulanito ha venido hoy con una camiseta en la que se lee tal
cosa; menganito lleva el polito de siempre, pero esta vez lo trae de color
verde; zutanito repite la misma camisa que traía ayer. Es un chismorreo absurdo,
propio de una generación de treintañeros, cuarentones incipientes o veintimuchos,
que resulta a la vez chocante y jocosa pero que me proyecta una vergüenza ajena
de tres pares de narices. Esto debe ser una parte de la revolución de los sexos.
La mujer hablando de tíos que la tienen así de larga y los tíos hablando de
trapitos.
Parece que ya no estoy ante un mundo fiero, como
cantaba Cat Stevens, hoy convertido al Islam, con el consiguiente enfado de sus
compatriotas gringos. Esto es un mundo insípido y anodino donde se le da mucha
importancia a lo que no la tiene y poca a lo que la tiene, porque, por ejemplo,
esos mismos sujetos que bromean sobre sus trajecitos están pringados muchas
horas en sus trabajos, los escucho en diversas bandas horarias pero eso ya lo
tienen asumido, igual que el pluriempleo dentro de su propia empresa, cuando lo
mismo informan de deportes en una emisora de radio, en un periódico o en una
televisión, todo del mismo dueño. A esta dinámica las empresas la llaman
sinergias periodísticas, periodistas del futuro, periodistas digitales, etc.,
pero no es más que burda explotación y ahorro de mano de obra porque donde
pueden trabajar tres trabaja uno y además tiene que aprender el oficio del
antiguo maquetador de prensa, del corrector, del tipógrafo, del técnico de
montaje en audiovisual, etc. Y encima estar agradecido. Pero hay que tragar, hay
que tragar, y como premio de consolación tal vez existan unos pluses y la
oportunidad de comprarse trapitos variados para luego criticar al que repita en
exceso, o al que utilice colores chillones y demasiado llamativos o al que venga
algo descuidado porque se le ha olvidado ir a la peluquería.
De todas formas, igual que he dicho todo lo
anterior tengo que afirmar que este personal, una vez que concluye su cónclave
en torno a los adornos somáticos, se nota que es competente en lo suyo, se
prepara bien sus programas, interpreta de forma a veces magistral los
acontecimientos propios de su especialidad periodística, se curra los guiones y
sabe improvisar adecuadamente cuando debe hacerlo. Hay muy buenos profesionales
en el mundo de la radio deportiva pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto,
habrá que darles a los chicos un rato de asueto para que nos dejen claro cómo
visten y qué no les gusta o qué les gusta de las vestimentas ajenas. Lo malo es
que, como ellos mismos dicen, el tiempo es oro en la radio y luego tienen que
cortar a un protagonista que están entrevistando por culpa de ese amor desmedido
que demuestran hacia el mundo del corte y confección. Pero que no me hagan caso:
son cosas ya de mayor, de anacrónico y caduco.
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